A
modo de un breve prólogo
Si
algunos de ustedes, estimados cyberlectores, espera que
al inicio de este artículo, el autor haga gala de una discusión
histórica y lingüística de tan popular vocablo -y aunque
supongo que pachamanca tiene algo que ver con la tierra-,
una vez más, los voy a decepcionar.
Sin
embargo, vamos a compartir aquel contenido del aludido vocablo
que todos los provincianos peruanos conocemos. Cuando un fin
de semana, alguien nos informa que en la casa de alguien están
preparando una ¡Pachamanca! entendemos normalmente -asumiendo
que hemos sido invitados al banquete andino aludido- que
es el momento de servirnos a nuestras anchas. Las pachamancas
implican un verdadero banquete de manjares provincianos,
incluyendo en la variedad casi toda especie viva comestible
(en lo personal, se las recomiendo).
En
esta oportunidad, sin embargo, utilizaré el término pachamanca,
como una metáfora para lo que, en más de un artículo
publicado por investigadores del Banco Mundial, se denomina la
“toma de gobierno”. Esos extremos cuadros de corrupción
en los que grupos influyentes seducen –con buenas o malas
artes-a la administración pública de turno para que éstos
les otorguen beneficios particulares. En buen español, esos
cuadros -ya tradicionales en nuestros países- de
mercantilismos y de rentismos, financiados con los recursos de
todos los contribuyentes.
¿El
fin de las angustias?
Para
muchos grupos –políticos, gremiales y “mixtos”-
los últimos dos procesos electorales (el bamba y el firme)
han configurado largos días de angustia y de expectativa
sobre el resultado de cada uno de los procesos aludidos. La
definición inminente –en primera o segunda vuelta-
del actual, debería paliar este desgastante estado de cosas.
Termina
de complicar las cosas la verosimilitud de que un nuevo
gobierno reciba un mandato débil, sin mayoría en el
legislativo y obligado a “conciliar”. Nótese aquí que la
ley de Gresham parece aplicarse tanto a las malas
monedas como la las malas propuestas cuando las instituciones
son débiles y los gremios están acostumbrados a negociar
prebendas con los gobiernos de turno.
Aquí
merece destacarse que lo que estaría en juego sería mucho más
que un número indeterminado de puestos y -otros honores-
prospectadamente vacantes en la administración pública,
estarían también en juego las líneas matrices de la política
económica peruana. En concreto –y bajo la tácita óptica
de más de una trajinada agrupación gremial- la magnitud
y asignación discrecional de regalitos del Estado a los
grupos que éste encuentre como estratégicos “para el
desarrollo nacional”.
Tal
ha sido el desconcierto y la magnitud de las expectativas para
la obtención de rentas privadas que la CONFIEP -otrora
monolítica Confederación Empresarial Peruana- se habría
roto en mil pedazos. Y es que, algunos de los más rancios
componentes de la aludida confederación -posiblemente los
que tienen más olfato para percibir escenarios en los cuales
resulta más probable obtener rentas fuera del mercado- ya
no quieren participar en una confederación que los obliga a
conciliar con sectores más abiertos y que sí pueden competir.
Y
es que estos sectores no son tan proclives a presionar y
negociar con el gobierno de turno beneficios artificiales.
Algunos de ellos hasta defienden aranceles planos y se oponen
a la aparición de entidades dirigidas a la demagógica oferta
de crédito.
Leía
algún periódico de la capital, que algún dirigente gremial
planteaba explícitamente la terrorífica afirmación de que
se separaban de la CONFIEP porque “durante los últimos años
ésta no les había conseguido ningún beneficio (del
estado peruano)”. Más claro, ni el agua.
La
responsabilidad hoy en día está en manos de cualquiera de
las ocho planchas que llegue al poder. Ellos recibirán el
poder para gobernar un país en extremo pobre, con índices de
falta de empleo superiores al 90% de la fuerza laboral y con
índices de pobreza desgarradores en las zonas rurales. Ellos
tienen que entender que por más que estén comprometidos en
el financiamiento de sus campañas con gremios repletos de
expectativas de subsidios, estos últimos –de darse-
van a ser financiados a costa de mayor pobreza y mayor falta
de empleo.
Esta
pachamanca, para usar el vocablo con el que iniciamos
estas breves líneas, se prepararía extrayendo bocados a la
mayor parte de nuestras poblaciones más pobres. Un gobierno
decente no puede hacer eso. El que esto no suceda es su
responsabilidad primordial.
El
próximo gobierno también va a tomar el control de una
sociedad desprestigiada como plaza emergente (que no privatiza,
que no concesiona
y que no se reforma desde hace muchos años). Va a tomar
control de un aparato burocrático en el que las instituciones
aún son frágiles y hasta timoratas. Su tarea aquí será
reforzarles autonomías y reducirles discrecionalidades.
Este
gobierno tendrá también la responsabilidad de recortar un
presupuesto empobrecedor, altamente burocratizado -más del
70% del gasto del gobierno central se asigna a pago de
salarios y compra de bienes y servicios- y que genera un déficit
superior a los mil quinientos millones de dólares, que cuando
llegue al poder verosímilmente no va a poder seguir
financiando. Para aquellos días, muy poco de los ingresos
privatizados serán disponibles para financiar el déficit.
Por ello, tendrá que ser más austero y más visionario.
Los
caminos son dos. El próximo gobierno organiza
-como ha sucedido ya tradicionalmente en estos
largos años de nación subdesarrollada y perdedora- una
nueva pachamanca para los sectores que todos conocemos.
O de una vez por todas les para la mano. Nuestro país ya no
da para más pachamancas. Más del 80% de los ingresos
que las financiarían se obtienen vía de cargas tributarias
al consumo y a la creación de puestos. Nótese, una nueva pachamanca
nos atrasaría y empobrecería más.
Pero,
muy estimado cyberlector, no le recomiendo que vea la
televisión. No le aconsejo que saboree la amargura de un
entorno que prepararía, otra vez, otra pachamanca.
|