Carlos M.
Adrianzen Cabrera, Economía, USIL
La
extrema polarización de puntos de vista sobre cómo se debería manejar el país es, para
diversos observadores y analistas, uno de los principales problemas que hoy enfrenta el
Perú.
Se dice que
una primera mitad la que respaldaría la última
reelección de la actual administración- se inclina por mantener un régimen que
priorice la libertad económica. Ello, a través de una economía de mercado fría e
implacable. Esta opción de gobierno se estructuraría aun a costo de descuidar aspectos
institucionales o de transparencia política que se irían según
sus simpatizantes- corrigiendo con el tiempo, conforme nuestra inserción global se
vaya profundizando.
Se dice
también que existe otra mitad de peruanos que se inclinan por la propuesta de algunas
otras agrupaciones deseosas de alcanzar el poder (i.e.: la
oposición tal como se le concibe estos días). Esta visión alternativa nos
plantea que la libertad política es lo más (si no lo único)
importante vía elecciones e instituciones como las que
observamos en los setenta y ochenta- y que el manejo económico debe ser matizado
por consideraciones populares o de rostro social. Una suerte de economía de
mercado regulada -o a medias- que, por ejemplo,
protegería la producción nacional y que potenciaría el rol interventor del Estado. Este
grupo sostiene además, que con los años, se iría convergiendo hacia los estándares e
instituciones de una economía más abierta y más competitiva. Por décadas esta
proposición a la que podríamos bautizar como la de la
industria y la democracia indefinidamente naciente- fue repetida por sucesivos y
múltiples gobiernos civiles y militares.
Una forma
estimado cyberlector- de ponderar el fondo de esta
aparente polarización implica reflexionar algo más sobre el contenido de la palabra
libertad. Y es que ésta es la condición por la cual dadas
instituciones sociales- un individuo pueda ejercer su elección. En términos del
comportamiento social, las restricciones relevantes para un individuo abarcan dos
ámbitos: el económico y el político. La libertad requiere que las restricciones
económicas y políticas a la elección no
bloqueen la capacidad de decidir.
Esto, tanto
en el ámbito económico (nadie, por consideraciones ajenas al
bien común, debería tener el derecho de impedirnos ingresar a un mercado o imponernos
una carga discriminatoria para beneficiar a otros), como el político (se requieren administraciones judiciales y electorales eficientes y
creíbles). No existe, por tanto, una libertad a medias. Simplemente, los términos
libertad económica o política a secas carecen de sentido.
En el caso
de una economía de mercado -orientada a desarrollar
competitividades- el rol de las instituciones que perfeccionen derechos y
obligaciones es crítico. Sin propiedad privada no existen mercados competitivos. Sin
contratos claros o elecciones creíbles (que hagan aceptables las
reglas de un gobierno), igual. No existe
plena libertad económica sin libertad política creíble. Por ello (y adicionalmente a las múltiples distorsiones y controles introducidos
desde mediados de la década pasada) es más que generoso calificar a la actual
administración como una que prioriza la libertad económica.
Asimismo,
lo opuesto también vale. Desconfiemos cuando alguien nos habla de libertad y al mismo
tiempo quiere vendernos la idea de restringir la capacidad de comprar alimentos o ropa
más barata o de mejor calidad- en el exterior (i.e.: vía cargas arancelarias o prohibiciones de importación).
Una prohibición arbitraria coacta nuestra libertad, usualmente para beneficiar algún lobby que financia a
algún vehemente defensor de la libertad política. Cuando alguien nos plantea algo más
de inflación -dizque para reactivar la economía- no nos
dice cómo esta mayor inflación coacta nuestra libertad erosionando nuestro derecho a
tener precios estables, señales cruciales para operar eficientemente en cualquier
sociedad moderna.
Tampoco nos
dice que la inflación es usualmente- el mecanismo
más comúnmente usado para socializar pérdidas en naciones subdesarrolladas que se
autodenominan democráticas y operan sistemáticamente en contra del bien común y de la
libertad económica individual, protegiendo a determinados grupos y bloqueando el desarrollo de los mercados y las
oportunidades del resto. Cuando un individuo es muy pobre y poco educado, tiene muy pocas
elecciones que hacer. Aquí también sucede lo opuesto: no es posible la libertad política sin plena libertad
económica.
Pero ya que
los dos polos aludidos venden propuestas inconsistentes -y
acomodables- entonces ¿qué se esconde
detrás de este aparente pero inexistente-antagonismo?.
Se esconde,
estimado cyberlector, lo de siempre. Verdades a medias, intereses grupales y similitudes
fundamentales entre grupos que intercambian los discursos (de
dizque libertad económica o política), pero que actúan de manera similar. Como
dos gotas de agua. En el fondo, ello sólo evidencia bandos deseosos de mantenerse en el
poder o acceder a él- en un país con instituciones
débiles. Algo usualmente muy rentable para los incumbentes. Dicho sea de paso, individuos
muy hábiles al menos- para vendernos las promesas
de alguno de los aparentes polos, pero extremadamente ineptos para gerenciar el desarrollo
de un país pobre como el nuestro. |