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En
el Perú, cuando el gobierno trata de corregir algo, no pocas
veces, muy estimado cyberlector, termina –gracias
a diagnósticos políticamente atractivos pero económicamente
débiles- generando problemas mayores. En esta
oportunidad, nos ocuparemos de un tema de moda. Los Monopolios.
Por
generaciones se ha creído que la aparición de un monopolio (i.e.:
un único vendedor) constituye una suerte de pecado
o desgracia de mercado. Un estado de cosas en el que el
vendedor necesariamente abusa –o
explota- a los compradores, porque vende menos,
reduce la calidad y cobra –siempre-
más...
Bajo
esta difundida creencia, la existencia –o
consolidación- de un único vendedor
implica la negación de la competencia. Para los
ideológicamente liberales es un fantasma. Para los ideológicamente
estatistas es un pecado lógico del capitalismo potenciado -en
los trópicos-por el síndrome del conquistador
español.
Un
buen libro de texto nos cuenta que los monopolios requieren -para
existir- de la existencia de barreras que impidan el
ingreso de nuevos vendedores (barreras
de entrada) y que no existan –sustitutos-
productos que satisfagan la misma necesidad que aspira
satisfacer el bien o servicio a ser monopolizado. Como
resultado de ello, y más allá del tipo de barrera[i],
algunas legislaciones sobre la materia optan por lo fácil.
Tienden a desarrollar esquemas de pánico miope a la aparición
-o existencia- de mercados con un sólo vendedor.
Y
como, desafortunadamente, este pánico es un muy pobre
consejero, detrás de esta perspectiva se desarrollan
usualmente problemas mucho peores de los que se trata de
corregir, con costos altos para la sociedad.
Cuando
se adopta esta perspectiva a la que apodaremos anti-monopólica
miope –un tanto superada en
estos días- todo vale con tal de alterar la solución
del mercado. Se introducen desde esquemas de subsidio
artificial a la existencia de nuevos ofertantes, hasta la
prohibición de fusiones que pudieran consolidar a un
monopolio (u oligopolio).
Estas medidas, no raras veces, sólo terminan mal asignando
recursos de los contribuyentes (por
el costo del subsidio a los ofertantes adicionales
artificialmente introducidos por alguna iluminada visión
burocrática) sino que tienden a bloquear prácticas
de negocios sanas, que por razones empresarialmente lícitas
–y el desarrollo de economías
de escala o alcance- requieren de fusiones y
adquisiciones y vía estos caminos consolidan un único
vendedor.
El
fondo de la historia, sin embargo, implica entender que un
monopolio sólo puede “explotar” (i.e.:
elevar el precio de lo que vende) cuando no existen
sustitutos cercanos o cuando la competencia no los puede
desarrollar. Asimismo, que existen muchos mercados en los
cuales un único vendedor no puede elevar sus precios por la
imposibilidad de que existan barreras de entrada. En buen español:
un monopolio nos sube el precio sí puede. Cuando aparecen
otros ofertantes o existen substitutos todo monopolio es muy
relativo. Por ello, un buen consejo conyugal implica tratar
muy bien a los cónyuges. Existen muchos sustitutos y
ofertantes por ahí...
En
fin, muy estimado cyberlector,
la existencia de un único vendedor no es sinónimo de
explotación monopólica. Esto es mucho más cierto en un
mundo globalizado, donde la innovación tecnológica implica
la continua aparición de servicios sustitutos y de nuevos
ofertantes.
Nuestro
marco legal apuesta -en cambio-
por una agencia de competencia que se concentra en
desincentivar y castigar las prácticas monopólicas ex
post. Opción mucho más juiciosa y consistente que la
intervención burocrática (volver
al pasado). Evitando optar por lo fácil. Es decir,
por la restricción arbitraria de las posibilidades de
reestructuración empresarial prohibiendo las fusiones o la
existencia de un único vendedor.
Por
ello, muchas veces peor que los fantasmas (monopólicos)
pueden terminar siendo los cazafantasmas...
[i]
Nos
referimos aquí a los casos en los que el gobierno (usualmente
aludiendo alguna razón estratégica) introduce una
barrera “legal” –licencia o
autorización- al ingreso de nuevos ofertantes, o
en los que existe alguna barrera “natural” (por
ejemplo: que sólo pueda existir un único vendedor porque
existe un único yacimiento).
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