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Carlos M. Adrianzen Cabrera, Economía & MBA, USIL

Una rara enfermedad sacude el globo.  En un mundo crecientemente competitivo pareciera estarse dando un contrasentido.  Las corporaciones, instituciones y firmas de mediano y hasta de pequeño tamaño se integran entre sí configurando nuevas.  Fusionándose.  El contrasentido mayor se daría en la medida de que destaquemos que la razón mayoritariamente citada para justificar este alejamiento del ideal competitivo con infinitos ofertantes y calidades homogéneas, es la búsqueda –si no necesidad- de mayores sinergias.

¡Otra vez! Dirá más de uno de ustedes, estimados cyberlectores, este profesor de Economía volvió con el lenguaje complicado...

Temo decepcionarlos otra vez.  La historia del por qué de la moda de fusionarse es, por lejos, más sencilla e implica reconocer algo palmario.  La gran revolución tecnológica de los últimos años no sólo desplaza mano de obra no calificada, sino que configura empresas y mercados mucho más integrados, reducciones de costos por automatización y entornos de competencia globalizados. 

En buen español, que todos competimos contra todos, todo el tiempo.  Y en lenguaje bien criollo, que el que se queda dormido, se lo lleva la corriente...

En este ambiente, las empresas revisan continuamente quién produce o entrega servicios más baratos, o de mejor calidad, y lo copian.  Así, los famosos benchmarks sólo son parte de la cotidianidad de cualquier empresa que al menos ha sobrevivido hasta hoy día.  Las fusiones, por ello, se dan como prácticas empresariales, cuando -y si les conviene- a las firmas involucradas. 

Tal es el ritmo de fusión en el planeta en los últimos años, que parece que estas han sido capaces de agregar competitividad a más de una firma que se mezcló o fusionó con otra o que simple y sencillamente fue absorbida por una tercera.

En el país del indómito inca, las fusiones han sido muy raras. Claro está un poco menos raras que la existencia de mercados competitivos.  Por ello, el boom de fusiones observado en los últimos años, dentro y fuera del sistema bancario peruano, sí que se presta a interpretaciones raras. A pesar de esto, sobre ellas, se nos dicen muchas cosas y casi todas altisonantes....

Por un lado, se sostiene que estas son algo así como salidas mágicas. Que –per se- salvan empresas o las hacen mucho más competitivas; que solidifican a los bancos; que desarrollan sinergias empresariales; y hasta que permiten el desarrollo de economías de escala.

(De hecho, cualquier estudiante intermedio de Economía, conoce que las denominadas economías de escala se observan, no se desarrollan necesariamente a discreción de la empresa)

Por otro lado, sin embargo, algunos otro envuelven a las fusiones con un manto gris y depredador. Las fusiones –según estos últimos- configuran monopolios que necesariamente explotan a los consumidores y, muchas otras veces, sólo justifican despidos masivos. Ignorando, olímpicamente, que en un mundo en el que la innovación tecnológica, exista o no una fusión, es poco amistosa con la mano de obra no calificada. Las Fusiones, las adquisiciones y hasta las privatizaciones, son vistas ideológicamente como algo intrínsecamente malo que esconde despidos ignorando -simple y sencillamente- que no son opcionales y que la mayor parte de las veces estos procesos sólo implican impopulares efectos de una innovación tecnológica que al final reduce la pobreza y mejora la calidad de vida.

Más de uno de ustedes, estimados lectores, puede -con toda justicia- preguntarse por qué razones la simple fusión de dos empresas podría ser la madre de tantas venturas o desventuras. Por ello, es fundamental entender que lo que estamos mezclando en un fusión muchas veces implica diferentes planos: incentivos económicos, estados financieros, culturas organizacionales, esquemas logísticos y de especialización de cada firma.

Y que adicionalmente esta mezcla implica usualmente un ejercicio de pronóstico reservado. Por que cuando esta e da no sólo cambia la firma, cambia también el entorno.

Como usted puede apreciar, una fusión es un asunto complejo y dinámico.  Y que es iluso esperanzarse para bien -o para mal- con ellas. La globalización nos ha llenado de fusiones a lo largo de los diferentes sectores productores de bienes y servicios. Esto buscando mayor eficiencia, mejores posicionamientos o mayor competitividad, entre otros factores.

Así, dos o más firmas se fusionan –a su propio riesgo- buscando transferencias de expertise, cultura organizacional, accesos a proveedores, segmentos de mercado o franquicias. En fin, en función a objetivos, criterios y prácticas estrictamente empresariales.

Expectativas Recientes

En estos días se habla mucho de la fusión de dos bancos comerciales peruanos, de características distintas e historias disímiles, uno recientemente privatizado y otro últimamente estatizado. Ambos tienen sus propios portafolios de préstamos, depósitos, líneas de crédito e inversiones, intangibles, apalancamientos y especializaciones. 

¿Cuál será el efecto de la aludida fusión?

Depende de ellos (de los dos bancos involucrados).

No olvidemos que en esto e las fusiones empresariales, no hay salidas mágicas, sólo es determinante el esfuerzo y la capacidad para configurar un nuevo intermediario aún más competitivo.

Tampoco olvidemos que una fusión no es una operación de salvataje (de hecho ninguna de las dos instituciones parecería necesitarla) que solidifica instituciones. Todo depende de su gerencia y de su visualización empresarial.


 

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