El amor está en todas partes, sí, hasta en una canción. Esta vez, me alejo por un momento de mis habituales poesías para contarles algo que me pasó recientemente y que me motivó a escribir este artículo con este singular título. ¿Existe la cultura del amor? ¿Conviene que exista?
Vamos, dentro de los distintos matices y formas de amor, me interesa profundizar en el amor de pareja, en el amor de esposos, aquél, que para ser francos, como que pierde potencia, magia, adrenalina cuando pasa un poco de tiempo. ¿Motivos? Mil y uno.
Pero vayamos ya entrando en el tema. Pues resulta que editando unos vídeos para una de las secciones de Peru.com, me topé con uno de Bacilos (Guerras perdidas) y así, como jugando, le di una, dos, tres pasadas. ¡Qué sorpresa!, el tema no sólo me resultó agradable, sino que lo empecé a tararear desde que salí del trabajo hasta unos 15 minutos antes de llegar a mi hogar (ojo, no casa). 'Hogar'.
Y les digo 15 minutos porque justo en esos instantes previos pensé: "¿Y si le propongo a mi esposa bailar este temita? ¿Y si la encuentro dormida? ¿Y si me manda a volar?". La idea me pareció loca, un poco 'rochosa', pero, ¿no es así el amor al principio? ¿No nos lleva este mágico don a hacer las travesuras (y usted sabe a qué me refiero con esto...) más inimaginables cuando recién nos enamoramos?
Abriendo la puerta del dormitorio me doy con la sorpresa de que sí, efectivamente, ella está dormida. La despierto con toda la dulzura que puedo (es raro, siempre llego pensando en dos cosas: bañarme y cenar). La llevo somnolienta frente al DVD y coloco el vídeo diciéndole que escuche por lo menos dos veces el tema que he traído justo para ella.
El sueño se convierte en sonrisa en su rostro cuando escucha esto y me alegro. En milésimas de segundos me pregunto a dónde se fue tanta pasión, tanta magia, dónde quedaron los detalles, por qué me he vuelto tan robótico, tan malo para con esta mujer que me ha regalado todo. Pero como dice Wayne Dyer, sólo existe el momento y le pido con una sonrisa que baile conmigo.
Esta vez ella no lo puede creer, ríe, se acomoda el cabello, chispean sus ojos como hace tiempo no lo hacían. Allí, con su bata, la miro mientras apago la luz. La tomo con tal destreza y delicadeza, como si se fuera a romper, y empiezo a bailar Guerras perdidas que a la letra dice: "Quién pudo ser tan ciego para chocar, de frente contra el fuego como mariposa. Quién pudo ser tan loco para cambiar, el sol de la mañana por la llama, de un fuego cualquiera, de un fuego cualquiera".
Allí, juntitos los dos, como dice una conocida canción, bailamos no recordando, sino viviendo, sintiendo el amor de una forma distinta, atesorando para siempre esos minutos que nos harán fuertes en nuestros momentos de debilidad, que nos harán reflexionar, seguir, superar tantas cosas.
Amigo (a), y ya voy terminando, era tanto el gozo que sentí que quise escribir, compartir y, espero, estimular a que usted haga algo loco, a que empiece a hacer realidad la cultura del amor en su hogar (que no tiene otro objetivo que la felicidad). La cultura del amor, lo sé ahora, jamás será una guerra perdida.
Escribe: Jean Paul Preciado poetaodiseo@hotmail.com