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Si analizamos la coyuntura y las tendencias de la economía peruana a principios del presente año con cuidado –y con ese siempre razonable grado de desconfianza con el que hay que analizar las cosas en naciones que no marchan muy bien-, y a este análisis le agregamos los posibles efectos del manejo económico del gobierno de transición, cualquiera de nosotros -incluyéndolo a usted, muy estimado cyberlector- puede preguntarse cuáles podrían ser las razones que explicarían por qué un grupo selecto de compatriotas (conformando ocho planchas presidenciales) se presenta en el actual proceso electoral para administrar uno de los países más pobres del hemisferio occidental.
Y es que el próximo gobernante, además de usar una banda bicolor, recibir tratamientos honoríficos, cobrar sus honorarios y viajar casi todos los días al interior del país, tendrá la enorme responsabilidad de tratar de mejorar las cosas en un país en el que la pobreza y la falta de empleo abrazan no a un porcentaje menor sino a la mayoría de habitantes. Frente a este enorme reto, uno de estos ocho individuos tendrá también la responsabilidad de gerenciar una coyuntura especialmente espinosa. Un corto plazo fácil de complicar y muy difícil de
mejorar.
Así, el próximo gobernante, a menos que un rayo de buen juicio económico atraviese la mente del Ministro de Economía, heredará un panorama fiscal inquietante. Frente a un déficit que a principios del año se sitúa alrededor de los mil quinientos millones de dólares, las estacionalidades propias de la recaudación y del gasto presupuestal, lo llevarán a –desde la primera semana de asunción al poder- tener que combatir un monstruo que pasivamente alcanzaría los dos mil millones de dólares para fines de año.
Si el nuevo presidente -o presidenta- decide ser cauto en los primeros meses, su drama número uno será encontrar cómo financiar tamaño forado. Muchos de los depósitos que tiene el sector público en el Banco Central y en el sistema bancario, ceteris paribus, se habrán desvanecido. Con la colocación de los bonos del tesoro “reactivadores del mercado de capitales” y con la profundización de la bola de nieve asociada a las reestructuraciones empresariales y bancarias postergadas en este período preelectoral, las tasas de interés alcanzarán previsiblemente niveles reales retroalimentadores de recesión. Dentro de este ambiente, además, el Banco Central habrá tenido que continuar con una política monetaria definidamente contractiva. Opción, que en buen español, nos continua ubicando en el
congelador.
Si a esto último le agregamos que en ausencia de privatizaciones, la inversión privada continúa su senda de contracción por cuarto año consecutivo, estrechos –muy estrechos- serán los márgenes de acción del sucesor o la sucesora del doctor
Paniagua.
Si en cambio, el nuevo inquilino o inquilina -fíjense cómo me esfuerzo por no discriminar o sugerir nada en términos de género- de Palacio de Gobierno desease ser menos cauto -digamos, algo incauto- los problemas no serían pocos. Propuestas como la eliminación de tributos, la elevación inmediata de salarios magisteriales, la reducción de tasas tributarias, la creación de universidades y centros de entrenamiento tecnológico, así como la reserva de un fondo para ese gran agujero negro denominado, en el país del indómito inca, banco agrario, difícilmente se podrían
materializar.
Estimados cyberlectores: los márgenes efectivos del próximo gobernante son muy estrechos, y las tendencias deficitarias con las que tendrá que liarse desde el primer día, poco halagüeñas. Si alguno de ustedes cree que es posible quemar reservas internacionales con la intención de tener cuando menos una efímera recuperación a la miope, les recordaré que las divisas que hoy día le quedan al gobierno, son relativamente equivalentes a dos o tres meses de
importaciones.
Aquí es razonable recordar que las reservas internacionales netas contabilizadas en los balances del BCR no son de todos los peruanos. Tienen dueños. Los ocho millones de dólares contabilizados como reservas internacionales netas son fundamentalmente resultado de influjos de capitales que dicho sea de paso no parecen estar muy entusiasmados por permanecer, de acuerdo a las tendencias recientes en la bolsa, en el sistema bancario y en el flujo de inversiones extranjeras al país.
¿Cómo conjugar la sana pretensión que tendría todo candidato –o candidata- que esperanzó a sus electores con puestos de trabajo y niveles de bienestar y que al llegar al anhelado poder se encuentra con esta coyuntura y estas tendencias? ¿Qué puede hacer sino quiere resignarse a ser recordado como otro fiasco histórico más?
Como sostenía hace pocas semanas Vittorio Corbo, uno de los mejores economistas chilenos y experto en temas de estabilización y reformas, la receta es por todos conocida. Los países que apuestan a caminar hacia atrás, difícilmente pueden esconder su opción. Simplemente, el que no educa competitivamente a su población, el que no atrae inversión, el que no implementa reglas que desarrollen competitividades locales o no consolida instituciones, en este mundo crecientemente global, queda
fuera.
Por ello, toda esta agresiva carrera detrás del poder, si se carece de visión para cumplir este reto, se parece mucho, pero mucho, a correr detrás de una bomba...
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