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Carlos M. Adrianzen Cabrera. (*)

De nuestro país se dice casi de todo. Se dice que es rico, pero se dice también que es muy pobre. Se dice que es el país de los incas y de los conquistadores... y de los chichas...(aunque algunas tendencias lo van configurando como un espacio geográfico globalizado). También se dice que es hermoso y nuestro, pero ancho y ajeno. Así como se dice que es el país de mejor comer en América Latina, su consumo per-capita de calorías y proteínas es uno de los más reducidos del hemisferio occidental. En fin, se dicen muchísimas cosas buenas y malas. Casi todas, sin haberse alcanzado el debido consenso.

Lo curioso, sin embargo, es que uno de los puntos en el que –posiblemente- la mayoría de los peruanos estaríamos de acuerdo sería el de que el estereotipo del peruano -criollo o chicha- siempre trata de lucirse a modo de un "vivo". Es decir, "dársela de vivo" sería la expresión correcta. Como toda generalización, esta idea tiene mucho de heroica o simplemente de ejercicio estrapolativo (de fundamentación simplona). Sin embargo, a pesar de ello, en las próximas líneas buscaremos cuestionarnos cuán relevante resulta tener en cuenta esta suerte de elemento idiosincrásico nacional en orden a comprender mejor nuestra performance como nación. Al menos, en términos económicos.

La Política Económica (de los "vivos")

Se dice, por ejemplo, que estamos en una economía de libre mercado. Pero como el funcionamiento del mercado requiere instituciones sólidas (léase: el cumplimiento de las reglas) y un continuo esfuerzo empresarial por sobrevivir a la competencia de otros ofertantes y ajustarse a los cambios en las condiciones del mercado, entonces –dándonoslas de vivos- no falta quién hace el debido lobby para que el gobierno nacional introduzca reglas no tan exigentes o ayude a las empresas problemáticas o porque son "prometedoras" o porque "dan empleo".

Así tenemos, por ejemplo, múltiples esquemas de tratamiento diferenciado a lo largo de los distintos ámbitos de la economía. Estos van desde la introducción de sobretasas arancelarias a los alimentos (mayores cargas a su importación implementadas para proteger a ciertos amigos del sector agropecuario a costa de encarecer significativamente el nivel de vida de los más pobres) hasta compras de cartera pesada a ciertos bancos o esquemas tributarios diferenciales que castigan menos a los que se esfuerzan menos. Tampoco podemos olvidar las vivezas del lado de los consumidores.

Creyendo hacer gala de viveza "pirateamos" libros (asegurándonos que nadie se esfuerce por ofertar más y mejores libros y que sólo pocos se atrevan a esforzarse en escribir o publicar temas asociados a nuestra problemática). Con relación al crédito, tampoco tratamos de cambiar. Después de solicitar un préstamo –papeleos y "lectura" de condiciones incluidas- nos molestamos con quienes nos quieren cobrar. Hoy en día no falta quien alude al lado "ético" (¿?) de no pagar los créditos de consumo o los créditos ofertados al sector agropecuario. Patético como se ve, así son aun las cosas en nuestro país...

Como resultado de todo esto, en nuestros mercados, la corrupción no es ausente, por cuanto competir con firmas es duro y obtener tratamientos, fallos o discriminaciones especiales es siempre una posibilidad a la mano de los "más vivos". Olvidamos así que el continuo esfuerzo por sobrevivir de toda empresa competitiva es la fuerza que alimenta la búsqueda de mayor eficiencia, innovación tecnológica y mejor posicionamiento. Con una base empresarial especializada a obtener prebendas del Estado, no esperemos nada de esto, sino todo lo contrario: poco dinamismo, ineficiencia e incluso una estructura política que medra de darle las condiciones requeridas por estos sectores (a los que no denominaría empresariales).

El resto de la nación (las familias y empresas competitivas del país), ésas personas naturales o jurídicas que desean vivir mejor o –simplemente- buscan hacer empresa a su cuenta y riesgo en un país regido por la "viveza" chicha, resultan siempre siendo quienes pagan las cuentas y viven en el pobre país de los vivos. Se dice que un –recordado- presidente militar de finales de los sesenta siempre repetía esta infame prescripción: "en el Perú, el vivo vive del tonto y el tonto de su trabajo".

Por aquellos años, haciendo negocios con el Estado o adquiriendo la etiqueta de sector estratégico o minusválido, algunos peruanos se enriquecieron notablemente, el país se empobreció drásticamente y se consolidó una de las fases de mayor deterioro institucional observado incluso dentro de comparaciones con otros países tropicales.

Recuérdese bien, los "vivos" de nuestro país –por aquellos días- rara vez ponderaron la extrema falta de visión asociada a atontar nuestras competitividades con subsidios, lo irracional que resulta validar con nuestro comportamiento o pasividad (léase: tolerancia) ése boomerang denominado corrupción o coima. Después de todo, poco tiempo después nos enfrentamos –descontando a los emigrados- los enriquecidos y los empobrecidos, a vivir en una sociedad estancada, inestable y violenta. Con secuestros, terrorismo, bajísimas productividad y competitividad, narcotráfico, desempleo, hiperinflación y creciente pauperización.

Todo parece indicar que –precisamente- no éramos tan vivos como creíamos.

(*) Economista de USIL.

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