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Carlos M. Adrianzen Cabrera. (*)

Los primeros meses de una nueva década nos encuentran inmersos en tres inercias subyacentes. Por un lado, estamos en medio de una reforma estructural congelada (desde hace alrededor de unos cuatro años). Por otro continuamos inclinados (y acostumbrados) a gastar en función a los capitales que captemos del exterior, pasando de booms a crashes temporales en función al ritmo de las privatizaciones realizadas o de los influjos de inversiones y préstamos externos recibidos. Y para terminar de complicar las cosas, el 2000 nos involucra -en la medida usual o típica de las contiendas electorales de países tropicales- en una subasta de ofertas populistas para atraer votos. Pero esta vez, contra el reloj.

Este panorama se presta para muchas cosas. Para entibiar la discusión técnica de las propuestas, para ofertar programas invisibles y hasta para obviar la discusión más frontal de lo que nos esta pasando. Para hacer esto claramente, trataremos en las presentes líneas de establecer un cuadro en perspectiva. Es decir sobre la situación y tendencias derivadas de nuestro comportamiento a lo largo de los noventa.

En este lapso los peruanos, con niveles de convicción diferentes, tratamos de estabilizar e introducir competitividad a una de las economías más pobres, distorsionadas e inestables del planeta. A pesar de los diferentes discursos sobre su evaluación, la historia contrasta sólo avances parciales. Y es que, transcurrida una primera etapa de reforma y ajuste (entre 1991 y 1992), los ingresos de capitales externos nos permitieron no solamente gastar por encima de lo que producíamos -teniendo dólar convenientemente barato- sino que posibilitaron que se relajara el empuje por reformar, privatizar y mantener la disciplina macroeconómica.

Este entorno macro que para algunos era deslumbrante, envolvía un creciente desplazamiento de gasto privado por gasto estatal y de sobreendeudamiento empresarial. Aquí, un número no despreciable de las empresas apostó a no reestructurarse y a patear para mañana problemas financieros y de competitividad.

Empeorando las Cosas

Pero las cosas cambiaron y no precisamente para mejor. Y es que durante el primer quinquenio de la década los avances comerciales y financieros habían comenzado a dar frutos positivos y muchos problemas -entonces- observados pudieron ser resueltos con relativa facilidad en función a una versión parcial del denominado Consenso de Washington (ésa moda de receta de liberalización económica tan popular a principios de los noventa). Es decir, vía una combinación de flotación limpia del tipo de cambio y reforma parcial del estado (incluyendo el lado tributario), y priorización del crecimiento de la inversión neta y la inversión en conocimiento. Todo esto dándole un definido apoyo a la regulación prudencial y el control monetario. Pero se perdió la oportunidad.

Basados en la idea de que todos los años recibiríamos influjos de capitales externos suficientes para financiar -cómodamente- crecientes presupuestos y brechas externas, se optó por descartar privatizaciones y reformas adicionales y -más bien- se procedió a relajar la regulación bancaria y -gradualmente- a desnaturalizar la reforma comercial con múltiples pisos y con para-arancelarias. A más dólares, menos reformas pudo ser el eslogan.

Se creía entonces, con la mejor intención, que se nos había pasado la mano de liberales. Y gracias a este complejo de culpa, se inició todo ese desfile de barreras de salida a las empresas en problemas. Esto fue cambiando las reglas de juego gradualmente a través de medidas que incluyeron desde la compra de portafolios bancarios o a través de esquemas de cambio de plazos o monedas, hasta regímenes legales de complicación -léase: postergación- a la salida de empresas inviables.

Los peruanos olvidamos aquí que toda salida o quiebra, independientemente de la penosa ruptura de un proyecto empresarial, describe un cuadro de fracaso económico. Esta se da por una gestión que no puede administrar la competencia o el entorno. Por ello, cuanto más rápido se reasignen los recursos (léase: se formalice la quiebra) mejor es para todos. En nuestro país, sin embargo, las malas gestiones nunca han tenido mayores castigos. Por ejemplo, cuando registrábamos alta inflación, los negocios inviables veían desaparecer sus deudas vía la erosión inflacionaria del valor real de éstas.

Es por ello que no faltan quienes -siguiendo nuestra tradición de socializar los errores- nos proponen que -mediante algún novedoso esquema de subsidio o cambio de reglas de ésos planteados por más de un representante gremial en casi todas las listas al Congreso- se impida la salida del mercado. Aquí, el problema número uno es que cuando continua operando una firma inviable, el resto de la económica cubre las pérdidas implícitas. El problema número dos es que, de este modo, se asignan ineficientemente los recursos de un país pobre como el nuestro.

Nótese: Una firma en problemas ni da más empleo, ni es capaz de reactivarse. Ayudándola sólo la incentivamos a seguir cometiendo errores a costa de las firmas eficientes y el resto de los peruanos.

La Cortina Soñada

Es posible por tanto que toda la revuelta política que ha generado un proceso electoral -abrumadoramente- poco claro, halla terminado configurando, no-solo una coartada capaz de desviar la atención general de este problema en plena materialización, sino que ha colocado la introducción de barreras de salida adicionales como uno de los elementos centrales de los programas de la mayoría de los aspirantes al sillón de Pizarro. Una vez más se lograría pasar la cuenta al pueblo peruano.

(*) Economista de USIL.


 

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