Carlos M.
Adrianzen Cabrera, Economía, USIL
Para
cualquier observador externo o distanciado del Perú, los flujos de noticias económicas y
políticas continuamente le deben chocar. Cuándo no son algunas ofertas económicas
disparatadas, es algún crimen horroroso o alguna declaración destemplada de algún
personaje contra otro. ¿Rasgos Folklóricos? diría alguien...
En materia económica estos shocks informativos no resultan
inusuales. Así por ejemplo, las diferencias entre las cifras preliminarmente publicadas
sobre las cuentas fiscales y externas la mayor parte del tiempo se distancian -muchas
veces estratégicamente- de sus valores finales o definitivos. Más allá de estas
"pequeñeces" a la que los economistas estamos acostumbrados, el último shock
que nos ha tocado vivir se refiere a un -no precisamente- sutil cambio estadístico. Y es
que la oficina a cargo de la construcción oficial de las estadísticas de la nación nos
acaba de informar que se equivocó.
Que el Producto Bruto Interno[i] (PBI) del país es
-este año- 10.2% menor. Que ya no sería mayor a los 66 billones de US$ y que apenas
alcanzaría los 52. Pero también nos dice que también estaría afectada (léase: errada)
la serie de los valores pasados de producción y gasto a lo largo de toda la ultima
década. Es decir, todos ésos indicadores oficiales también estaban mal construidos. La
explicación oficial -hasta hoy día- es de que esto se debería a un tardío cambio de
base. Pero... estimado cyberlector ¿Qué es esto?
Una historia con lecciones
Y es que existe una vieja y folclórica historia. Esta nos remonta
hasta hace más de una década. A partir de mediados de 1987, los estimados oficiales del
PBI (léase: el producto bruto interno) peruano empezaron a mostrar signos de
sobreestimación significativos. Estos se podían observar en la creciente diferencia
entre los valores de los dos estadísticos usualmente utilizados para monitorear la
evolución del nivel de precios internos: el índice de precios al consumidor y el
deflator implícito (resultante del cómputo del PBI). Hasta entonces, las tasas de
inflación medidas por cualquiera de estos dos índices reflejaban comportamientos
similares. Entre 1988 y 1990 las cosas cambian. La diferencia acumulada entre sus tasas de
crecimiento era superior al 1,200%. Un nivel de error estadístico que debió ser
rechazado.
Sin embargo, fue oficialmente aceptado. Y desde entonces arrastramos
cifras de PBI que difícilmente cuadraban. Hoy en día se trata de justificar este cuadro
sosteniendo que este sobredimensionamiento del PBI nominal se habría dado por efecto de
la hiperinflación. Dado que ésta generó un crecimiento disímil entre los índices de
precios y que -para el cálculo de algunos componentes del PBI- se tuvo que utilizar
precios al consumidor para la actualización de la serie. Esto se hizo para aquellas
actividades que no disponían de indicadores de precios propios.
Lo que no se nos dice es que cualquier especialista en la medición
del nivel de precios en ambientes con alta inflación sabe que la elevación de la
variabilidad de los precios relativos por la incertidumbre inflacionaria es un fenómeno
anticipable. Para ello existen métodos para corregir enfrentar el problema y ajustar
oportunamente la base. Sin embargo el problema se ignoró. Y el problema -convenientemente
tanto para el gobierno saliente a mediados de 1990 cuanto para el actual- se arrastró a
lo largo de toda la década de los noventa.
Para el régimen del ex-presidente García Pérez, en aquellos días
por demás inquieto en salir mostrando cifras de recuperación o menor contracción, esta
sobrestimación del PBI nominal le cayó de perillas. Así, el último año de la
desastrosa gestión aprista sólo mostró una caída de la producción del orden del 5%,
cuando -posiblemente- la contracción productiva bajo el futuro diferente habría sido
mucho mayor[ii].
El actual gobierno nos da razones diversas para justificar por qué
se demoró tanto en corregir el problema. Lo que sí no puede negar es que, para un
régimen que infló el presupuesto, nos inundó de cargas tributarias para financiarlo y
arrastró una brecha récord en la cuenta corriente de la balanza de pagos, el tener un
PBI nominal sobreestimado ayudó a que estos desarrollos parecieran mucho menores a lo que
fueron en realidad.
The new GDP`s news: Una foto
muy distinta...
Pero a pesar de esta cronología, finalmente, la semana pasada se
corrigieron las cifras del PBI oficial. Hasta aquí[iii] la noticia
implica una destacable mejora.
Con este ajuste estadístico dejaríamos de seguir engañándonos o
-en lenguaje políticamente más correcto- de seguir usando cifras construidas sobre una
base irreal. Pero, ¿Qué nos trae de nuevo este cambio de base?
Con relación a este punto las novedades del nuevo PBI implican
cuatro áreas. Primero, en términos sectoriales, los cambios son reveladores. Nos
encontramos ahora conque, por efecto del cambio de base, los denominados sectores
terciarios (i.e.: Los sectores: Transporte, Comercio, Electricidad, Servicios Financieros
et al) aumentan su participación en más de 13%. Esto, en un contexto en el que los
sectores agropecuario y minero reducen su importancia relativa en 3.2% y 8.2%,
respectivamente; mientras que el sector manufacturero la eleva en casi 2%. Ahora
-estimados lectores- será mucho más común que las reactivaciones estén lideradas -o
estadísticamente asociadas- con recuperaciones en sectores tales como la industria, la
construcción o los servicios.
Segundo, que nuestros problemas eran mayores de lo que pensábamos.
Un déficit fiscal de unos 2 billones de dólares (cómo el que teníamos a mediados de
1999 y hemos vuelto a acumular entre junio de 1999 y mayo 2000), equivale al 4% del PBI.
Una cifra que desautoriza la imagen de un manejo fiscal ortodoxo.
Tercero, la caída de la importancia relativa de las exportaciones
(como ratio del PBI) que cae en 15% (¿?); mientras que -como resultado de esta caída- el
coeficiente de apertura (exportaciones e importaciones sobre el PBI) se reduce en casi
18%. Esto implica una suerte de economía retrazada en términos de su acercamiento hacia
el ideal de una plaza exportadora global. Después de todo, los peruanos nos pasamos la
década con dólares baratos y gastando capitales externos. También, bajo ése status quo
al poco tiempo abandonamos mayores pretensiones de reforma...
Sin embargo, la novedad mayor se da por el lado del tipo de gasto
que sustenta el PBI. Y es que, en un contexto en el que la "nueva" presión
tributaria[iv] bordearía el 16% del PBI, descubrir no sólo que el peso
del gasto gubernamental supera el 20% del PBI[v], sino que la propensión
media a consumir (para los lectores no economistas: el porcentaje del gasto que
consumimos) sería ahora del orden del 81%, nos permite descubrir que el ahorro nacional
-oficialmente- no podría ser mayor del 3% del PBI. Hallazgo que nos descubre como una de
las economías menos frugales y más dependientes del ahorro externo en el globo. También
contrasta una vieja hipótesis planteada en esta columna. Que dada la actual escala y
calidad del gasto estatal, el presupuesto estatal se cubre a costa de empobrecer a las
familias y descapitalizar a las empresas peruanas. Este cuadro nos enseña que la
reducción de su peso y la mejora de su calidad -privatizaciones incluidas- no son
precisamente salidas opcionales.
[i] El indicador por excelencia de cuánto produce y gasta una nación y que nos
indica -depreciación e impuestos indirectos netos afuera- cuántos son los ingresos de la
nación (qué tan rica o pobre es).
[ii] La corrección técnica de este problema debería dejar en evidencia la
magnitud de esta probablemente severa mal-construcción -¿o manipulación?- estadística.
¿Lo hará?...
[iii] Sin descartar la conveniencia de que se realicen las auditorias externas que
sean pertinentes Asimismo esta historia deja sobre el tapete una interesante cuestión:
¿Acaso no sería inteligente delegar la tarea de construir estadísticas nacionales a una
entidad privada, autónoma y con rangos discrecionales estrechos? ¿No tendería a
minimizar ésas temidas manipulaciones observadas en otras administraciones?
[iv] Anualizadamente, unos 8,500 millones de dólares, en estos días.
[v] También, anualizadamente, unos 10,500 millones de dólares, en estos días.
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