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Nuestro
país -y particularmente su
historia económica- no rara vez ha estado envuelta
en coyunturas de alta incertidumbre, pesimismo casi
generalizado y algunos trazos de folklorismo. De hecho
no somos una de las plazas menos atractivas de la región por
mera casualidad.
Y
es que independientemente del bando en el que usted se ubique
–i.e.: solapadamente con el
asesor, abiertamente contra el asesor o interesado por el bien
común- la suerte de la nación implica, al menos,
tres áreas problemáticas. En este breve artículo
enfocaremos sólo la primera de ellas.
El
Área Problemática Uno
Aquí,
estimado cyberlector,
nos referiremos a los avatares y problemas de una sociedad que
trata de romper una inercia de más de cuarenta años negando
la asignación de recursos vía el mercado.
Es
decir enfocaremos la historia de una economía envuelta en las
contradicciones de una reforma liberal a medias (i.e.:
incompleta, revertida e impredecible) y de lo ilógica
que puede resultar la no correspondencia entre lo que se dice
(el discurso) y lo que
se hace (la práctica).
En
nuestro país, donde todos buscan –y
unos pocos vivos ofrecen- salidas rápidas a los
severos problemas de desempleo y pobreza que nos afligen desde
hace más de tres décadas, es crucial no olvidar que, desde
el punto de vista de la consolidación de una economía
abierta y competitiva, casi todo estaría por hacerse.
Por
un lado, falta no sólo terminar de implementar lo que a
principios de los noventa se creía era suficiente para
consolidar una reforma estructural (El
denominado Consenso de Washington o las reformas de primera
generación); más lo que a fines de los noventa
–dolorosamente-aprendimos
que faltaba (las reformas
institucionales o de segunda generación).
Por
otro lado, falta también el definirnos. Y es que, para muchos
compatriotas, éste no sería el momento oportuno (en
realidad éste nunca llegaría para éstos puntos de vista[1]).
Por
ejemplo, ciertos grupos sostienen que no sería el momento
adecuado de evolucionar hacia un arancel bajo y plano (flat).
Para otros sectores, la idea de privatizar agresivamente -aún
teniendo en cuenta que, en los años venideros, las
disponibilidades de recursos del gobierno peruano deberán
contraerse significativamente (por el bien de la nación) y que algo habremos aprendido de las
experiencias de la década pasada (como
para no buscar maximizar el precio de venta o para descuidar
esquemas regulatorios post privatización)- es
recibida con cierta timidez, sino abierta oposición. Para
justificar algo tan evidentemente frágil se nos dice casi de
todo. Primero, sostienen que ahora nadie nos pagaría mucho...
¡Cómo si el objetivo de la privatización debiera ser
conseguir recursos para gastar¡
Y
–últimamente- que ¡Ya
no quedaría casi nada por privatizar! Por privatizar no sólo
falta Mantaro, Petro Perú,
Sedapal entre otros proyectos continuamente
aludidos. Falta privatizar toda aquella infraestructura y
oferta de servicios públicos que hoy día no tenemos, pero
que requeriremos para competir con costos globalmente
competitivos.
Por
esto, y a pesar de que estas privatizaciones en proyecto
escapan de nuestra pequeña visión de la privatización como
la venta de “las joyitas de la familia”, lo cierto es que
de éstas difícilmente nos vamos a escapar por cuanto, ni el
sector público, ni el sector privado local las podrían –verosímilmente-
desarrollar.
Otros
grupos incluso bloquean acciones mínimas de reforma del
Estado en medio de una cada día más severa crisis fiscal.
Siguiendo
esta continua defensa rabiosa del status
quo, no falta quien “analíticamente” cree que
tampoco sería aconsejable reducir el tamaño del presupuesto
del gobierno central y EsSalud,
para tratar de cerrar la brecha fiscal. Como va a doler, no se
puede. Y punto.
Bajo
estas mismas posiciones, otros muchos sostienen que tampoco
habría llegado el momento pertinente para –por
ejemplo- desmontar ciertas sobretasas arancelarias
que encarecen ciertos alimentos, o el tiempo de reducir el botín
de un próximo gobierno al profundizar la autonomía del Banco
Central, la Superintendencia de Banca, Seguros y AFPs u otras
entidades reguladoras.
Igualmente,
ideas, como la plena dolarización de la economía, un tanto
novedosas y atractivas –por la
mayor estabilidad e integración financiera global que inducirían-
para no pocos compatriotas deberían ser ponderadas con mucha
calma...
Tal
vez algún día. Tal vez mañana.
Como
resultado de todo lo anterior, esta reforma a medias ha
generado un gran problema.
Todas
las firmas y agentes que no habrían podido sobrevivir a esta
semi reforma de mercado, pero que han podido flotar
(no quebrar legalmente), gracias a lo subsidios y
regímenes de reestructuración y otros esquemas especiales
introducidos por el mismo gobierno
(a modos de premios a la no competitividad) han
configurado una gran bola de nieve.
Gran
bola de nieve que no sólo ha llegado a complicar los
portafolios de algunas firmas, sino que validarían lo que la
mayor parte de los analistas domésticos denominan como la
ruptura de la cadena de pagos.
La
verdadera madre de la recesión de lo últimos tiempos en el
Perú.
Más adelante veremos por qué no tan oscuras razones
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