Dentro de este cuadro de incertidumbre sobre el rumbo de la
política económica, en las últimas semanas los peruanos hemos estado pendientes de
cuáles serían los próximos pasos del actual gobierno. Si bien la base postelectoral (económica
y política) resultaba difícil de anticipar, existían esperanzas. A pesar de que la
retórica electoral oficialista distaba mucho de despertar mayores entusiasmos, muchos
observadores anticipaban que la tercera administración fujimorista iría a retomar el
cambio de rumbo iniciado a inicios de los noventa (y ostensiblemente abandonado desde
mediados de la década pasada).
Las primeras señales de definición -o indefinición?-
estarían actualmente en proceso. En los últimos días el gobierno ha enviado al Congreso
algunas señales bajo la forma de proyectos legislativos. Algunos de estos, por ejemplo,
enfocan inoportunas racionalizaciones tributarias a la minería. Nos referimos aquí a la
virtual eliminación la exoneración del pago del impuesto a la renta (en el caso de
que las utilidades sean reinvertidas) para el sector minero sí que ha generado un
revuelo. No sólo el sector beneficiado ha puesto el grito en el cielo. Incluso los
gremios que pocos días atrás protestaban por el tratamiento diferencial a la minería,
ahora se quedan congelados. Han comenzado a perder la ilusión de que ellos también
puedan recibir en el futuro esta suerte de subsidio. Y es que se trata de una medida
popular...
En un país en donde las cargas tributarias son abundantes y
superpuestas (así como las perforaciones legales a éstas), donde la presión
tributaria bordea el 16% del PBI (y más del 20% de los estimados del Ingreso Nacional),
y donde el comportamiento del tipo de cambio -desalineado hacia abajo- y las tasas
de interés reales -al alza-reducen competitividades sectoriales, la idea de
recibir este beneficio cuando se reinvierten las utilidades es una de las propuestas de
política económica más fáciles de aplicar y más apetecidas por los gremios.