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Carlos M. Adrianzen Cabrera, Economía & MBA, USIL

Me temo que a estas alturas, para más de uno de ustedes muy estimados cyberlectores, todo este inacabable proceso electoral ya debe haberlos saturado. Sin embargo, es valioso no olvidar que aún nos encontramos inmersos en él, ingresando a la segunda vuelta de una “nueva” elección. También es importante no olvidar que sus antecedentes –luchas por el poder incluidas- se remontan a 1997 con una ley de interpretación dizque auténtica y que, en la actualidad aún pagamos por los desafortunados efectos de un gobierno que se valía virtualmente de cualquier recurso para implementar una re-reelección. 

De hecho, este complejo e inestable proceso político ha configurado todo una suerte de telenovela -aunque: sin alcanzar estándares colombianos o brasileños-. Así el ambiente político nacional ha estado –por más de tres años- repleto de acusaciones, videos escandalosos, polémicas inconclusas y –sobretodo- muchas propuestas carentes de mayor fundamento técnico. A pesar de lo vasto de este entuerto, en cada vuelta los peruanos nunca perdimos la fe de que en la próxima oportunidad, la cordura prevaleciese.

Analistas, electores y observadores diversos “entendían” -con más que razonable generosidad- que estos episodios vueltas electorales -tan repletas de ofertas populistas (con bancos agrarios, prohibiciones arancelarias, controles a las tasa de interés, esquemas de reestructuración de deudas privadas con socialización de pérdidas y hasta de creación de miles de puestos en un ambiente donde la mano de obra calificada brilla por su ausencia)- un día transitarían hacia una ordenada discusión de planes de gobierno enfocados a enfrentar los problemas de extrema falta de empleo y baja productividad promedio que hoy día enferman a la sociedad peruana. 

Más de uno llegó a pensar de que tal vez la segunda vuelta no repetiría la subasta de ilusiones sin fundamento que caracterizó la primera. Cuando esto no pasó, y el extremo irregular primer par de vueltas fue “reprogramado”, las ilusiones –esta vez muchas menos- apostaron a que ahora sí. Esta vez, la “tercera” vuelta sería diferente...

Y es que se quería creer que con un gobierno de transición que -se suponía- iría a mejorar las cosas (con un manejo responsable y depurador de la corrupción), se nos repetía ahora sí: los candidatos tendrán que esbozar propuestas. Los candidatos bajo un entorno menos sesgado y más democrático ya no tendrían que jugar a entusiasmar al elector con ofertas tan irreales como patéticamente débiles desde el punto de vista técnico. Mas de uno nos aseguraba que “ahora sí nos mostrarán sus equipos y propuestas y se superará la demagogia”...

La historia, en este caso tampoco resultó siendo muy generosa. La primera vuelta del segundo proceso electoral -esa marcada por el retorno de algunos dinosaurios y otras ideas de los cincuenta- sí que nos dejó un panorama aún más complicado. ¿Se acuerdan de la historia de Inca-utos-land? Desafortunadamente teníamos razón. El electorado peruano -de acuerdo con su ya tradicional comportamiento político- eligió a los candidatos que mejor entusiasmaron a un electorado desesperado por escuchar buenas noticias. Candidatos que no fueron los únicos pero sí los más efectivos contándonos que la gravedad era opcional en el país del indómito inca. 

Ellos nos contaron –alguno con entusiasmo sinigual y otro con locuacidad incomparable- justo lo que queríamos escuchar. Que en realidad somos un país muy rico y que bastaría solamente con relajar un poco la disciplina fiscal o monetaria para reactivar la producción y el empleo doméstico. Y que además este relajamiento de la disciplina fiscal y monetaria se haría “respetando la disciplina fiscal y monetaria” (¿¿??). Y es que -aunque usted no lo crea- en Incautoslandia muy pocos cuestionan argumentos como éste: “si el gobierno elimina impuestos, y rebaja la tasa de algunos tributos y eleva su gasto, el déficit fiscal no se profundiza”... y aunque usted no lo crea... Hasta ”se cierra”. 

Para estos señores la explicación sería la siguiente: la mayor demanda nominal (asociada a los menores impuestos y al mayor gasto) elevarían -instantánea y mágicamente- la recaudación de impuestos, generándose así un círculo vicioso maravilloso ... Tampoco importaría lo poco que se ha invertido en los últimos años...

También los candidatos de la tercera vuelta –en una de sus más iluminadas visiones sobre el problema laboral que omite seculares excesos de demanda por no calificados y de exceso de oferta por no calificados- también nos informaron que el desempleo era una cuestión de explotación. Y que los service laborales –esas empresas privadas que lucran, ¡Oh pecado de pecados!, intermediando entre la oferta y la demanda de trabajo- eran los culpables. 

Otro punto que también “marcó” la tercera vuelta fue el tema de las tarifas públicas. Para hacerla muy sencilla estimado cyberlector todos los candidatos, de alguna u otra forma descubrieron sesudamente que estas debían ser más cómodas. Que estaban muy caras. Simple y sencillamente por que en otros países eran más baratas. Por ello, bajo sus posibles gobiernos, ellos corregirían este problema. ¿Se imaginan algo más dañino que esto en un país que, por un lado privatizó servicios públicos para hacer caja y poder gastar después y que, por otro lado, requiere urgentemente atraer inversión a la par que ganar competitividad en sectores no transables?

Pero no se angustien... la tercera vuelta también tocó otros temas. Y el agro fue uno de los favoritos. Aquí los diagnósticos iluminados plantearon que si no había crédito suficiente en el agro, no importa que esto haya sido simplemente porque no habían clientes. Lo que quedaba muy claro era que a través de alguna forma -que podía ser a través de un banco privado o público- el estado (léase: los contribuyentes) debía ofertar recursos a un sector atrofiado y marcado por una cultura de no pago que ni por casualidad osaban enfrentar. 

Aunque parezca aburrido la tercera vuelta nos dejó otras perlas más. Esta vez se reactualizó la vieja teoría latinoamericana según la cual “el culpable de tener fiebre es el termómetro” en su versión el mercado de prestamos bancarios. 

Así, si después de acumular una gran bola de préstamos bancarios pendientes de cumplimientos (lo cual eleva los costos de recuperar un crédito), si después de inflar el riesgo-país por motivos políticos tan evidentes como video-documentados, sí después de acumular un déficit fiscal que bordea el 4% del PBI y que se asocia a un gasto público de órdenes de los 10,000 millones de dólares (arrastrados a rajatabla), a nadie le debería sorprender que el costo de los recursos en la economía se eleve.

La tasa de interés es esa suerte de termómetro que nos muestra cuando los riesgos micros se incrementan, cuando los riesgos devaluatorios aparecen, cuando el gobierno gasta más y requiere extraerle recursos al sector privado. Por ello, a nadie le debe sorprender que sea tan alta en un país que tiene todos estos problemas. Pero en el país del indómito inca, las cosas nos son así. La tasa de interés es la culpable. Bajo esta perspectiva idiosincrásica no nos sorprende que los candidatos en la tercera vuelta nos hallan hablado de salidas efectistas e introducir formas explícitas y/o solapadas de controles a los intereses. Y que además al elector peruano sí que le gustasen tantas buenas y fáciles opciones.

Después de tres años de lucha electoral donde los roles se intercambian igual que las lealtades, el electores el país del indómito inca están, obviamente, cansados. Posiblemente abrumados. Y positivamente hartos... ¿Quién en su sano juicio los pueden culpar?

Pero no se preocupe. Estamos en la cuarta vuelta. Aquí también, una vez más, podría aspirarse a que ésta vez sí los candidatos harán lo que todos quisiéramos. Que –esta vez- hablarán con coherencia y responsabilidad. Pero... ¿lo harán? ...
En esta dirección la historia nacional no nos ayuda. Los electores peruanos siempre han hecho gala de lo que el historiador italiano Indro Montanelli planteaba como la tradicional predisposición de las mujeres y la historia.

¿Pero qué si esta vez se reacciona de manera diferente?... Después de todo se dice que los peruanos son impredecibles -aunque quien escribe no es de los que coinciden con esta visión-


 

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