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confusines peruanas

Carlos M. Adrianzen Cabrera*

Del Perú se dice casi todo. Se dice que es un país muy rico, porque tiene innumerables riquezas naturales. ¿Es esto cierto? ¿Tiene algún sentido hablar de riqueza con los indicadores de desnutrición y calidad de vida que hoy se observan en nuestro país?¿Se puede considerar rica una plaza con una reducida capacidad de producir competitivamente en sectores como el agro, los servicios o la industria?¿Es rica -o atractiva- una plaza repleta de impuestos, instituciones débiles y regulaciones superpuestas?¿Es rico un país con mercados internos pequeños por demandas exiguas (después de pagar impuestos)?

Las respuestas a estas interrogantes enfocan el caso –nada original en el hemisferio occidental- de una nación dotada de recursos naturales significativos, pero pobre. Pobreza, como todos lo sabemos, reflejada tanto en los estándares de vida de su población cuanto por lo reducido de su oferta competitiva.

Y es que independientemente de las palabras bonitas, los orgullos regionales o las buenas intenciones, a inicios del siglo XXI, los recursos naturales aislados -sin pronunciados acervos de capital físico y humano que hagan factible su uso competitivo- valen muy poco. Existe por tanto una brecha entre tener recursos y poderlos usar, esta brecha se llama formar capital. En español: Plantas, Infraestructura, Personas, Instituciones, et al.

Como el cubrir esta brecha implica la palabra inversión -ése gasto que forma capacidades productivas en actividades económicamente rentables- el tema de este artículo se concentra justamente en ella. Es decir, en cómo hacer para elevar el ritmo de inversión de nuestro país hacia niveles de formación de capital que hagan que -en un plazo razonable- usemos adecuada y competitivamente los recursos con que contamos.

Algo de Historia y Contradicciones
En el pasado los dos más grandes límites al crecimiento de la inversión en nuestro país han sido –primero- nuestra reducida capacidad de ahorro (capturada en la imagen de un tipo pobre pero gastador) y –segundo- a través de sucesivos esquemas de política económica, creencias e instituciones, nuestra inclinación histórica para distorsionar, deprimir y desincentivar la inversión productiva en el país.       

Asociado por muchos a la hipótesis del círculo vicioso de la pobreza, el primero de estos límites, nuestra reducida capacidad de ahorro, es usualmente visto como un freno a la inversión (i.e.: si no hay ahorro interno, no habrán fondos que financien las inversiones internamente). Este freno, en los días de la globalización (en los cuales los recursos, las tecnologías y hasta las reglas se desplazan geográficamente con costos y restricciones cada vez menores), ha perdido relevancia significativamente. Un país atractivo, estable y creíble no requiere tener un alto nivel de ahorro. En un entorno global, no necesariamente hay que dejar de comer para invertir. Se puede financiar un flujo sostenido -y creciente- de inversión interna con ahorros externos tal como lo muestra la historia reciente de Nueva Zelanda, Singapur, Hong Kong y Taiwán, entre otras plazas en abierto proceso de desarrollo.

En países como el nuestro, lo reducido de la inversión privada enfoca más bien el segundo límite. Nos referimos aquí justamente a ésos esquemas de política económica, ésas creencias y ésas instituciones -o reglas- con las cuales constantemente inyectamos inestabilidad e incertidumbre, hacemos menos rentable el esfuerzo y el hacer empresa, vía distorsiones en los mercados, prohibiciones o severos desincentivos a arriesgarse creando nuevos negocios en el país.

No olvidemos que este es el país de la flotación sucia (con la cual el riesgo devaluatorio es siempre alto). También es el país en el cual hasta la lucha contra la pobreza se burocratiza (repletando de impuestos superpuestos, no solo a las firmas y las nuevas inversiones, sino a los segmentos más pobres de la población). No lo olvidemos, en el agro es poco atractivo invertir porque ni hay clara propiedad ni es necesario por las estratégicas sobretasas a los alimentos. Tampoco conviene invertir en un Banco, ya viene uno con costos cero (el rural). Tampoco en una nueva línea aérea pues tendría que competir con otra línea de costos subsidiados. Los ejemplos de errores de política económica que desincentivan y deprimen la inversión abundan. Pero eso no es todo. Las creencias son cruciales, después de todo en nuestro país, la gente no tiene que ahorrar para comprarse un terrero, para eso estaría PROFAM.

Comentarios Finales
En fin, estimado lector, pareciera que los peruanos no comprendemos que requerimos invertir masivamente en vivienda, nuevas capacidades productivas, salud, educación y otras áreas y que apostar a que el gobierno lo haga por nosotros implica apostar a perdedor. A lo que hemos hecho por décadas.

La inversión real, privada y competitiva implica otro camino. El camino de la estabilidad y el esfuerzo, no el camino de los discursos y las buenas intenciones.

* Economía, USIL


    


 

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