Del Perú se dice casi todo. Se dice que es un país muy rico, porque
tiene innumerables riquezas naturales. ¿Es esto cierto? ¿Tiene algún sentido hablar de
riqueza con los indicadores de desnutrición y calidad de vida que hoy se observan en
nuestro país?¿Se puede considerar rica una plaza con una reducida capacidad de producir
competitivamente en sectores como el agro, los servicios o la industria?¿Es rica -o
atractiva- una plaza repleta de impuestos, instituciones débiles y regulaciones
superpuestas?¿Es rico un país con mercados internos pequeños por demandas exiguas
(después de pagar impuestos)?
Las respuestas a estas interrogantes enfocan el caso nada original
en el hemisferio occidental- de una nación dotada de recursos naturales significativos,
pero pobre. Pobreza, como todos lo sabemos, reflejada tanto en los estándares de vida de
su población cuanto por lo reducido de su oferta competitiva.
Y es que independientemente de
las palabras bonitas, los orgullos regionales o las buenas intenciones, a inicios del
siglo XXI, los recursos naturales aislados -sin pronunciados acervos de capital físico y
humano que hagan factible su uso competitivo- valen muy poco. Existe por tanto una brecha
entre tener recursos y poderlos usar, esta brecha se llama formar capital. En español:
Plantas, Infraestructura, Personas, Instituciones, et al.
Como el cubrir esta brecha implica la palabra inversión -ése gasto
que forma capacidades productivas en actividades económicamente rentables- el tema de
este artículo se concentra justamente en ella. Es decir, en cómo hacer para elevar el
ritmo de inversión de nuestro país hacia niveles de formación de capital que hagan que
-en un plazo razonable- usemos adecuada y competitivamente los recursos con que contamos.
Algo de Historia y Contradicciones
En el pasado los dos más grandes límites al crecimiento de la inversión en nuestro
país han sido primero- nuestra reducida capacidad de ahorro (capturada en la imagen
de un tipo pobre pero gastador) y segundo- a través de sucesivos esquemas de
política económica, creencias e instituciones, nuestra inclinación histórica para
distorsionar, deprimir y desincentivar la inversión productiva en el
país. 
Asociado por muchos a la hipótesis del círculo vicioso de la pobreza,
el primero de estos límites, nuestra reducida capacidad de ahorro, es usualmente visto
como un freno a la inversión (i.e.: si no hay ahorro interno, no habrán fondos que
financien las inversiones internamente). Este freno, en los días de la globalización (en
los cuales los recursos, las tecnologías y hasta las reglas se desplazan geográficamente
con costos y restricciones cada vez menores), ha perdido relevancia significativamente. Un
país atractivo, estable y creíble no requiere tener un alto nivel de ahorro. En un
entorno global, no necesariamente hay que dejar de comer para invertir. Se puede financiar
un flujo sostenido -y creciente- de inversión interna con ahorros externos tal como lo
muestra la historia reciente de Nueva Zelanda, Singapur, Hong Kong y Taiwán, entre otras
plazas en abierto proceso de desarrollo.
En países como el nuestro, lo reducido de la inversión privada enfoca
más bien el segundo límite. Nos referimos aquí justamente a ésos esquemas de política
económica, ésas creencias y ésas instituciones -o reglas- con las cuales constantemente
inyectamos inestabilidad e incertidumbre, hacemos menos rentable el esfuerzo y el hacer
empresa, vía distorsiones en los mercados, prohibiciones o severos desincentivos a
arriesgarse creando nuevos negocios en el país.
No olvidemos que este es el país de la
flotación sucia (con la cual el riesgo devaluatorio es siempre alto). También es el
país en el cual hasta la lucha contra la pobreza se burocratiza (repletando de impuestos
superpuestos, no solo a las firmas y las nuevas inversiones, sino a los segmentos más
pobres de la población). No lo olvidemos, en el agro es poco atractivo invertir porque ni
hay clara propiedad ni es necesario por las estratégicas sobretasas a los alimentos.
Tampoco conviene invertir en un Banco, ya viene uno con costos cero (el rural). Tampoco en
una nueva línea aérea pues tendría que competir con otra línea de costos subsidiados.
Los ejemplos de errores de política económica que desincentivan y deprimen la inversión
abundan. Pero eso no es todo. Las creencias son cruciales, después de todo en nuestro
país, la gente no tiene que ahorrar para comprarse un terrero, para eso estaría PROFAM.
Comentarios Finales
En fin, estimado lector, pareciera que los peruanos no comprendemos que requerimos
invertir masivamente en vivienda, nuevas capacidades productivas, salud, educación y
otras áreas y que apostar a que el gobierno lo haga por nosotros implica apostar a
perdedor. A lo que hemos hecho por décadas.
La inversión real, privada y competitiva implica otro camino. El
camino de la estabilidad y el esfuerzo, no el camino de los discursos y las buenas
intenciones.
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