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Carlos M. Adrianzen Cabrera, Economía & MBA, USIL

A principios del 2001, cualquier análisis superficial (aunque basado en indicadores convencionales) sobre la marcha de la economía peruana, describe un escenario relativamente positivo.

Contrastarían este cuadro toda una colección de índices macroeconómicos que nos muestran, por ejemplo, una tasa de inflación baja (menor al 4%), un déficit fiscal manejable (menor al 3% del PBI), un tipo de cambio nominal estabilizado en S/. 3.50 por más de un año, una brecha externa corriente en contracción (y también menor al 3% del PBI), tasas de interés bancarias -aunque altas- en sostenido proceso de reducción nominal y, finalmente, una tasa de crecimiento de la producción agregada (PBI) cercana al 4%.

Esta percepción tendería a parecernos aún más positiva –y hasta favorable- si la comparásemos con las estadísticas de otras economías de la región.

Frente a esto, nos encontramos, asimismo, con el hecho palmario de que la mayor parte de los peruanos sostiene que estamos en el peor de los mundos. Que no hay empleo, que los agobia la pobreza, que está rota la cadena de pagos, que falta liquidez y créditos para hacer negocios; en fin, que nuestra economía estaría, sino colapsada, muy cerca de estarlo.

¿Quién tiene la razón?

Para tratar de responder esta pregunta, como casi siempre, es bueno mirar algo más lejos de nuestra nariz.

Y es que, a pesar de que un análisis técnico cuidadoso de la economía peruana debería mirar otros indicadores, desde hace ya varios años en evidente deterioro -tales como la morosidad bancaria, los ratios de apalancamiento externo del sistema financiero nacional, el ratio de servicio de la deuda pública y privada sobre las exportaciones, los flujos de inversión extranjera (directa y de portafolio) la morosidad bancaria y comercial y los niveles de ahorro e inversión privadas- lo cierto es que no estaríamos tan mal. Al menos, no tan mal como podríamos llegar a estar si cometemos ciertos errores de gestión económica muy fáciles de cometer.

Y es que la figura de corto plazo de nuestra economía enfrenta limitaciones marcadas. Hoy en día, dados los exiguos niveles de inversión en capital físico y en capital humano que hemos arrastrado a lo largo de las últimas dos décadas, nuestras capacidades productivas son muy estrechas. Con ellas, nuestras posibilidades de aumentar o de elevar significativamente nuestros niveles de consumo (y con ello afectar los índices de pobreza) han estado atadas a nuestra habilidad de captar capitales externos para inversión extranjera directa, líneas de crédito externo, o inversiones de portafolio. Es decir, a nuestra eventual capacidad de reformarnos o privatizar algo.

Esta visión de la economía ha arrastrado además viejos demonios del pasado. Los errores de gestión (y el proceso de desmantelamiento de instituciones) arrastrados con contumacia desde los años sesenta a la fecha, nos han relegado a vivir en una economía de frustrados. No nos olvidemos que muchos de los que vivimos fuera del país (dentro de una computadora o en algún país distinto al del indómito) sólo escapamos de un ambiente en el que –si medimos propiamente el desempleo y subempleo- menos del 10% de la población económicamente activa tendría un empleo adecuado.

Un ambiente en el que algo menos de la mitad de la población es incluida dentro de las cifras de pobreza. Un ambiente en el que doscientos dólares mensuales es un sueldo. Este ambiente, estimados cyberlectores, no sólo describe frustración, la implica. Con algo más de un millón de clientes, la inversión justificada por el mercado interno es muy pequeña. Con un estado abultado, un universo de regulaciones inconexas sino contradictorias, desalineamientos cambiarios, deficiente regulación prudencial.

Bancos agrarios o Cajas Rurales, regímenes tributarios y arancelarios estratégicos y una muy limitada capacidad de inversión en capital humano –a pesar de que asumamos que el manejo fiscal y monetario no repita los errores que caracterizaron sus gestiones en los últimos veinte años- sólo nos aseguran menores productividades laborales promedio. Pero ésta no es toda la foto.

Los peruanos estamos en pleno proceso electoral. Hasta ocho planchas presidenciales  -que no nos digan que en este país no hay consenso- nos ofertan casi lo mismo. Las discrepancias son de escala o de oportunidad, pero casi todos, ofertan las mismas políticas que deterioraron la suerte económica del país.

Nuevas rebajas tributarias, nuevas reducciones de encaje, nuevas expansiones presupuestales, un nuevo Banco Agrario, un nuevo esquema para controlar tarifas, nuevos esquemas para socializar pérdidas, nueva pusilanimidades para reducir el gasto burocrático, y una nueva lentitud extrema para todo lo que implique reformas o privatizaciones.

El 2001 es el tercer año en el que la inversión privada cae en términos reales. Las acciones de política económica consistentemente aplicadas por el gobierno pasado y el actual gobierno de transición, han ofertado el debido marco para esta evolución.

Aunque suene políticamente incorrecto sostenerlo, muchos errores de gestión y socializaciones de pérdidas empresariales han pasado a ser algo así como políticas de estado.

El proceso electoral, como ya lo hemos planteado, aún no logra entusiasmar a nadie. Y entonces, ¿a dónde vamos?

Nuestra impresión es que –dentro de un intervalo bianual miope- no vamos muy lejos. Con algo de mala suerte y errores de gestión, los panoramas financiero y fiscal pueden deteriorarse con relativa facilidad y hacernos sentir que la crisis se profundiza.

Con algo de buena suerte, podemos rebotar sobre niveles de inflación, producción, empleo y pobreza cercanos a los actuales. Después de todo, como no hemos invertido significativamente, aspirar a más sería iluso.


 

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