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Carlos M. Adrianzen Cabrera, Economía & MBA, USIL

A modo de un breve prólogo

Si algunos de ustedes, estimados cyberlectores, espera que al inicio de este artículo, el autor haga gala de una discusión histórica y lingüística de tan popular vocablo -y aunque supongo que pachamanca tiene algo que ver con la tierra-, una vez más, los voy a decepcionar.

Sin embargo, vamos a compartir aquel contenido del aludido vocablo que todos los provincianos peruanos conocemos. Cuando un fin de semana, alguien nos informa que en la casa de alguien están preparando una ¡Pachamanca! entendemos normalmente -asumiendo que hemos sido invitados al banquete andino aludido- que es el momento de servirnos a nuestras anchas. Las pachamancas implican un verdadero banquete de manjares provincianos, incluyendo en la variedad casi toda especie viva comestible (en lo personal, se las recomiendo).

En esta oportunidad, sin embargo, utilizaré el término pachamanca, como una metáfora para lo que, en más de un artículo publicado por investigadores del Banco Mundial, se denomina la “toma de gobierno”. Esos extremos cuadros de corrupción en los que grupos influyentes seducen –con buenas o malas artes-a la administración pública de turno para que éstos les otorguen beneficios particulares. En buen español, esos cuadros -ya tradicionales en nuestros países- de mercantilismos y de rentismos, financiados con los recursos de todos los contribuyentes.

¿El fin de las angustias?

Para muchos grupos –políticos, gremiales y “mixtos”- los últimos dos procesos electorales (el bamba y el firme) han configurado largos días de angustia y de expectativa sobre el resultado de cada uno de los procesos aludidos. La definición inminente –en primera o segunda vuelta- del actual, debería paliar este desgastante estado de cosas.

Termina de complicar las cosas la verosimilitud de que un nuevo gobierno reciba un mandato débil, sin mayoría en el legislativo y obligado a “conciliar”. Nótese aquí que la ley de Gresham parece aplicarse tanto a las malas monedas como la las malas propuestas cuando las instituciones son débiles y los gremios están acostumbrados a negociar prebendas con los gobiernos de turno.

Aquí merece destacarse que lo que estaría en juego sería mucho más que un número indeterminado de puestos y -otros honores- prospectadamente vacantes en la administración pública, estarían también en juego las líneas matrices de la política económica peruana. En concreto –y bajo la tácita óptica de más de una trajinada agrupación gremial- la magnitud y asignación discrecional de regalitos del Estado a los grupos que éste encuentre como estratégicos “para el desarrollo nacional”.

Tal ha sido el desconcierto y la magnitud de las expectativas para la obtención de rentas privadas que la CONFIEP -otrora monolítica Confederación Empresarial Peruana- se habría roto en mil pedazos. Y es que, algunos de los más rancios componentes de la aludida confederación -posiblemente los que tienen más olfato para percibir escenarios en los cuales resulta más probable obtener rentas fuera del mercado- ya no quieren participar en una confederación que los obliga a conciliar con sectores más abiertos y que sí pueden competir.

Y es que estos sectores no son tan proclives a presionar y negociar con el gobierno de turno beneficios artificiales. Algunos de ellos hasta defienden aranceles planos y se oponen a la aparición de entidades dirigidas a la demagógica oferta de crédito.

Leía algún periódico de la capital, que algún dirigente gremial planteaba explícitamente la terrorífica afirmación de que se separaban de la CONFIEP porque “durante los últimos años ésta no les había conseguido ningún beneficio (del estado peruano)”. Más claro, ni el agua.

La responsabilidad hoy en día está en manos de cualquiera de las ocho planchas que llegue al poder. Ellos recibirán el poder para gobernar un país en extremo pobre, con índices de falta de empleo superiores al 90% de la fuerza laboral y con índices de pobreza desgarradores en las zonas rurales. Ellos tienen que entender que por más que estén comprometidos en el financiamiento de sus campañas con gremios repletos de expectativas de subsidios, estos últimos –de darse- van a ser financiados a costa de mayor pobreza y mayor falta de empleo.

Esta pachamanca, para usar el vocablo con el que iniciamos estas breves líneas, se prepararía extrayendo bocados a la mayor parte de nuestras poblaciones más pobres. Un gobierno decente no puede hacer eso. El que esto no suceda es su responsabilidad primordial.

El próximo gobierno también va a tomar el control de una sociedad desprestigiada como plaza emergente (que no privatiza, que  no concesiona y que no se reforma desde hace muchos años). Va a tomar control de un aparato burocrático en el que las instituciones aún son frágiles y hasta timoratas. Su tarea aquí será reforzarles autonomías y reducirles discrecionalidades.

Este gobierno tendrá también la responsabilidad de recortar un presupuesto empobrecedor, altamente burocratizado -más del 70% del gasto del gobierno central se asigna a pago de salarios y compra de bienes y servicios- y que genera un déficit superior a los mil quinientos millones de dólares, que cuando llegue al poder verosímilmente no va a poder seguir financiando. Para aquellos días, muy poco de los ingresos privatizados serán disponibles para financiar el déficit. Por ello, tendrá que ser más austero y más visionario.

Los caminos son dos. El próximo gobierno organiza  -como ha sucedido ya tradicionalmente en estos largos años de nación subdesarrollada y perdedora- una nueva pachamanca para los sectores que todos conocemos. O de una vez por todas les para la mano. Nuestro país ya no da para más pachamancas. Más del 80% de los ingresos que las financiarían se obtienen vía de cargas tributarias al consumo y a la creación de puestos. Nótese, una nueva pachamanca nos atrasaría y empobrecería más.

Pero, muy estimado cyberlector, no le recomiendo que vea la televisión. No le aconsejo que saboree la amargura de un entorno que prepararía, otra vez, otra pachamanca.


 

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