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Carlos M. Adrianzen Cabrera.
(*)

A modo de advertencia:

Estimado cibernauta este artículo puede resultar un poco tóxico para no-economistas. Esto tanto por su tono (y terminología de reporte técnico resumido) como por lo complicado del panorama macro peruano. Sin embargo, me temo que en el caso de una coyuntura como la que hoy nos afecta, algo de esta complicación (gráficos incluidos) se hace de alguna forma, necesaria. El autor se compromete a no repetir más este exceso.

Hoy por hoy, los análisis sobre el corto plazo de la economía peruana se escriben combinando un tono de incertidumbre (asociado con un proceso electoral conflictivo y oscuro) con un tono ligeramente optimista asociado con el hecho de que la actual administración peruana –para muchos observadores- habría manejado razonablemente la crisis de finales de los noventa.

La recuperación de la producción, la demanda interna, de la recaudación tributaria y una evidente mejora de la brecha en cuenta corriente contrastan este nuestro diagnostico preliminar. El hecho de que la inflación continúe convergiendo hacia tasas cercanas a niveles internacionales –a pesar de que muy pocos analistas lo destacan- refuerza la idea de que nuestro país habría manejado mejor que otros de la región (ése pobrísimo benchmark al que a los peruanos nos encanta referirnos) la retracción del influjo de capitales registrada a fines de la década pasada.

De hecho, tal como lo muestra la primera figura, a partir de 1998 el Banco Central "abandonó" –al menos temporalmente- ésa regla para mantener el dólar barato al que algunos denominaron flotación sucia, y se observó una razonable recuperación del tipo de cambio real que posibilitó un mejoramiento perceptible de la brecha externa corriente. Sin embargo no podemos olvidar que la contrapartida de este realineamiento cambiario real fue la contracción del ritmo de los influjos netos de capitales externo al país, lo cual –obviamente- no sólo encareció el dólar, redujo la demanda global y redujo también la oferta de fondos prestables (vía la contracción de las líneas de crédito del exterior) y con ello el costo real del crédito o tasa de interés. No ayudó para nada una política fiscal que mantuvo a rajatabla un presupuesto de diez billones de dólares a pesar de que la recaudación caía a un ritmo de más del 15% anualizado (en dólares corrientes).

Esta opción fiscal endureció las condiciones operativas de los negocios privados, lo cual –en un contexto en el que los requerimientos de capitalización y aprovisionamiento bancario se habían relajado significativamente- implicó la severa elevación de las tasas de interés (al apreciarse el riesgo) y las cifras contables de cartera problemática. Como resultado de ello, los bancos buscaron reducir su exposición mientras que el marco legal para quiebras y otras reestructuraciones empresariales convalidó un ambiente en el que nadie pagaba (e incluso nadie tenia que pagar) observándose un cuadro de "ruptura de la cadena de pagos" que más de un observador achacó a la autoridad monetaria a pesar de que la liquidez crecía entre dos y tres veces más que la inflación doméstica (ver figura Dos).

Como resultado de este esquema ortodoxo-a-medias en el que se habían congelado (sino desandado) las reformas estructurales de principios de la década, en el que Camisea era sucesivamente postergada y en el que las privatizaciones eran nulas, el afán estatal por seguir gastando (a pesar de que el ritmo anualizado de influjo de capitales externos era cinco veces menor al observado dos años atrás) nos llevó -a principios del 2000- a tener que reconocer que habíamos perforado la carta de intención firmada en junio de 1999 en función a las metas de déficit fiscal y a la de quema de reservas internacionales (para que el gobierno siga gastando). Como ven, razones para ser optimistas, más allá de un rebote estadístico, no habrían.

Es sin embargo otra arista la que bautiza este sencillo comentario. Las cifras fiscales son frágiles y las ofertas populistas ofertadas por los bandos en disputa por administrar el país en el próximo quinquenio –en forma retroalimentada con su desprecio por las reformas y las privatizaciones- no nos permiten ser optimistas. Algunos creen que ha llegado el momento de gastar y aplicar programas con rostro social (léase: generar mayores déficit fiscales rediciendo impuestos o expandiendo gastos). Otros creen que es el momento de romper la disciplina monetaria para "reactivar" la demanda. La situación del país no da fundamento para ninguna de esta recetas fáciles. Requerimos de todo lo contrario. Coherencia en el manejo y mayor disciplina fiscal y monetaria. La reactivación vendría más bien de la mano de mayores reformas y privatizaciones. De ésas que nadie ofrece en éstos días.

(*) Economista de USIL.

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