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Carlos M. Adrianzen Cabrera, Economía & MBA, USIL

Aunque usted no lo crea, muy estimado cyberlector, en el hemisferio occidental, existe una nación pequeña y empobrecida– y muy lejana al Perú, claro está- cuyos habitantes, hace no muchos años atrás, hartos de continuas devaluaciones y recesiones, decidieron saltar al vacío. Así, eligieron, esperanzada y masivamente, a un individuo que nunca había trabajado, que presentaba un definido perfil psiquiátrico de drogadicción -no evidenciado jamás por la TV local- y que a lo largo de su campaña electoral sólo les ofreció una alta dosis de optimismo sin mayor fundamento.

Así, el personaje indicado, les vendió la idea de un Futuro Diferente. Un futuro con prosperidad para todos: campesinos, trabajadores urbanos, exportadores e importadores, burócratas, rentistas locales, banqueros, en fin a todos (los electores). Nótese, todo esto mágicamente: sin esfuerzos y sin ajustes.

Desdichadamente para todos (los que lo votaron, los que no lo votaron y los que hicieron negocios legales con esta nación), este futuro de prosperidad económica sólo habría sido alcanzado por el personaje, por sus familiares y por sus allegados menos escrupulosos.

Su gobierno, al final de su mandato, arrastró a esta nación a una situación de extremo colapso económico -una hiperrecesión con hiperinflación- y político –habiendo cedido el control de un porcentaje significativo de su territorio a la guerrilla maoísta y al narcotráfico-. Sus últimos días estuvieron sellados por acusaciones,  repletas de testigos y cuentas secretas, que cotejaban un cuadro de generalizada corrupción.

Años más tarde, esta misma nación -que no es el Perú, insisto- mostró su alto y recurrente déficit de cautela (o superávit de incautos, sí así lo deseasen ver) al elegir a otro individuo del que virtualmente no se conocía otra cosa que su apariencia física. De hecho, no era nada parecido a un lugareño o un mestizo. No disponía de programa, ni de equipo, ni de partido político, ni de asesores conocidos.

Al margen de su dejo asiático, les hablaba –también- con un exuberante optimismo. Frente al desproporcionado colapso económico y político que heredó, ofreció lo que le gusta a la gente (en Incautos Land): las salidas mágicas. Su promesa, la primera vez, sostenía palmariamente que no había que ajustar la economía, ni que privatizar, ni que reducir la emisión de dinero o el gasto fiscal. Dicen que, a esta propuesta electoral, los lugareños incautoslandianos le denominaron la oferta del No-shock. Y así, otra vez, se optó por saltar al vacío...

De este modo, en su primera elección, este señor que toda su vida se había desempeñado como profesor de matemáticas, ofreció sencilla y exitosamente lo que el país adolecía: Honradez, Tecnología & Trabajo. Como no pudo cumplir con sus promesas –el shock era ineludible y las privatizaciones muy necesarias sí quería tener más de un dólar para gastar- pero sí mejoró la situación del país, los incautolandianos olvidaron fácilmente la ruptura de las promesas iniciales e incluso lo reeligieron una vez más. Esto, incluso, sin mayores requerimientos de demagogia u optimismo desmesurado.

Como en su segundo gobierno ya había venido cediendo a las presiones de los gremios, relajado disciplinas fiscales y monetarias y había dejado de reformar o privatizar (i.e.: de hecho la revista Newsweek ya lo catalogaba como neopopulista), la situación económica se deterioró drásticamente. Es justo destacar que no lo ayudó mucho el que su desvalorización como plaza emergente se diese simultáneamente a las crisis globales de fines de la década pasada. Pero así es la vida...

Así, el personaje aludido se vio obligado –otra vez- a vender la vieja pócima de un optimismo carente de fundamentos. Esta vez nos cuentan que vendió -o intentó vender- el atractivo eslogan de Un País con Futuro...

Lo último que hemos sabido de este ex presidente es que, pocos meses después de su tercera elección (a continuación de un proceso electoral irregular), renunció desde el exterior, y que no pudo ser extraditado al estar protegido por su verdadera nacionalidad. Así, él también concluyó su gestión dejando al país inmerso en una angulosa recesión y ensuciado por acusaciones filmadas de mega corrupción.

Algunas Inquietudes Incautolandianas

Más allá del acento optimista –o populista- que caracterizó el “exitoso” perfil electoral de estos dos personajes y más allá de las secuelas de decepción, corrupción y crisis que precedieron a sus presidencias, destaca el fondo. Lo incauto de un electorado –y hasta de un sistema electoral- enfermo por ser optimista.

Enfermo a tal extremo de ser capaz de elegir sin ponderar. Sin cuestionarse qué ofrecen los candidatos más allá de la palabrería y el optimismo verbal.

Frente a los problemas y las presiones que estos imponían (con necesidades de ajuste incluidas), en Incautos Land se saltaba al vacío.

Muy pocos, sí acaso alguno, se preguntaban: ¿Cuáles son los perfiles personales previos de estos candidatos?¿Quiénes conforman sus equipos de gobierno? ¿Quiénes los respaldan? Sí ofrecían crecimiento ¿Cómo concretamente van a captar la inversión requerida? Sí ofrecían empleo ¿Cómo lo van a crear sostenidamente? Sí ofrecían educación o salud masiva, ¿De dónde sacarán los recursos? ¿Cuadran –acaso- sus propuestas?

Dicen que ésta nación –de la que insisto por última vez que (tal vez) no sería el Perú- estaría por elegir un nuevo presidente.

Preocupante... ¿No?


 

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