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Carlos M. Adrianzen Cabrera. (*)

Cualquier persona que, desde el exterior –con ésa tranquilidad que da ver las cosas desde fuera- trata de formarse una idea sobre el desenvolvimiento económico y político de la nación, así como de sus perspectivas -a la luz de las propuestas esbozadas por los diferentes candidatos en el proceso electoral- puede llevarse la impresión de que todo está, grosso modo, como siempre. Es decir, sin una clara definición y sin pretensiones de plantearnos explícitamente hacia dónde va el país o –acaso- hacia dónde los peruanos desearíamos ir.

A pesar de toda la evidencia de deterioro reflejada en las cifras fiscales y financieras de la economía peruana desde hace dos años, a pesar que el gobierno ha detenido por completo su proceso de reforma estructural y que estaría –explícitamente- apostando en retomar (con poco éxito) esquemas de gobierno con mayor participación estatal (léase: burocrática), el panorama electoral puede –incluyendo a los programas de gobierno presentados y al no presentado- compararse no sólo a una subasta de prebendas (i.e.: ofrecimientos populares y de fácil aplicación) sino que, cada día, los mismos candidatos –del gobierno y de la oposición- se desdicen pasando de un extremo a otro sin generar el mínimo estupor en la opinión pública.

Así, por ejemplo, un día alguien propone controles a las tasas de interés, a las tarifas de servicios públicos y sobretasas arancelarias para proteger a la industria nacional, y al día siguiente (ante la andanada de críticas recibidas), otro miembro de la misma agrupación nos cuenta que ésas medidas ni se han contemplado y que -en cambio- ellos apostarían por soluciones de mercado y por un arancel flat (uniforme). De la noche al día.

Asimismo, otra agrupación, hace pocos días nos planteaba un programa reactivador a ultranza en el cual, por un lado, se quemaban reservas internacionales para inyectar crédito nominal para las empresas en problemas (rebajando además los encajes bancarios en forma significativa) y por otro, se aplicaban rebajas tributarias sucesivas vis a vis a aumentos masivos de sueldos (entre otras ofertas de apoyo sectorial).

Ante las inquietudes hechas públicas por muchos analistas –dado que solo el lado fiscal de la historia generaría, ceteris paribus, un déficit fiscal pasivo cercano al 6% del PBI- pocos días después esta segunda agrupación impacta al electorado hablándonos de la autonomía del Banco Central (que había ignorado olímpicamente), y de su compromiso explícito de aplicar una estricta disciplina monetaria y fiscal, y –además, de la necesidad de retomar acciones de reformas estructurales de mercado y reformas de segunda generación. Otra vez, de la noche, al día.

(Dejamos a ustedes, estimados cyberlectores, resolver la interrogante sobre cuántos y cuáles partidas presupuestales se tendrían que recortar o desaparecer a manos de quién aplique el aludido programa. Esto, en orden a mantener el equilibrio fiscal al que se habría comprometido públicamente el aludido candidato).

Explicaciones (ordenándonos algo...)

La búsqueda de explicaciones para estos súbitos cambios en aspectos fundamentales de los programas (de los cuales podríamos decir que pocos grupos participantes se salvan) puede llevarnos hacia dos caminos. Uno, el optimista (alguien diría el iluso), que explica estos drásticos cambios de posición en términos de la excepcional capacidad de rectificación de las agrupaciones participantes, y de lo permeable que serían éstas respecto a críticas constructivas (¿?).

Después de todo, nos insisten, en el Perú todos sabemos lo importante que es el mantener los equilibrios macroeconómicos. Todos nos acusamos de populistas pero nadie –según éste punto de vista- lo sería. Nadie se atrevería a hacer aquello que –a mediados de los ochenta- se dijo que Alan García no se atrevería a hacer. O, ¿sí?... No olvidemos que la práctica de darle la espalda a la historia es usualmente muy costosa para los países perdedores.

Dentro de esta misma canasta podemos ubicar a los ilusos mayores. De ésos que sostienen que "nadie vota por los programas", y nos repiten –con ése tonillo de intelectual izquierdistoide de los setenta- "el pueblo peruano vota por las caras y vota siempre en contra de alguien"...

Tal vez puedan tener algún ajuste empírico estos señores, pero no por las razones que esgrimen (sino por el resentimiento natural de todo individuo empobrecido que es obligado a votar sin mayor convicción o interés que su enojo), pero lo que los convierte en los ilusos mayores es –justamente- el sostener que los programas son irrelevantes. No son irrelevantes. Miremos la consistencia y estabilidad de los programas, y sabremos razonablemente qué gobierno estamos eligiendo y bajo que tipo de perspectivas se podría desenvolver la sociedad peruana en el próximo quinquenio.

Otra vez

El segundo camino de explicación a este lamentable estado, podría calificarse como inquietante o poco ilusionado o algo pesimista (al menos para el próximo quinquenio). Y es que, quebrada la ilusión de continuar viviendo dentro de una reforma a medias que gastaba gran parte de los capitales que recibía (no precisamente en inversión) y que aprovechó el mismo boom de los capitales foráneos para dejar de reformar, de privatizar y para mantener –vía mayor endeudamiento bancario- vivas firmas que el mercado habría depurado varios años atrás.

Hacia dónde vamos...

Desdichadamente, a principios del 2000, como economía, sólo intentamos rebotar. Esto, dentro de un ambiente en el que en muchos sectores se apuesta sólo a flotar un día más.

Dado el accionar del gobierno y lo mostrado hasta hoy por la mayoría de las propuestas electorales, no existen muchas razones para ser optimistas. Es por ello que no basta con ofertar dádivas que últimamente incluyen hablar de manejos serios, o de reformas, o de instituciones o de mercados. El gobierno peruano del próximo quinquenio debe ser capaz de algo más que ganar una elección ofertando cosas populares. El gobierno de una nación que desea dejar de ser pobre, deberá ser responsable, deberá ser capaz y sobre todo, deberá ser predecible.

(*) Economista de USIL.


 

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