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Una
rara enfermedad sacude el globo.
En un mundo crecientemente competitivo pareciera
estarse dando un contrasentido.
Las corporaciones, instituciones y firmas de mediano y
hasta de pequeño tamaño se integran entre sí configurando
nuevas. Fusionándose.
El contrasentido mayor se daría en la medida de que
destaquemos que la razón mayoritariamente citada para
justificar este alejamiento del ideal competitivo con
infinitos ofertantes y calidades homogéneas, es la búsqueda
–si no necesidad- de mayores sinergias.
¡Otra
vez! Dirá más de uno de ustedes, estimados cyberlectores,
este profesor de Economía volvió con el lenguaje complicado...
Temo
decepcionarlos otra vez.
La historia del por qué de la moda de fusionarse es,
por lejos, más sencilla e implica reconocer algo palmario.
La gran revolución tecnológica de los últimos años
no sólo desplaza mano de obra no calificada, sino que
configura empresas y mercados mucho más integrados,
reducciones de costos por automatización y entornos de
competencia globalizados.
En
buen español, que todos competimos contra todos, todo el
tiempo. Y en
lenguaje bien criollo, que el que se queda dormido, se lo
lleva la corriente...
En
este ambiente, las empresas revisan continuamente quién
produce o entrega servicios más baratos, o de mejor calidad,
y lo copian. Así,
los famosos benchmarks sólo son parte de la cotidianidad de
cualquier empresa que al menos ha sobrevivido hasta hoy día.
Las fusiones, por ello, se dan como prácticas
empresariales, cuando -y si les conviene- a las firmas
involucradas.
Tal
es el ritmo de fusión en el planeta en los últimos años,
que parece que estas han sido capaces de agregar
competitividad a más de una firma que se mezcló o fusionó
con otra o que simple y sencillamente fue absorbida por una
tercera.
En
el país del indómito inca, las fusiones han sido muy raras.
Claro está un poco menos raras que la existencia de mercados
competitivos. Por
ello, el boom de fusiones observado en los últimos años,
dentro y fuera del sistema bancario peruano, sí que se presta
a interpretaciones raras. A pesar de esto, sobre ellas, se nos
dicen muchas cosas y casi todas altisonantes....
Por
un lado, se sostiene que estas son algo así como salidas mágicas.
Que –per se- salvan empresas o las hacen mucho más
competitivas; que solidifican a los bancos; que desarrollan
sinergias empresariales; y hasta que permiten el desarrollo de
economías de escala.
(De
hecho, cualquier estudiante intermedio de Economía, conoce
que las denominadas economías de escala se observan, no se
desarrollan necesariamente a discreción de la empresa)
Por
otro lado, sin embargo, algunos otro envuelven a las fusiones
con un manto gris y depredador. Las fusiones –según estos
últimos- configuran monopolios que necesariamente explotan a
los consumidores y, muchas otras veces, sólo justifican
despidos masivos. Ignorando, olímpicamente, que en un mundo
en el que la innovación tecnológica, exista o no una fusión,
es poco amistosa con la mano de obra no calificada. Las
Fusiones, las adquisiciones y hasta las privatizaciones, son
vistas ideológicamente como algo intrínsecamente malo que
esconde despidos ignorando -simple y sencillamente- que no son
opcionales y que la mayor parte de las veces estos procesos sólo
implican impopulares efectos de una innovación tecnológica
que al final reduce la pobreza y mejora la calidad de vida.
Más
de uno de ustedes, estimados lectores, puede -con toda
justicia- preguntarse por qué razones la simple fusión de
dos empresas podría ser la madre de tantas venturas o
desventuras. Por ello, es fundamental entender que lo que
estamos mezclando en un fusión muchas veces implica
diferentes planos: incentivos económicos, estados financieros,
culturas organizacionales, esquemas logísticos y de
especialización de cada firma.
Y
que adicionalmente esta mezcla implica usualmente un ejercicio
de pronóstico reservado. Por que cuando esta e da no sólo
cambia la firma, cambia también el entorno.
Como
usted puede apreciar, una fusión es un asunto complejo y dinámico.
Y que es iluso esperanzarse para bien -o para mal- con
ellas. La globalización nos ha llenado de fusiones a lo largo
de los diferentes sectores productores de bienes y servicios.
Esto buscando mayor eficiencia, mejores posicionamientos o
mayor competitividad, entre otros factores.
Así,
dos o más firmas se fusionan –a su propio riesgo- buscando
transferencias de expertise, cultura organizacional, accesos a
proveedores, segmentos de mercado o franquicias. En fin, en
función a objetivos, criterios y prácticas estrictamente
empresariales.
Expectativas
Recientes
En
estos días se habla mucho de la fusión de dos bancos
comerciales peruanos, de características distintas e
historias disímiles, uno recientemente privatizado y otro últimamente
estatizado. Ambos tienen sus propios portafolios de préstamos,
depósitos, líneas de crédito e inversiones, intangibles,
apalancamientos y especializaciones.
¿Cuál
será el efecto de la aludida fusión?
Depende
de ellos (de los dos bancos involucrados).
No
olvidemos que en esto e las fusiones empresariales, no hay
salidas mágicas, sólo es determinante el esfuerzo y la
capacidad para configurar un nuevo intermediario aún más
competitivo.
Tampoco
olvidemos que una fusión no es una operación de salvataje
(de hecho ninguna de las dos instituciones parecería
necesitarla) que solidifica instituciones. Todo depende de su
gerencia y de su visualización empresarial.
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