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Carlos
M. Adrianzen Cabrera (*)
Hace ya muchos años cuando la
estabilidad monetaria del sol de oro era percibida como muy alta- los peruanos de la época, ante la relativa paridad de la moneda
local y la Libra Esterlina, repetían que en Lima se estaba "a la par con
Londres". Un reflejo claro de lo cómodo que resultaba vivir en aquellos días- en una nación exportadora particularmente dotada y diversa en recursos
naturales. Los tiempos han cambiado.
A inicios
del tercer milenio ( y desde hace
más de cincuenta años), los recursos naturales no
son argumentos de peso para predecir el éxito de una nación. Desde un punto de vista
monetario, tampoco estamos "a la
par con Londres". Estrictamente, según cifras de
la Superintendencia de Bancos Peruana, el tipo de cambio entre la libra esterlina y el
nuevo sol peruano es de 5.4 nuevos soles por Libra. (Esto obviamente- como consecuencia de lo menos
disciplinado de nuestra política monetaria.)
A diez años ya de las primeras acciones de estabilización, los
peruanos descubrimos que, a pesar de los favorables cambios observados en el primer
quinquenio de la década ( y
posiblemente debido a las incoherencias y señales contradictorias recibidos en el segundo
y en modo particular- a las expectativas esbozadas en lo que va de la campaña
electoral), la percepción internacional del país
no es tan sólida como usualmente se sostiene, al menos en los medios nacionales. Esto se
refleja por ejemplo- en el rating que la prestigiosa firma calificadora de riesgo,
Moody's, da actualmente al Perú (Ba3), similar al que da a Jamaica. Resulta de lo más
ilustrativo contraponer la optimista percepción -explícita en algunos discursos-
de que seríamos todo un modelo de economía abierta y de mercado versus este
rating. Una calificación respetada según la cual, a pesar de nuestras ínfulas de plaza
emergente, sólo estaríamos a la par con... Kingston.
Las razones
Si tomamos en cuenta que las ofertas
electorales vigentes apuestan a la introducción masiva de subsidios ( que van desde exoneraciones tributarias y
arancelarias a ciertos gastos y sectores y controles de precios), de mayor protección a los sectores no competitivos (con aranceles más escalonados, una ampliación
de las sobretasas arancelarias y otras barreras al comercio exterior), y menor disciplina tanto fiscal (rebajas impositivas acompañadas de presupuestos más inflados) cuanto monetaria (vía reducciones de encajes dizque "para bajar" las tasas de
interés), cualquier escenario futuro del país no
pinta una economía orientada a fundamentar mayor competitividad. Tampoco ayuda anticipar
(como es razonable hacerlo) que resultaría poco verosímil que un Congreso variopinto sin mayoría anticipable- se ponga de acuerdo en desarrollar tanto las acciones
pendientes de privatización y reforma (ajustes
micro incluidos) cuanto la denominada
segunda generación de reformas (básicamente
las institucionales).
Tampoco ayuda en esta dirección el quiebre de la carta de intención
firmada con el Fondo Monetario Internacional nueve meses atrás ( por incumplir metas fiscales, quemar reservas y por postergar
indefinidamente los compromisos de reforma estructural y privatización) y consecuentemente, vernos obligados a solicitar una dispensa y
renegociar una carta fiscalista monitoreada cada 90 días. Toda una drástica
reducción de status para la nación otrora reputada como la más agresiva reformista
del hemisferio occidental.
Dada esta evidencia de manejo y de intenciones, no resultaría muy
lógico anticipar que en el
futuro inmediato- nos administremos mejor y optemos
por reformarnos (léase:
modernizarnos) más. Los cambios previsibles se
darían ceteris paribus- en todo aquello que sea muy pero muy- fácil de
aplicar y que además resulte tan popular que incluso las tendencias políticas más
extremas estuviesen dispuestas a apoyarlo.
Reflexiones Finales
En la última década, errores y
contramarchas incluidas, nuestro país ha avanzado mucho ( al menos en comparación a su pobrísima performance de los
setenta y ochenta). Esto nos ha hecho sobreestimar
dónde estamos y -también- perder la convicción de continuar con la modernización del
país, sobretodo en estos días en los que hay que ajustarse y en los que las
reestructuraciones postergadas se van materializando (ahora que los capitales externos no ingresan con la misma frecuencia de
mediados de la década pasada).
No debemos seguir engañándonos. Expresiones planteadas repetidamente por analistas externos
del Perú- tales como: "que se debería
promover la existencia de contrapesos entre instituciones que permitan balancear el
poder" y que "el gobierno peruano debería aplicar un ritmo más vigoroso de
reformas estructurales", y -además- "evitar consideraciones políticas que afecten el cronograma
de las reformas", no son inocuas. Sugieren la imagen de un país cada día más
lejano del Perú de principios de la década pasada y más cercano de otros casos
latinoamericanos. Países no precisamente destacables por su éxito económico.
(*)Economista de USIL
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