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Por: Carlos M. Adrianzen
Cabrera (*)Para cualquier persona, familiarizada o no
con los problemas monetarios de una economía subdesarrollada, la idea de abandonar la
moneda local y optar por una moneda extranjera (en este caso el dólar americano)
puede sonar como algo chocante. Algún despistado sociólogo de esos que rara vez
han abierto un libro de economía- inmediatamente denunciaría la pérdida de
soberanía. El objeto de estas líneas se centra en analizar la conveniencia o eventual
inconveniencia- de dolarizar, dándole especial énfasis a lo que esto implicaría en
el caso concreto del Perú.
En primer lugar, es crucial descartar problemas semánticos. La palabra
dolarización tiene diferentes aserciones. Por ello estableceremos que, dentro de
esta discusión, al usar el aludido vocablo no nos estaremos refiriendo ni a fenómenos
vinculados con el uso subterráneo de la moneda extranjera (cuando el uso del
dólar es prohibido a la Velasco Alvarado, Fidel Castro o Alan García), ni a cuadros
de substitución monetaria (cuando -dadas las altas expectativas de devaluación- se
ofertan depósitos y préstamos en dólares; es decir, a la peruana a lo largo de los
noventa). Estrictamente, aquí nos referiremos a una plena dolarización. Es decir: la
desaparición de los nuevos soles y el uso de los dólares como moneda interna. Para
algunos, una suerte de blasfemia. Para otros, una suerte de panacea o solución mágica.

Directo al Punto
¿Qué - en el fondo- implica esta discusión? Toda
nación (o comunidad de naciones) que usa algún activo al que los
economistas denominan como dinero- como medio de cambio generalmente aceptado,
depósito de valor y unidad de cuenta, establece reglas para que su oferta sea congruente
con sus intereses soberanos. Es decir: que no falte, ni liquidez para hacer negocios,
ni que se generen disrupciones inflacionarias, devaluatorias o crisis de balanza de pagos.
Esto, en español simple, implica que la institución monetaria que se elija nos dé
estabilidad, o más claramente: baja inflación (i.e.: a las tasas observadas
internacionalmente en la actualidad). Esta debe destacarse- es la
responsabilidad fundamental de la institución monetaria que se escoja para tal fin. Si no
la cumple, esta institución habrá fracasado con un gran costo para la nación y para su
imagen comercial y financiera externa.
Establecido esto, el paso siguiente implica discriminar grosso
modo- entre los posibles modelos de institucionalidad monetaria. En esta dirección,
existen dos variantes. Por un lado, están los regímenes de banca libre, en los cuales el
mercado libremente determina los dineros a ser usados (opción no observada en ningún
país en la actualidad, aunque cada día más cercana a ciertas formas de dinero e
intermediación electrónica); y por otra, lo convencional: la denominada banca
regulada. Este tipo de institución monetaria implica un monopolio normalmente
estatal- encargado de ofertar dinero. Este monopolio controla tanto la emisión de
nuevo circulante cuanto la creación monetaria a través de los bancos, y por ello nos
cobra un señoreaje cada vez que aceptamos como valioso un billete adicional. Esta
institución insisto- es exitosa si el país observa estabilidad
sostenidamente y es un fracaso en caso contrario.
Es por ello que, si el gobierno percibe que es incapaz de implementar
por las razones que sean- un monopolio estatal -o banco central-
idóneo para mantener una baja inflación, éste puede soberanamente optar cerrar
el monopolio local y usar una moneda estable ofertada por otro banco central extranjero.
Sin embargo -como todo en esta vida- escoger dolarizarnos tiene
costos y beneficios. Los beneficios implican: mayor estabilidad, menores costos para hacer
negocios y una mucho mayor facilidad de integración financiera con el resto del mundo.
Realmente, enormes ventajas para países como el nuestro, donde los gobiernos generan
sistemáticamente robos inflacionarios, ajustes y devaluaciones y complican el hacer
negocios e invertir con nosotros.

¿Y los costos?
El primero implicaría el síndrome de la mamadera. Es decir: el
gobierno perdería la capacidad de inyectar liquidez a su gusto. Nótese en
países inestables como el nuestro- esta es la regla y siempre se hace citando alguna
causa noble (i.e.: para reactivarnos, pasa salvar a un Banco, etc). Así, con
instituciones débiles y autonomías avasalladas -hasta en las ofertas de los
candidatos presidenciales- cada nuevo gobierno puede echar a andar a la maquinita
(léase: emitir dinero) para financiar sus fiestas. Con ello, al poco tiempo,
se devalúa la moneda y de esta forma- la cuenta se le pasa al pueblo vis
a vis con la erosión de la imagen de la plaza. Pero hay algo más. El usar dinero
de otro país implica "pagar" señoreaje por su uso. Sin embargo,
algunos documentos del Congreso norteamericano, analizando la factibilidad futura de este
tipo de regímenes, plantean la idea de -en el caso de naciones subdesarrolladas-
devolver un estimado del aludido "pago".
Para el caso peruano cuya moneda aún se devalúa
continuamente- la lección central implica una sencilla pregunta: ¿hemos sido
capaces de implementar una institución monetaria responsable y autónoma?. La
respuesta que nos da la historia es un contundente no. Como en un entorno global -cada
día más competitivo- no tenemos mucho tiempo para seguir cometiendo errores, los
peruanos debemos optar: o por construir efectivamente un banco central autónomo
capaz de darnos una moneda local dura (opción que muchos creen altamente inverosímil),
o sin mayores complejos- optar por una cuidadosamente administrada
dolarización.
(*)Economísta
de USIL |