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Para
cualquier debidamente desconectado cybernauta –de
esos que habita indistintamente en el país del indómito inca
o en cualquier otro- la imagen actual del Perú combina
matices de inacabables crisis. Algunas políticas (con
cuentas millonarias viajes al Japón incluidos), otras
económicas y algunas otras –las más penosas
posiblemente- futbolísticas. Sí, una vez más, tratamos
de enfocar cómo van las cosas (por el lado económico)
en estos días pre-navideños muy marcadas por una transición
política incierta, nos referiremos a la imagen de un economía
“seca”.
Aquí
se combina el revuelo causado la semana pasada por la
intervención a otro pequeño banco comercial, con deterioros
en pleno desarrollo en los ámbitos fiscal (con un déficit
económico cercano al 4% del PBI) y del comportamiento de
la demanda interna (dentro del cual la inversión privada
se continúa contrayendo y acercando a sus niveles de reposición).
Esto, nótese, complicado
su vez con el aún incierto desenlace de un proceso de
reestructuración bancario y no bancario, cuyos ajustes se habían
venido postergando desde mediados de la década pasada...
En
esta última tarea es posiblemente la más espinosa. Y es que
lo que está en juego en los dos primeros problemas aludidos,
“sólo” serían la estabilidad y las perspectivas de corto
plazo de la nación.
En
cambio, lo que está en juego en el desenlace del proceso de
estas reestructuraciones pendientes, no es sólo el qué
propietarios van a poder preservar sus patrimonios o el qué
empresas van a subsistir. Un manejo demagógico, socializador
de pérdidas privadas, puede arrastrar a la economía a una
crisis financiera con efectos contractivos muy pronunciados y
de largo ajuste. No por un desliz muchos libros de economía
nos recuerdan este viejo adagio: “Cualquier economía
resiste una crisis macroeconómica, ninguna resiste fácilmente
una crisis financiera”.
Esto
es lo que ésta en juego. Aquí es muy fácil equivocarse y
precipitar, con las mejores intenciones, una crisis
deflacionaria delicada. Por ello, las cosas deben ponderarse
con realismo y responsabilidad. No existe nada parecido a un soft
landing.
A
pesar de la escala de problemas que están en juego, sorprende
a pocos descubrir cómo diversos intereses y personajes dinosáuricos
no cesan de enviar señales desestabilizadoras en relación a
esta fase de la transición.
Hoy
en día, vía la TV por cable estamos expuestos a recibir la
opinión interesada de irresponsables con cargo congresional,
que valiéndose de la impunidad que les da ser congresistas,
embarran públicamente instituciones que canalizan el ahorro
nacional. El objeto de estos señores es por demás evidente.
Proviniendo de administraciones que además de su alta
corrupción, brillaron por su alta ineptitud, hacen todo lo
posible por asegurarse que los problemas actuales se
deterioren aún más. Y así, y de alguna manera, hacer que
las crisis sean comparables.
No, estimados compañeros, en eso ustedes son
insuperables...
También
existen lo que podríamos denominar falacias muy populares.
Se nos cuenta que ha sido el malvado gobierno el que ha
quebrado a los bancos.
Eran bancos muy buenos, muy sólidos, muy bien
gerenciados.
Pero por alguna razón obtusa que nadie llega a
explicarse (¿sólo podían subsistir si el Estado depositaba
sus recursos inyectándoles liquidez?).
Más
de un analista denominó a esto un salvataje encubierto.
Lo
que no llegaron a anticipar en esos días es que esta
“salida fácil” tenía un plazo muy corto.
La escala del gasto público y la contracción de la
recaudación tributaria cada día requería con mayor
voracidad que el gobierno queme sus depósitos.
Recientemente, algún otro analista ha denominado a
esto “la bomba de tiempo”.
Sugiriendo que el gobierno es culpable de las crisis
bancarias cuando –para financiar su déficit fiscal-
se ve obligado a gastar sus depósitos en bancos débiles.
Ambas
explicaciones, estimado cyberlector, son tan débiles
como un cristal.
Un banco sólido, aunque tome depósitos del gobierno,
soporta razonablemente el retiro de un depósito de cualquier
escala.
El planeamiento financiero de su tesorería debe
contemplar esta eventualidad.
Sólo un banco que administra poco precavidamente los
recursos que capta o que no recupera los fondos que coloca, se
vuelve adicto a los depósitos de algún mega ahorrista.
De
hecho, es inaceptable que fondos de los contribuyentes se
asignen para salvar algún banco amigo.
Por
eso, la disyuntiva está hoy planteada en términos de dos
caminos. O paga la cuenta el pueblo o pagan la cuenta los
agentes que cometieron errores, endeudándose o sobre exponiéndose.
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