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En
nuestro país existe una suerte de vieja inclinación por
fantasear. Por creer que somos lo que no somos. Que estamos
haciendo lo que no hacemos. O lo que muchas veces resulta peor,
que hemos terminado lo que acaso sólo hemos iniciado.
Hace
diez años, como también todos sabemos, iniciamos un proceso
de reforma orientado a configurar sobre base de una de las
economías más inestables y reprimidas del planeta una
sociedad abierta y competitiva. Esta tarea implicaba cambios
económicos, políticos y sociales mucho mayores a los que se
esperaban. Su funcionamiento requería muchas cosas nuevas.
Que se priorice la estabilidad. Que aprendamos a exigir un
estado ligero y transparente. Que las empresas aprendan a
competir y dejen de justificar su rentabilidad en tratos con
el gobierno. En fin, que aprendamos cosas que nunca habíamos
visto de cerca.
Sin
embargo, para muchos, la tarea de construir competitividades
era una tarea fácil. Y es que la evidencia del siglo XX
resultaba concluyente: los países que habían alcanzado
estabilidad monetaria, habían dejado funcionar y abierto sus
mercados y habían consolidado sus instituciones, eran países
desarrollados.
Por
ello se quería creer que el tránsito hacia un mayor
liberalismo económico describía una suerte de panacea que
implicaba pasar, instantáneamente, del infierno
alanista-senderista de fines de los ochenta, hacia la
configuración de una economía moderna, competitiva e
institucionalizada.
La
historia de la década pasada nos muestra cuán distante de la
realidad era la idea de la reforma fácil. Y es que, a pocos años
de iniciado el cambio de rumbo, y alcanzadas ciertas metas
parciales de reforma y estabilidad, el proceso de configuración
de una economía de mercado se congeló. Es por demás
ilustrativo enfocar cómo esto se dio justo cuando los
influjos de capitales externos hacia el país alcanzaban su
pico histórico. Recibidos los primeros beneficios, dejamos de
hacer lo que debíamos. Aún manteniendo un discurso
comprometido con el liberalismo económico, a lo largo de la
segunda mitad de los noventa se buscó –simplemente-
maximizar el gasto y minimizar los esfuerzos.
Así,
a partir de mediados de los noventa, el gobierno abandonó las
reformas (llegando
a revertir en materia comercial y financiera gran parte de los
avances alcanzados a principios de década), y no sólo
no privatizó más, sino que retrocedió. Es decir: estatizó
el crédito bancario al agro, se creó líneas aéreas y
socializó recurrentemente pérdidas bancarias, entre otras
medidas con rostro social.
Con
las crisis globales de fin de siglo, un menor influjo de
recursos al país facilitó que el ala más “progresista”
del gobierno denunciara el “liberalismo salvaje” y
apostara por mayores barreras comerciales, un marco de
protección legal a las firmas ineficientes o quebradas, una
mayor intervención estatal y aplicara la vieja receta de
tratar de reactivar sobre la base de indisciplina fiscal o
monetaria.
Pocos
meses después, ante el evidente fracaso de estas medidas, el
tercer gobierno del ingeniero Fujimori se animó a constituir
un gabinete conformado por personajes concientes en la
conveniencia de retomar la senda abandonada y que esta segunda
oportunidad podría cambiar las cosas. Con el tiempo, hasta se
podría –metafóricamente-
voltear el marcador...
¿Podremos
hacerlo?
Por
más que nos entusiasme la decisión de enfrentar los
problemas, la respuesta no es palmaria. No sólo han sido
varios años perdiendo el tiempo con inercia incluida. No sólo
se han configurado serios problemas sectoriales y se han
aletargado competitividades. No sólo se han inflado
burocracias y se ha generado una gran bola de patrimonio
negativo que deberá ser distribuido entre los agentes
privados involucrados. Lo peor es que durante estos últimos años
-de
gasto mayor a la producción- no hemos
recapitalizado sectores ni personas.
Por
ello, resulta crucial comprender la magnitud del reto. Las
metas planteadas, créalo, no son fáciles de alcanzar. Y éstas
sólo conformarían la antesala de las acciones de reforma
adicional que estarían aún pendientes.
Como
se puede apreciar, para cosechar hay que preparar la tierra,
sembrar y esperar un tiempo.
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