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Esta
semana nos interesa enfocar el comportamiento macro de la
economía peruana. Es decir, muy estimado cyberlector,
cómo van los niveles de actividad económica del país (i.e.:
el empleo, el PBI, la inversión, la inflación, las cuentas
del gobierno, etc.), y cuáles serían los factores
subyacentes a su evolución actual.
Como
punto de partida en esta digresión podría decir que, desde
un punto de vista macro, las cifras disponibles a fines de mes
configuran una economía en proceso de parsimoniosa recuperación.
Esta recuperación –hasta
la fecha- se da como mayormente un rebote estadístico.
Es decir, en comparación a las cifras registradas el año
pasado, cuando la producción agregada creció en 1.8%, la
demanda interna se contrajo en –1.1% y la inversión privada
bruta cayó pronunciadamente (-19%).
En términos reales y en lo que va del año, se vendría
configurando un crecimiento real anualizado –pasivo-
del orden del 4.1%. Escenario dentro del cual la inversión
privada sólo se recuperaría parcialmente (cerca
del 8%) y en el que serían las exportaciones el
componente con mayor dinamismo (9%)
en la demanda agregada. El gran reto de los próximos meses
resulta –evidentemente-
introducir condiciones atractivas y sostenibles para la
inversión privada, y no como algunos creen, aplicar
incentivos que artificialmente eleven rentabilidades privadas
en ciertos sectores.
Así
pues, desde un punto de vista sectorial, las actividades líderes
serían la manufactura (4.5%),
servicios (3.7%),
pesca (25.2%)
y minería (6.1%).
En un lenguaje menos aburrido, crecen los sectores que rebotan.
Nótese
bien que éste sería un escenario un tanto definido para el año,
dado que ya existen cifras preliminares sobre ofertas
sectoriales (y
dada la estacionalidad característica de la producción
nacional); cuanto que, aún asumiendo un impacto
positivo -y
rápido- por las medidas recientemente ofertadas
por el Presidente de la Republica, los efectos reactivadores
de éstas no serían anticipables hasta el segundo trimestre
del 2001. Esta previsión, sin embargo, no es ajena a
desarrollos críticos en dos áreas.
Algunos
cabos sueltos...
En
lo que resta del año el lado fiscal deberá evolucionar hacia
un resultado económico más cercano al equilibrio. Y esto
solamente para alcanzar un nivel deficitario aceptable. Léase
de alrededor del 2% del PBI. Sin embargo, teniendo en cuenta
la también marcada estacionalidad de las finanzas públicas (i.e.:
que se gasta más y se recauda menos en el segundo semestre),
esta tarea sólo sería alcanzable dentro de un cuadro de
marcada disciplina fiscal. Léase: si los nuevos
administradores controlan la caja. Toda una lucha frontal
contra la burocracia.
A
pesar que la nueva administración del portafolio de economía
y finanzas contaría con la determinación y el expertise
para alcanzar este objetivo, resulta fundamental
destacar que los efectos negativos de no reducir el actual
patrón de desequilibrio fiscal podrían alterar
impredeciblemente esta previsión de crecimiento. Esto –sencillamente-
debido a los previsibles efectos negativos, de arrastrar un déficit
fiscal mayor al 3%, sobre las tasas de interés, el stock de
reservas internacionales netas, el tamaño de la demanda
interna y la reactivación de mayores expectativas
devaluatorias.
Paralelamente,
la responsabilidad que recae sobre el manejo monetario no es
marginal. No debe ignorarse que si se insistiese en
reducciones adicionales del encaje –mientras
la brecha fiscal se mantenga pronunciada- no sólo
tendrían un efecto reactivador poco significativo sobre los
negocios, el empleo y la producción, sino que sus efectos
validadores de expectativas devaluatorias podrían
retroalimentar mayores alzas en los intereses bancarios,
presionando contractivamente a la demanda interna. Asimismo,
esta posibilidad –i.e.:
tipos
de cambio y tasa de interés ambos más altos en términos
reales- deterioraría y desincentivaría los
procesos de reestructuración patrimonial bancaria y no-bancaria
en proceso. Asimismo, debe destacarse que la disciplina
monetaria, al facilitar el cierre de la brecha en la cuenta
corriente externa, reduce nuestra vulnerabilidad externa, y
desempeña un rol crucial para inyectar credibilidad en la
estabilidad macroeconómica de la plaza. En otras palabras, sí
el gobierno es capaz de mantener un manejo monetario autónomo
y predecible o sí evolucionaríamos –una vez más-
hacia atrás.
Sobre
lo anterior, dos aspectos, esbozados en las presentaciones
presidenciales de los últimos días, podrían desempeñar un
rol significativo. El primero, focaliza la posibilidad de que
se implementen procesos de concesión y privatización en
escala significativa y a un plazo relativamente corto. Muchos
analistas aún están esperando señales claras en esta
dirección. Esta eventualidad haría más creíble la
recuperación –de
corto plazo- de la inversión privada.
El
segundo aspecto, y para muchos el más inquietante, enfoca
otras acciones de reforma (o
anti-reforma) a ser conocidas en los próximos días.
En esta dirección, acciones que retomen reformas abandonadas
de primera generación (i.e.:
un arancel flat), implementes cambios
institucionales (reformas
de segunda generación) o el dejen en el olvido
ciertas ofertas de corte dirigista o populista (i.e.:
las ofertas de mayores incentivos tributarios),
podrían también facilitar que la inversión privada en el país
se recupere del letargo observado desde 1998. En esta dirección,
estimado cyberlector, las señales no resultan aún muy
cristalinas.
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