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Carlos M. Adrianzen Cabrera, Economía, USIL

Para cualquiera de ustedes, estimados cyberlectores, que viva lejos de nuestro país -definitiva o temporalmente- el comparar precios, calidades, modalidades de compra, servicio al cliente de muchos bienes y servicios, las diferencias son notables. Para aquellos otros que vivamos en el país del “indómito inca”, la comparación de los aludidos atributos entre bienes o servicios producidos por nacionales versus los importados, también -dejando de lado sentimientos nacionalistas- refleja importantes diferencias. Estas diferencias, que hacen que las importaciones peruanas de bienes y servicios bordeen anualmente más de once mil millones de dólares, reflejan lo que los economistas denominan competitividades. No es que toda nuestra producción nacional no sea competitiva. Mucha lo es y prevalece dominando los mercados domésticos e incluso se exporta. Y que éste es justamente el quid del asunto.

Dice un viejo adagio que “cada gallo canta en su corral... y el que es bueno, en el suyo y en el ajeno...”. Y es que la mayor competitividad no solamente nos hace más ricos porque prevalecemos en nuestra plaza (desplazando o sustituyendo importaciones), sino que nos enriquece por que exportamos, vendemos a otras plazas, generando ahorro y bienestar para el nuestro.

Pero ¿cómo ser más -o acaso simplemente ser- competitivos?

En estos días en que se nos habla profusamente de individuos competitivos, de empresas competitivas, de sectores competitivos, de naciones competitivas, muy pocas veces nos ponemos a pensar qué implica el aludido vocablo, detrás del cual emerge la receta sobre cómo desarrollar competitividades.

Sobre el ser competitivo los libros de gerencia y el lenguaje cotidiano implican muchas cosas diferentes. A veces muy diferentes. Siendo este un vocablo de mucho uso en economía y deber su popularidad a las referencias de un tipo de mercado al que los economistas denominan mercado competitivo, aquí enfocaremos esta suerte de definición madre. En términos muy sucintos se diría que se da un resultado competitivo cuando se alcanza una situación de equilibrio en un mercado libre. Es decir: que el precio resulte igual al costo marginal de producir el bien o servicio y que-en ámbito general- los excesos de demanda sean nulos. Dejando de lado esta rebuscada terminología de la teoría económica, y usando español cotidiano, encontraríamos que un resultado competitivo implica solamente que los flujos vendidos y comprados se concilien libremente vía precios y cantidades. Esto, dentro de un ambiente en el que -buscando cada cual vivir mejor- compradores y vendedores compiten entre sí.

En un mercado competitivo (nótese aquí que no nos estamos refiriendo al modelo perfectamente competitivo de libro de texto), las empresas no hacen más utilidad que la promedio en cualquier otra actividad de la economía. Por ello, los mercados competitivos implican también la idea de mercados saturados de vendedores donde el consumidor se beneficia comprando más barato. Allí, el excedente o bienestar del consumidor es mayor. Asimismo, en mercados competitivos las empresas que ingresan a vender lo hacen por su cuenta y riesgo y deben esforzarse por sobrevivir en un mundo en el que todos compiten. Esto es lo que forja el grado de competitividad. Cuando una empresa es más competitiva que el resto, hace utilidades mayores, pero todo el mundo la copia. Tarde o temprano, configurándose así una suerte de monopolio temporal o efímero.

Nótese además que en un entorno competitivo no hay barreras ni para entrar ni para salir. Así, la entrada y la quiebra de los vendedores es libre y rápida. Cuánto más competitivo sea el mercado, más rápida es la salida de las firmas ineficientes (aquellas incapaces de obtener beneficios sostenidamente al precio prevaleciente).

Por ello la competitividad de una persona, una firma, un sector o una nación no implica nada más que su capacidad de ofertar lo que el consumidor desea con la calidad, precio y condiciones que el consumidor prefiere. Se es -relativamente- más competitivo sí se desarrolla la capacidad -individual, empresarial, sectorial o nacional- de vender a menor precio, con mejor calidad o bajo mejores condiciones que el resto de los vendedores del mercado.

La competitividad no la da el gobierno ¡Qué lindo y fácil sería!. Esta, como los economistas nos enseñan se construye con gran esfuerzo dentro de las personas, de las empresas, dentro de los sectores, dentro de la nación. El gobierno sí puede ayudar -significativamente- no cometiendo errores. Ofertando estabilidad (i.e.: regulando prudencialmente), credibilidad (i.e.: no desalineando el tipo de cambio real), infraestructura y servicios públicos impecables. Pero por encima de todo esto, no atontando el desarrollo de competitividades. Y es que los subsidios eternos, los rescates, la corrupción, los tratamientos e incentivos discrecionales, atontan. Erosionan competitividades y desmantelan culturas -de nuevo: individuales, empresariales, sectoriales y nacionales- para competir.

Y es que hoy día, en un mundo crecientemente global, el no ser competitivo excluye.

A modo de Epilogo por Fiestas Patrias

Desplazándonos hacia discusiones más coyunturales, merece destacarse cómo en el discurso presidencial que abrió el tercer periodo de la actual administración, el énfasis en el desarrollo de competitividades en sectores tales como la manufactura, el agro o la artesanía (como fundamento para crear empleo y bienestar), fue central. Sin embargo, cabe destacarse que la tarea de construir competitividades nacionales es mucho más de lo que se cree, es una tarea de mediano plazo, de cultura, de esfuerzo. En fin de evitar rutas más difíciles pero -también- más frustrantes.


 

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