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Carlos M. Adrianzen Cabrera, Economía & MBA, USIL

Nuestro país -y particularmente su historia económica- no rara vez ha estado envuelta en coyunturas de alta incertidumbre, pesimismo casi generalizado y algunos trazos de folklorismo. De hecho no somos una de las plazas menos atractivas de la región por mera casualidad.

Y es que independientemente del bando en el que usted se ubique –i.e.: solapadamente con el asesor, abiertamente contra el asesor o interesado por el bien común- la suerte de la nación implica, al menos, tres áreas problemáticas. En este breve artículo enfocaremos sólo la primera de ellas.

El Área Problemática Uno

Aquí, estimado cyberlector, nos referiremos a los avatares y problemas de una sociedad que trata de romper una inercia de más de cuarenta años negando la asignación de recursos vía el mercado.

Es decir enfocaremos la historia de una economía envuelta en las contradicciones de una reforma liberal a medias (i.e.: incompleta, revertida e impredecible) y de lo ilógica que puede resultar la no correspondencia entre lo que se dice (el discurso) y lo que se hace (la práctica).

En nuestro país, donde todos buscan –y unos pocos vivos ofrecen- salidas rápidas a los severos problemas de desempleo y pobreza que nos afligen desde hace más de tres décadas, es crucial no olvidar que, desde el punto de vista de la consolidación de una economía abierta y competitiva, casi todo estaría por hacerse.

Por un lado, falta no sólo terminar de implementar lo que a principios de los noventa se creía era suficiente para consolidar una reforma estructural (El denominado Consenso de Washington o las reformas de primera generación); más lo que a fines de los noventa –dolorosamente-aprendimos que faltaba (las reformas institucionales o de segunda generación).

Por otro lado, falta también el definirnos. Y es que, para muchos compatriotas, éste no sería el momento oportuno (en realidad éste nunca llegaría para éstos puntos de vista[1]).

Por ejemplo, ciertos grupos sostienen que no sería el momento adecuado de evolucionar hacia un arancel bajo y plano (flat). Para otros sectores, la idea de privatizar agresivamente -aún teniendo en cuenta que, en los años venideros, las disponibilidades de recursos del gobierno peruano deberán contraerse significativamente (por el bien de la nación) y que algo habremos aprendido de las experiencias de la década pasada (como para no buscar maximizar el precio de venta o para descuidar esquemas regulatorios post privatización)- es recibida con cierta timidez, sino abierta oposición. Para justificar algo tan evidentemente frágil se nos dice casi de todo. Primero, sostienen que ahora nadie nos pagaría mucho... ¡Cómo si el objetivo de la privatización debiera ser conseguir recursos para gastar¡

Y –últimamente- que ¡Ya no quedaría casi nada por privatizar! Por privatizar no sólo falta Mantaro, Petro Perú, Sedapal entre otros proyectos continuamente aludidos. Falta privatizar toda aquella infraestructura y oferta de servicios públicos que hoy día no tenemos, pero que requeriremos para competir con costos globalmente competitivos.

Por esto, y a pesar de que estas privatizaciones en proyecto escapan de nuestra pequeña visión de la privatización como la venta de “las joyitas de la familia”, lo cierto es que de éstas difícilmente nos vamos a escapar por cuanto, ni el sector público, ni el sector privado local las podrían –verosímilmente- desarrollar.

Otros grupos incluso bloquean acciones mínimas de reforma del Estado en medio de una cada día más severa crisis fiscal.

Siguiendo esta continua defensa rabiosa del status quo, no falta quien “analíticamente” cree que tampoco sería aconsejable reducir el tamaño del presupuesto del gobierno central y EsSalud, para tratar de cerrar la brecha fiscal. Como va a doler, no se puede. Y punto.

Bajo estas mismas posiciones, otros muchos sostienen que tampoco habría llegado el momento pertinente para –por ejemplo- desmontar ciertas sobretasas arancelarias que encarecen ciertos alimentos, o el tiempo de reducir el botín de un próximo gobierno al profundizar la autonomía del Banco Central, la Superintendencia de Banca, Seguros y AFPs u otras entidades reguladoras.

Igualmente, ideas, como la plena dolarización de la economía, un tanto novedosas y atractivas por la mayor estabilidad e integración financiera global que inducirían- para no pocos compatriotas deberían ser ponderadas con mucha calma...

Tal vez algún día. Tal vez mañana.

Como resultado de todo lo anterior, esta reforma a medias ha generado un gran problema.

Todas las firmas y agentes que no habrían podido sobrevivir a esta semi reforma de mercado, pero que han podido flotar (no quebrar legalmente), gracias a lo subsidios y regímenes de reestructuración y otros esquemas especiales introducidos por el mismo gobierno (a modos de premios a la no competitividad) han configurado una gran bola de nieve.

Gran bola de nieve que no sólo ha llegado a complicar los portafolios de algunas firmas, sino que validarían lo que la mayor parte de los analistas domésticos denominan como la ruptura de la cadena de pagos.

La verdadera madre de la recesión de lo últimos tiempos en el Perú.

[1] Más adelante veremos por qué no tan oscuras razones


 

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