No fui Ave Fénix pero me sometiste al fuego de tu voluntad, ¡quemaste!, pero aquí estoy. Pegaste mis alas con cera, como lo hiciste con Ícaro, vencí a Apolo (con su arma: la razón) y logré crucé el mar. Pusiste demonios en mi camino y no sabías que yo era un titán con forma humana. Escribiste en mi frente "imposible", pero yo ya llevaba tatuado en mi espíritu la palabra "puedo". Embarazaste las alas de mi barca, nuevamente pusiste al mar entre yo y mis anhelos y no tuve otra que abrir el océano en dos, con "mi fe". Hoy, por tanto, vengo a reclamar lo justo, la felicidad para mí y los míos, aquella predestinada a los espíritus indoblegables, aquella reservada a los que se atreven a cambiar la historia, "su historia".
Escribe: Jean Paul Preciado poetaodiseo@hotmail.com