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Carlos M. Adrianzen Cabrera, Economía & MBA, USIL

Esta vez, muy estimados cyberlectores, vamos a enfocar el problema del desempleo en el país del indómito inca. La falta de empleo, como ustedes saben bien, es una incómoda (sino horrorosa) situación, dentro de la cual -a pesar de que uno desee trabajar- no hay vacantes. En cualquier buen texto introductorio de Economía, un cuadro de desempleo pronunciado implica usualmente índices elevados de frustración social. Millones de habitantes deseosos de trabajar no encuentran vacantes.

En el caso de nuestro país, con una población económicamente activa  -PEA- cercana a los once millones de habitantes, de la cual sólo la mitad accede a lo que aquí se denomina un empleo adecuado, la frustración es pronunciada[i]. Como tal nivel de desempleo es difícil de presentar (por decirlo de alguna manera), los peruanos –a lo largo de los últimos treinta años-hemos optado por dos mecanismos de escapatoria. 

El primero (sólo parcialmente corregido a partir de 1994), implicó simple y sencillamente dejar de medir el desempleo. Ya desde los años setenta, uno de los primeros rubros a ser incluidos en cualquier nuevo programa de austeridad o recorte de gasto fiscal eran justamente las partidas para hacer el muestreo de las cifras laborales. Así, hemos pasado varias décadas con alto desempleo, casi sin hablar del tema. Como nadie disponía de estadísticas confiables sobre la materia, nadie se inquietaba. La evasión de la realidad parecía funcionar de manera relativamente exitosa.

 

El segundo mecanismo de escape implicó el introducir una categoría laboral intermedia:  los subempleados. En ella agregamos a todos aquellos que, calificados para ser gerentes, asistentes o jefes de planta, ante la ausencia de demanda de mercado por sus servicios, se ven obligados a vender chicles en la puerta de un cine o hacer de taxistas informales. Esta última condición, usualmente mal remunerada, refleja el contenido intuitivo del término subempleo: un empleo de segunda.

Sí consideramos una definición relajada de Empleo Adecuado -como la que utiliza el INEI- descubriríamos que, a lo largo del 1999, el 51.6% de los peruanos estaría subempleado. Sí, en cambio, utilizamos una definición más coherente[ii], nos encontraremos con que el 86.4% de los peruanos caería en la categoría de subempleados.

De esta forma, en apariencia, la introducción de los subempleados nos deja con una tasa de desempleo “decente” de sólo 5.7%. Casi como si fuéramos gringos. Esta maravilla estadística casi-casi podría hacernos olvidar que sólo el 7.9% de la PEA accede a un empleo estable. Dentro -eso sí- de perfiles laborales de baja productividad promedio. Es decir, con salarios muy estrechos.

Aquí, el fondo de la historia no sólo pasa por cuestionarnos por qué habría tanto subempleado y desempleado. También pasa por preguntarnos por qué las productividades sectoriales serían exiguas (i.e.: con ingresos reales promedio reducidos).

Pero antes de tocar el fondo, me gustaría invitarlos que ponderemos qué significa vivir en un país repleto de desempleados y subempleados. Y es que inmersos en una sociedad con millones de compatriotas frustrados, hostilizados por la pobreza (en medio de una sociedad de consumo), cualquier candidato que ofrezca sacarlos de su dramática situación instantáneamente, puede ser nuestro próximo gobernante.

Sólo considerando esta arista de complicación (la verosimilitud de futuros gobiernos demagógicos), cualquier calificación de riesgo país se ve significativamente elevada.

Adicionalmente, el reconocer que el vivir en un país en el que menos del 8% de la población dispone de ingresos regulares, implica reconocer que hacemos negocios en una nación de mercados pingues. De oportunidades minúsculas, de escalas comprimidas y también de alta violencia. Con niveles de delincuencia callejera -secuestros, robos, asesinatos, asaltos, et al- no precisamente despreciables. Con todo esto, ¿por qué los sucesivos gobiernos de los últimos treinta años no han sido capaces de implementar algo capaz de revertir este horroroso cuadro laboral?

La respuesta a esta pregunta nos lleva al fondo del problema. Un mercado laboral en el que, grosso modo, quienes venden son muchos más que los que compran.

En los días en los que ustedes usaban pañales (descartables o no), muy estimados cyberlectores, el problema se hubiera resuelto flexibilizando el mercado de trabajo y permitiendo que la inversión productiva nacional se concentrara en sectores intensivos en mano de obra. Hong Kong, Singapure, Taiwán, entre otras plazas del planeta, aplicaron esta receta. Y lo hicieron con enorme éxito en términos de la calidad y cantidad de empleos locales.

En nuestro país, en cambio, varias generaciones de “brillantes” mandatarios –demócratas de papel, dictadores socialistas e híbridos de variopinta faz- optaron por proteger a los trabajadores y subsidiar a algunas empresas, relegándonos al terrible cuadro laboral que hoy día sufrimos.

Desafortunadamente, la receta válida hace veinte o treinta años ya no funciona más. El cambio tecnológico ha tendido a reemplazar a la mano de obra no calificada. Esto, en un ambiente en el cual no se ha invertido significativamente en educar a la gente, implica desempleo y subempleo in crescendo. Año a año. Nótese bien que por educación no nos referimos aquí a la mera acumulación de diplomas o certificados, sino a la acumulación de capital humano –i.e.: diplomas con educación competitiva-. Con know how y con atributos.

Por ello, hoy el desempleo y el subempleo son parte esencial de nuestra foto. De nuestros sueños, de nuestra pobreza, de nuestras encuestas y hasta de nuestros procesos electorales. Frente a su escala y por más que nos vendan salidas keynesianas mágicas (reactivaciones productivas efímeras alimentadas por más gasto), lo cierto es que el empleo nacional no va a subir.  Y no va a subir porque no hay peruanos empleables.

El camino de salida, por lo tanto, es largo y esforzado. Requiere muchos años de reentrenamiento a millones de compatriotas y de masiva inversión en capital humano. Niveles de inversión o gasto que, sólo para el caso de la educación pública, no podría financiar el gobierno peruano, ni en su más salvaje sueño...

[1]  Sí, alternativamente, construyésemos cifras de empleo basados en  criterios internacionales sobre lo que sería en realidad un empleo adecuado, descubriríamos que el 7.2% de la PEA accedería a un verdadero empleo.

[1] Con jornadas menores a las treinta y cinco horas semanales o ganan menos de 170 dólares al mes.

 

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