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Carlos M. Adrianzen Cabrera.
(*)

Así pues, estimados cyberlectores, el drama político de la segunda vuelta electoral acabó. El Ingeniero Fujimori Fujimori fue reelecto y el candidato Toledo Manrique optó por retirarse, desconociendo los resultados, pero sin renunciar. Con ello, el drama post lectoral se inicia.

Bajo este nuevo panorama, desde el país o desde el exterior veremos como las diferentes presiones internas y externas por que se desarrolle un nuevo proceso electoral posiblemente configuren un escenario político muy ruidoso para los próximos meses.

Este ruido político y la parálisis que éste pueda implicar para el desarrollo de nuevas reformas y nuevas inversiones configuran un escenario nada positivo. Asimismo, las posibilidades de sanciones bilaterales (EE.UU.) o multilaterales (OEA, et al) no están descartadas y –de hecho- obligarían a la nueva administración fujimorista a tener que flexibilizarse –léase: que ceder- en más de un punto en la abultada agenda de encontronazos acumulada con el gobierno del presidente norteamericano Bill Clinton.

Sin embargo, cometeríamos un error si ignoramos que las reglas de juego han cambiado. Y que lo han hecho no precisamente en modo favorable. Así, uno de los mayores peligros que enfrenta hoy el Perú de inicios de década implica el ignorar que las restricciones económicas y políticas (para el accionar de las empresas y el gobierno) son muy ajustadas. Van a ser días de muchas presiones y muchos menos dólares para gastar. A esto hay que añadir los ajustes pendientes al haber implementado una reforma liberal a medias.

Por ello, un déficit de cuidado o cautela puede resultar algo muy costoso no sólo para la actual administración. Para todos. El creer que somos lo que no somos, que tenemos lo que no tenemos, que hicimos completamente lo que no terminamos de consolidar y que las reglas son las que creemos y no las que son.

Envenenándonos con sobre-optimismo

En esta dirección, por ejemplo, no falta quienes en estos tiempos de evidente conflicto (derivado de una campaña electoral que evidencia irregularidades no despreciables y que no es aceptada por diversos participantes y observadores) nos plantean que el ruido político –también interno y externo- se va a desvanecer en algunas semanas y que la base económica con la que contamos para enfrentar el impacto del conflicto es muy buena. Después de todo, las reformas aplicadas hace ya casi diez años habrían dado sus frutos. Pero ¿qué sucedería si esta proposición resulta ser sólo una ilusión?. Ilusión tanto porque el conflicto se alargue o complique cuanto porque una reforma aplicada a medias no configura una base competitiva y estable pero si acumula problemas empresariales y bancarios.

¿Qué sucedería –además- si nuestros principales socios comerciales y financieros persisten en su insistencia de que implementemos instituciones democráticas globalmente aceptables?.

En un ambiente en el que los oficialistas sobreestiman capacidades y los opositores (apurados por llegar a la despensa) subestiman todo lo bueno implementado ¿Nos hemos puesto –ponderadamente- a pensar cuáles serían los impactos sobre los negocios, la inversión y el ahorro en el país dentro de este escenario? ¿Cuáles serían los márgenes del gobierno nacional? ¿Cuáles serían los costos económicos de este estado de cosas?

Sobre este mismo punto no falta quienes –ilusamente- sostienen que "tenemos suficientes reservas internacionales (léase: dólares) para el peor de los escenarios". Desdichadamente la historia de más de un colapso financiero y cambiario en la región -y en el Asia- nos contrasta cuán relativa defensa son las Reservas internacionales registradas en el Banco Central cuando existe una casi perfecta movilidad de capitales. También se dice que nuestra posición fiscal es fuerte y que se ha mantenido un cierto equilibrio fiscal. Pero: ¿es acaso una posición equilibrada arrastrar un déficit fiscal de alrededor de 3% del PBI?

La historia económica mundial, frente a coyunturas de estrés financiero, nos enseña que sólo la coherencia -sostenida en el tiempo- del manejo económico de una nación fundamenta su solidez.

Si las cosas de ponen feas...

Si es que los influjos de capitales se contraen severamente, se requiere un alto grado de disciplina fiscal y monetaria y un alto grado –también- de profundización de las reformas económicas e institucionales para desarrollar habilidades competitivas. La disciplina monetaria es vital sencillamente porque a falta de dólares no es una buena idea que sobren soles. Todas las devaluaciones peruanas han reflejado al final un cuadro de incoherente inyección de moneda local.

Pero –con el actual presidente o con otro- la tarea de fortalecer la plaza trasciende consideraciones de manejo de corto plazo: se requiere avanzar. Es decir: formar instituciones, privatizar y dejar funcionar a los mercados. Aquí nuevamente tenemos una vieja interrogante dentro de esta columna ¿No será tal vez demasiado optimista o iluso sostener que los peruanos tenemos algo más que desconcierto en estos difíciles días?

(*) Economista de USIL.

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