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Carlos M. Adrianzen Cabrera, Economía & MBA, USIL

Para cualquier debidamente desconectado cybernautade esos que habita indistintamente en el país del indómito inca o en cualquier otro- la imagen actual del Perú combina matices de inacabables crisis. Algunas políticas (con cuentas millonarias viajes al Japón incluidos), otras económicas y algunas otras –las más penosas posiblemente- futbolísticas. Sí, una vez más, tratamos de enfocar cómo van las cosas (por el lado económico) en estos días pre-navideños muy marcadas por una transición política incierta, nos referiremos a la imagen de un economía “seca”.

Aquí se combina el revuelo causado la semana pasada por la intervención a otro pequeño banco comercial, con deterioros en pleno desarrollo en los ámbitos fiscal (con un déficit económico cercano al 4% del PBI) y del comportamiento de la demanda interna (dentro del cual la inversión privada se continúa contrayendo y acercando a sus niveles de reposición). Esto, nótese, complicado  su vez con el aún incierto desenlace de un proceso de reestructuración bancario y no bancario, cuyos ajustes se habían venido postergando desde mediados de la década pasada...

En esta última tarea es posiblemente la más espinosa. Y es que lo que está en juego en los dos primeros problemas aludidos, “sólo” serían la estabilidad y las perspectivas de corto plazo de la nación.

En cambio, lo que está en juego en el desenlace del proceso de estas reestructuraciones pendientes, no es sólo el qué propietarios van a poder preservar sus patrimonios o el qué empresas van a subsistir. Un manejo demagógico, socializador de pérdidas privadas, puede arrastrar a la economía a una crisis financiera con efectos contractivos muy pronunciados y de largo ajuste. No por un desliz muchos libros de economía nos recuerdan este viejo adagio: “Cualquier economía resiste una crisis macroeconómica, ninguna resiste fácilmente una crisis financiera”.

Esto es lo que ésta en juego. Aquí es muy fácil equivocarse y precipitar, con las mejores intenciones, una crisis deflacionaria delicada. Por ello, las cosas deben ponderarse con realismo y responsabilidad. No existe nada parecido a un soft landing.

A pesar de la escala de problemas que están en juego, sorprende a pocos descubrir cómo diversos intereses y personajes dinosáuricos no cesan de enviar señales desestabilizadoras en relación a esta fase de la transición.

Hoy en día, vía la TV por cable estamos expuestos a recibir la opinión interesada de irresponsables con cargo congresional, que valiéndose de la impunidad que les da ser congresistas, embarran públicamente instituciones que canalizan el ahorro nacional. El objeto de estos señores es por demás evidente. Proviniendo de administraciones que además de su alta corrupción, brillaron por su alta ineptitud, hacen todo lo posible por asegurarse que los problemas actuales se deterioren aún más. Y así, y de alguna manera, hacer que las crisis sean comparables.  No, estimados compañeros, en eso ustedes son insuperables...

También existen lo que podríamos denominar falacias muy populares.  Se nos cuenta que ha sido el malvado gobierno el que ha quebrado a los bancos.  Eran bancos muy buenos, muy sólidos, muy bien gerenciados.  Pero por alguna razón obtusa que nadie llega a explicarse (¿sólo podían subsistir si el Estado depositaba sus recursos inyectándoles liquidez?).

Más de un analista denominó a esto un salvataje encubierto.

Lo que no llegaron a anticipar en esos días es que esta “salida fácil” tenía un plazo muy corto.  La escala del gasto público y la contracción de la recaudación tributaria cada día requería con mayor voracidad que el gobierno queme sus depósitos.  Recientemente, algún otro analista ha denominado a esto “la bomba de tiempo”.  Sugiriendo que el gobierno es culpable de las crisis bancarias cuando –para financiar su déficit fiscal- se ve obligado a gastar sus depósitos en bancos débiles.

Ambas explicaciones, estimado cyberlector, son tan débiles como un cristal.  Un banco sólido, aunque tome depósitos del gobierno, soporta razonablemente el retiro de un depósito de cualquier escala.  El planeamiento financiero de su tesorería debe contemplar esta eventualidad.  Sólo un banco que administra poco precavidamente los recursos que capta o que no recupera los fondos que coloca, se vuelve adicto a los depósitos de algún mega ahorrista.

De hecho, es inaceptable que fondos de los contribuyentes se asignen para salvar algún banco amigo. 

Por eso, la disyuntiva está hoy planteada en términos de dos caminos. O paga la cuenta el pueblo o pagan la cuenta los agentes que cometieron errores, endeudándose o sobre exponiéndose.


 

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