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Esta
vez, muy estimados cyberlectores, vamos a enfocar el
problema del desempleo en el país del indómito inca. La
falta de empleo, como ustedes saben bien, es una incómoda (sino
horrorosa) situación, dentro de la cual -a pesar de
que uno desee trabajar- no hay vacantes. En cualquier buen
texto introductorio de Economía, un cuadro de desempleo
pronunciado implica usualmente índices elevados de frustración
social. Millones de habitantes deseosos de trabajar no
encuentran vacantes.
En
el caso de nuestro país, con una población económicamente
activa
-PEA- cercana a los once millones de habitantes, de la
cual sólo la mitad accede a lo que aquí se denomina un
empleo adecuado, la frustración es pronunciada[i].
Como tal nivel de desempleo es difícil de presentar (por
decirlo de alguna manera), los peruanos –a lo largo
de los últimos treinta años-hemos optado por dos
mecanismos de escapatoria.
El
primero (sólo parcialmente corregido a partir de 1994),
implicó simple y sencillamente dejar de medir el desempleo.
Ya desde los años setenta, uno de los primeros rubros a ser
incluidos en cualquier nuevo programa de austeridad o recorte
de gasto fiscal eran justamente las partidas para hacer el
muestreo de las cifras laborales. Así, hemos pasado varias décadas
con alto desempleo, casi sin hablar del tema. Como nadie
disponía de estadísticas confiables sobre la materia, nadie
se inquietaba. La evasión de la realidad parecía funcionar
de manera relativamente exitosa.
El
segundo mecanismo de escape implicó el introducir una categoría
laboral intermedia:
los subempleados. En ella agregamos a todos aquellos
que, calificados para ser gerentes, asistentes o jefes de
planta, ante la ausencia de demanda de mercado por sus
servicios, se ven obligados a vender chicles en la puerta de
un cine o hacer de taxistas informales. Esta última condición,
usualmente mal remunerada, refleja el contenido intuitivo del
término subempleo: un empleo de segunda.
Sí
consideramos una definición relajada de Empleo Adecuado -como
la que utiliza el INEI- descubriríamos que, a lo largo
del 1999, el 51.6% de los peruanos estaría subempleado. Sí,
en cambio, utilizamos una definición más coherente[ii],
nos encontraremos con que el 86.4% de los peruanos caería en
la categoría de subempleados.
De
esta forma, en apariencia, la introducción de los
subempleados nos deja con una tasa de desempleo “decente”
de sólo 5.7%. Casi como si fuéramos gringos. Esta maravilla
estadística casi-casi podría hacernos olvidar que sólo el
7.9% de la PEA accede a un empleo estable. Dentro -eso sí-
de perfiles laborales de baja productividad promedio. Es decir,
con salarios muy estrechos.
Aquí,
el fondo de la historia no sólo pasa por cuestionarnos por qué
habría tanto subempleado y desempleado. También pasa por
preguntarnos por qué las productividades sectoriales serían
exiguas (i.e.: con ingresos reales promedio reducidos).
Pero
antes de tocar el fondo, me gustaría invitarlos que
ponderemos qué significa vivir en un país repleto de
desempleados y subempleados. Y es que inmersos en una sociedad
con millones de compatriotas frustrados, hostilizados por la
pobreza (en medio de una sociedad de consumo),
cualquier candidato que ofrezca sacarlos de su dramática
situación instantáneamente, puede ser nuestro próximo
gobernante.
Sólo
considerando esta arista de complicación (la verosimilitud
de futuros gobiernos demagógicos), cualquier calificación
de riesgo país se ve significativamente elevada.
Adicionalmente,
el reconocer que el vivir en un país en el que menos del 8%
de la población dispone de ingresos regulares, implica
reconocer que hacemos negocios en una nación de mercados
pingues. De oportunidades minúsculas, de escalas comprimidas
y también de alta violencia. Con niveles de delincuencia
callejera -secuestros, robos, asesinatos, asaltos, et al-
no precisamente despreciables. Con todo esto, ¿por qué los
sucesivos gobiernos de los últimos treinta años no han sido
capaces de implementar algo capaz de revertir este horroroso
cuadro laboral?
La
respuesta a esta pregunta nos lleva al fondo del problema. Un
mercado laboral en el que, grosso modo, quienes venden
son muchos más que los que compran.
En
los días en los que ustedes usaban pañales (descartables
o no), muy estimados cyberlectores, el problema se
hubiera resuelto flexibilizando el mercado de trabajo y
permitiendo que la inversión productiva nacional se
concentrara en sectores intensivos en mano de obra. Hong Kong,
Singapure, Taiwán, entre otras plazas del planeta, aplicaron
esta receta. Y lo hicieron con enorme éxito en términos de
la calidad y cantidad de empleos locales.
En
nuestro país, en cambio, varias generaciones de
“brillantes” mandatarios –demócratas de papel,
dictadores socialistas e híbridos de variopinta faz-
optaron por proteger a los trabajadores y subsidiar a algunas
empresas, relegándonos al terrible cuadro laboral que hoy día
sufrimos.
Desafortunadamente,
la receta válida hace veinte o treinta años ya no funciona más.
El cambio tecnológico ha tendido a reemplazar a la mano de
obra no calificada. Esto, en un ambiente en el cual no se ha
invertido significativamente en educar a la gente, implica
desempleo y subempleo in crescendo. Año a año. Nótese
bien que por educación no nos referimos aquí a la mera
acumulación de diplomas o certificados, sino a la acumulación
de capital humano –i.e.: diplomas con educación
competitiva-. Con know how y con atributos.
Por
ello, hoy el desempleo y el subempleo son parte esencial de
nuestra foto. De nuestros sueños, de nuestra pobreza, de
nuestras encuestas y hasta de nuestros procesos electorales.
Frente a su escala y por más que nos vendan salidas
keynesianas mágicas (reactivaciones productivas efímeras
alimentadas por más gasto), lo cierto es que el empleo
nacional no va a subir.
Y no va a subir porque no hay peruanos empleables.
El
camino de salida, por lo tanto, es largo y esforzado. Requiere
muchos años de reentrenamiento a millones de compatriotas y
de masiva inversión en capital humano. Niveles de inversión
o gasto que, sólo para el caso de la educación pública, no
podría financiar el gobierno peruano, ni en su más salvaje
sueño...
[1]
Sí,
alternativamente, construyésemos cifras de empleo basados en
criterios internacionales sobre lo que sería en
realidad un empleo adecuado, descubriríamos que el 7.2% de la
PEA accedería a un verdadero empleo.
[1]
Con
jornadas menores a las treinta y cinco horas semanales o ganan
menos de 170 dólares al mes. |