De todos los tropiezos de mi vida, no me arrepiento de uno: haberme chocado con tus ojos celestes... De todos mis pecados, mis vicios, pido la 'no' absolución de uno: el repetir tu recuerdo en mi memoria una y otra vez. ¡Hay de mí!, que me he atado a tantas cosas... pero por voluntad propia me encadené a tu nombre, a tu recuerdo, a tu aroma (a pesar que te he visto sólo 4 ó 5 veces). De todos los tropiezos de mi vida, miro con alegría la sangre que me produce tu herida, pues es la menos letal; tal tropiezo hace que germine una sonrisa en mi rostro, en vez de una lágrima, en vez de un lamento; escondo este pecado rebelde como un juguete debajo de mi almohada y no hay requisa que pueda arrebatármelo; descansa allí ojos celestes... y permíteme volar y naufragar (porque sé que jamás serás mía).
Escribe: Jean Paul Preciado poetaodiseo@hotmail.com