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Carlos M. Adrianzen Cabrera, Economía, USIL

En nuestro país existe una suerte de vieja inclinación por fantasear. Por creer que somos lo que no somos. Que estamos haciendo lo que no hacemos. O lo que muchas veces resulta peor, que hemos terminado lo que acaso sólo hemos iniciado.

Hace diez años, como también todos sabemos, iniciamos un proceso de reforma orientado a configurar sobre base de una de las economías más inestables y reprimidas del planeta una sociedad abierta y competitiva. Esta tarea implicaba cambios económicos, políticos y sociales mucho mayores a los que se esperaban. Su funcionamiento requería muchas cosas nuevas. Que se priorice la estabilidad. Que aprendamos a exigir un estado ligero y transparente. Que las empresas aprendan a competir y dejen de justificar su rentabilidad en tratos con el gobierno. En fin, que aprendamos cosas que nunca habíamos visto de cerca.

Sin embargo, para muchos, la tarea de construir competitividades era una tarea fácil. Y es que la evidencia del siglo XX resultaba concluyente: los países que habían alcanzado estabilidad monetaria, habían dejado funcionar y abierto sus mercados y habían consolidado sus instituciones, eran países desarrollados.

Por ello se quería creer que el tránsito hacia un mayor liberalismo económico describía una suerte de panacea que implicaba pasar, instantáneamente, del infierno alanista-senderista de fines de los ochenta, hacia la configuración de una economía moderna, competitiva e institucionalizada.

La historia de la década pasada nos muestra cuán distante de la realidad era la idea de la reforma fácil. Y es que, a pocos años de iniciado el cambio de rumbo, y alcanzadas ciertas metas parciales de reforma y estabilidad, el proceso de configuración de una economía de mercado se congeló. Es por demás ilustrativo enfocar cómo esto se dio justo cuando los influjos de capitales externos hacia el país alcanzaban su pico histórico. Recibidos los primeros beneficios, dejamos de hacer lo que debíamos. Aún manteniendo un discurso comprometido con el liberalismo económico, a lo largo de la segunda mitad de los noventa se buscó –simplemente- maximizar el gasto y minimizar los esfuerzos.

Así, a partir de mediados de los noventa, el gobierno abandonó las reformas (llegando a revertir en materia comercial y financiera gran parte de los avances alcanzados a principios de década), y no sólo no privatizó más, sino que retrocedió. Es decir: estatizó el crédito bancario al agro, se creó líneas aéreas y socializó recurrentemente pérdidas bancarias, entre otras medidas con rostro social.

Con las crisis globales de fin de siglo, un menor influjo de recursos al país facilitó que el ala más “progresista” del gobierno denunciara el “liberalismo salvaje” y apostara por mayores barreras comerciales, un marco de protección legal a las firmas ineficientes o quebradas, una mayor intervención estatal y aplicara la vieja receta de tratar de reactivar sobre la base de indisciplina fiscal o monetaria.

Pocos meses después, ante el evidente fracaso de estas medidas, el tercer gobierno del ingeniero Fujimori se animó a constituir un gabinete conformado por personajes concientes en la conveniencia de retomar la senda abandonada y que esta segunda oportunidad podría cambiar las cosas. Con el tiempo, hasta se podría –metafóricamente- voltear el marcador...

¿Podremos hacerlo?

Por más que nos entusiasme la decisión de enfrentar los problemas, la respuesta no es palmaria. No sólo han sido varios años perdiendo el tiempo con inercia incluida. No sólo se han configurado serios problemas sectoriales y se han aletargado competitividades. No sólo se han inflado burocracias y se ha generado una gran bola de patrimonio negativo que deberá ser distribuido entre los agentes privados involucrados. Lo peor es que durante estos últimos años -de gasto mayor a la producción- no hemos recapitalizado sectores ni personas.

Por ello, resulta crucial comprender la magnitud del reto. Las metas planteadas, créalo, no son fáciles de alcanzar. Y éstas sólo conformarían la antesala de las acciones de reforma adicional que estarían aún pendientes.

Como se puede apreciar, para cosechar hay que preparar la tierra, sembrar y esperar un tiempo.


 

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