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Carlos M. Adrianzen Cabrera, Economía, USIL

Nuestro país ha estado casi siempre inmerso en falsos dilemas.

Hemos habitado en diferentes entornos. En algunos de ellos se nos decía que proliferaba una democracia con libertad política. Bustamante o García Pérez.

En otros episodios se nos planteaba que existía una economía abierta y liberal, con énfasis en la asignación de recursos vía el mercado y que existía una cierta libertad económica. Odría con Beltrán.

Sin embargo, si analizamos los hechos nos encontramos con que, en el mejor de los casos, hemos tenido episodios en los que se avanzó algo en una u otra dirección.

Así por ejemplo, a lo largo de la década pasada la actual administración cometió la herejía de avanzar más allá de lo usual dentro de las administraciones apodadas como liberales en nuestra historia económica. Acusado de neoliberal por varios años, pronto detuvo su marcha. Hoy, a inicio de su tercer periodo, surge la interrogante de sí se avanzará nuevamente. Frente a esta pregunta aparecen la inercia y las creencias de toda la vida.

Una de ellas nos refiere a la creencia de que existiría una suerte de dilema entre estos dos –hipotéticos- polos. Libertad económica versus libertad política.

Pero resulta que la libertad es una sola. Y que, por ejemplo, con restricciones abultadas a los negocios, la libertad política carece de sentido. Y viceversa. Quién defiende con devoción o histeria una de las dos libertades “a como dé lugar” persigue un espejismo. Quién cree que no importa solicitar plena democracia de la mano con grupos cuyas propuestas coactan la libertad económica, no sólo es un iluso. Ignora que, sin una, no se da la otra. ¿Acaso existía libertad con García?

Y es que la libertad la debemos alcanzar sabiendo qué es lo que buscamos.

Si se busca configurar mercados e instituciones no es para beneficiar minorías (etiquetadas con los logos de minusválidas, estratégicas, regionales et al)- sino en función al escurridizo bien común.

Dentro de éste contexto, obviamente, lo políticamente correcto es mantener el status quo. Para muchos, nadie debe moverse. Nadie debe atreverse. Nadie debe esforzarse por retomar el rumbo de la reforma hoy.

Espero que esta reflexión sirva para ubicar el reto implícito en el mensaje presidencial y en el nombramiento del nuevo gabinete ministerial con los que la actual administración inicia su tercer mandato. Espero que sirva –también- para evidenciar el seudo-dilema que hoy día nos plantean ciertos grupos.

Y es que la tarea de cambiar el rumbo que estuvo gobernando la nación la mayor parte de la segunda mitad del siglo pasado, enfrenta resistencias, falsos dilemas, inercias.

Hoy, en un entorno globalizado (en el que los esfuerzos de desarrollo dan fruto en menos tiempo que hace uno o dos siglos atrás) se requiere consolidar mercados, instituciones y competitividades.

La tarea -para todos los peruanos- consiste en avanzar en estas esferas. Sin embargo, no debemos ignorar los límites. El estancamiento o retroceso en un lado restringe las posibilidades del otro.


 

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