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Carlos M. Adrianzen Cabrera. (*)En el
seguimiento convencional del proceso electoral peruano de estos días resulta
particularmente atractivo centrarse en lo anecdótico, en los conflictos políticos de
bandos ( que aparentan arrastrar
pasiones proporcionales a sus semejanzas) y en la
contraposición entre la continuidad de presidente Fujimori y la aparición de un
"nuevo gobierno de unidad nacional" entre los diversos grupos de oposición.
Pocos muy pocos- diría, estimados cyberlectores, ponderan con el
debido cuidado los no despreciables costos para el Perú de esta suerte de pandemonium
electoral en el que (al menos, en lo
que fue de la primera vuelta), la mayoría de los
temas relevantes o no se tocaron o se tocaron con una falta de seriedad impactante.
Los impactos subyacentes
Este ambiente, sin embargo, atonta. Esta situación se hace más evidente sí
ponderamos como a lo largo de los últimos meses, semanas y días, nuestro país ha venido
sufriendo el impacto negativo de un proceso electoral "ruidoso". Por
"ruidos", nos referimos aquí a ése creciente- conjunto de eventos
anormales o atípicos que incluyen desde la grita destemplada de la oposición por más de
tres años consecutivos, denuncias sobre falsificación de firmas en la inscripción de
una agrupación, hasta la abierta subasta de propuestas de corte populista esbozadas por
casi todas las agrupaciones participantes (subasta de ilusiones que por momentos parecería haber sido copiada de
una contienda electoral de los años sesenta).
Este impacto negativo subyacente
y difícil de medir en términos de indicadores de corto plazo- complica la recuperación -o rebote- de la economía
respecto a la recesión 1998-1999 (al
postergar decisiones de inversión y de financiamiento bancario), incrementa la percepción interna del riesgo de negocios (vía el comportamiento de los costos reales del
crédito doméstico) y enerva expectativas
devaluatorias e inflacionarias (lo
cual obliga a endurecer el manejo de corto plazo fiscal y monetario). En lenguaje sencillo: poco a poco, la inestabilidad alimentada
por los ruidos de este complicado proceso electoral habría estado golpeándonos,
espantando inversiones y capitales, afectando no sólo nuestro ya complicado corto plazo
sino -a través de su efecto sobre
los patrones de formación de capital-
relegándonos por algunos años más a vivir dentro de escenarios económicos menos
dinámicos y competitivos.
Frente a esta situación, de la cual ya no podemos escapar ( aunque algunos no quieran verla), el gobierno nacional, las autoridades a cargo de la implementación del actual
proceso electoral enfrentan una seria responsabilidad. No se debe continuar repitiendo
errores. Estos "ruidos" le cuestan al pueblo peruano no sólo por lo que hoy
implican sino por lo que pueda costar la reparación del daño a la imagen externa del
país (y la menor captación de
capitales y negocios externos asociados al lapso que tome dicha reparación). Por ello, se deben hacer los máximos esfuerzos para que no
queden dudas del cumplimiento de las reglas y reduciendo al mínimo errores y obscuridades
que tal vez los peruanos nos veamos obligados a pagar si se aplicasen sanciones
internacionales al país.
Lo Político y lo Económico
Por otro lado, resulta crucial que los sectores políticos en brega por el poder
político de la nación entiendan éste costoso estado de cosas.
Se dice que en política vale todo. Esto que se refleja en los diversos bandos
configura un ambiente electoral oscuro e histérico. Aquí valen desde denuncias ( que evidentemente dañan el perfil económico del
país) hasta manipulaciones al sistema electoral.
Solo valen los gritos o los silencios. No se discute el fondo y las propuestas se
caracterizan por su poca seriedad. No cuadran las cifras fiscales, se crean bancos para
subsidiar, se ofrecen desde generosos esquemas de protección sectorial hasta la abierta
defensa del funcionamiento de mercados competitivos... Las propuestas económicas sólo
serían papel... (papel que
reflejaría que como pocos elementos termina evidenciando la real estatura de los
candidatos)
Frente a esta suerte de caos, se dice también que es normal en países subdesarrollados como el Perú- que la coyuntura política se superponga a cualquier criterio de
manejo económico. Aquí se debe tener mucho cuidado. Ambos fenómenos se dan
simultáneamente. Una crisis económica debilita casi todo, no sólo las reglas y las
instituciones (partidos políticos
incluidos) sino las posibilidades de crecimiento
del país. Es crucial no olvidar, que un país pobre tal como el caso del ex presidente García Pérez nos enseña
gráficamente- es una fuente inagotable de
frustración y una bomba de tiempo, políticamente hablando.
(*) Economista de USIL.
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