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Carlos M. Adrianzen Cabrera, Economía & MBA, USIL

Después de haber sido el responsable[1]y líder- de una de las gestiones más controvertidas de la historia de América Latina, el ex Presidente Alan García Pérez regresó al país del indómito inca.

Y aunque volvió al país sin devolver (como diría un mal intencionado detractor) su retorno sí que coplicó –hasta ahora sólo dentro del discurso electoral- el proceso de reversión de la denominada reforma económica peruana.

Proceso ya iniciado por el mismísimo Ingeniero Fujimori Fujimori unos cinco años atrás.

La excelente campaña aludida –que fue capaz de revendernos uno de los bodrios presidenciales más amargos que alguien pueda imaginar- se ha construido sobre un personaje simpático y proactivo (virtudes que nadie le puede negar al ya no tan joven Alan) y al menos dos ideas menudas.

La primera, nos vende el hecho de que cuando el candidato gobernó era... muy joven.

Que él –entonces- no quiso generar la hiperinflación más larga de la historia regional[i]. Y que, de hecho, hasta estaba de moda tener inflación en América Latina.

Que él no persiguió generar un derrumbe de la inversión y del consumo por habitante en el país[ii]. Sólo que fue incapaz de anticipar que los banqueros y los ahorristas se indignaran cuando les expropiaba su patrimonio...

Que él no quiso que, al final de su régimen, dos terceras partes de la población ingresaran a una situación de marcada pobreza. De hecho, él quería democratizar el crédito y abaratar el dólar para fines productivos.

Que él no anticipó que los niveles de corrupción observados en el periodo bajo su responsabilidad alcanzaran niveles tan altos.

Que él, a pesar de que maltrató a organismos internacionales y acreedores, tampoco quiso aislar el país internacionalmente, dejándolo en la condición de inelegible para créditos (y de ésa forma espantando cuanta inversión foránea pudo ingresar al país). Ni pretendió deteriorar –en la forma tan eficiente como lo hizo- instituciones, competitividades (sectoriales y empresariales) y hasta la estabilidad política –léase militar- del país. 

Que los recurrentes fallos de su gobierno -como nos hizo saber en su más afilada autocrítica - sólo se explicarían por un “exceso de entusiasmo”.

Dicen sus defensores que habrá que perdonarlo. Dicen otros que habrá que esperar que en esta segunda oportunidad de gobierno no cometa de nuevo otros garrafales errores.

Muy pocos dicen, en cambio, que hacer esto configura una suerte de traición u olvido a los miles de peruanos fallecidos (en su mayoría, menores de dos años) asociados a la profundización de la desnutrición y las mayores deficiencias en salubridad pública asociados a errores de su gestión.

Que habrá que olvidar la frustración, la violencia, el desempleo, la siembra de desempleabilidad asociada al deterioro de la oferta educativa pública, el atraso y el estancamiento que sus errores generaron.

Pero hay más

Pero la segunda idea planteada por sus asesores de imagen es aún más atractiva. El candidato “habría aprendido de sus errores”. Habría entendido que en un mundo globalizado, el mercado es la institución fundamental para construir competitividades y crecimiento en el tiempo.

El nuevo Alan, nos dicen, ha entendido que en estos días de globalización y de creciente integración financiera, ya no sería posible que se vuelva a producir un gobernante tan incapaz, tan voluble y tan poco visionario como llegó a ser él mismo algo más de diez años atrás. ¡Buen punto para aquietar fundados temores estimados asesores!

Desdichadamente para todos (ustedes y nosotros), esta última afirmación es frontalmente refutada por la realidad. La Venezuela del Comandante Chávez, entre otros personajes pintorescos de la región, son gráficos ejemplos de que aún en estos días de integración global hay espacio para cometer errores. Como casi todas las elecciones latinoamericanas nos muestran, sí que existe mercado para la demagogia en esta parte del planeta. En nuestro caso concreto, estimado cyberlector, claro que existen márgenes de acción para retroceder en todo lo bueno que alguna vez se anduvo.

Reconocido este punto, sin embargo, existe una interrogante latente: ¿habrá aprendido? No que ha aprendido a discursear mejor -o que su viejo discurso es aún más atractivo para una población aún más desesperada- sino que si el “viejo” Alan ha aprendido a gobernar bien. Sin empobrecer, sin atrasar y sin hacer mucho más inestable a uno de los países más pobres del hemisferio occidental.

En esta vida, las cosas no aparecen sin razón o por arte de magia. Tampoco se dan como una cuestión de buenas intenciones o de pose retórica. Los conocimientos, la integridad y la sabiduría de un gobernante, usualmente, no provienen del aire. Para gobernar, también, sirven mucho las escuelas. De hecho, Europa y Norteamérica son bastante pródigas en excelentes escuelas de gobierno. Programas que con bastante éxito reciclan gobernantes con ideas arcaicas. No siendo éste el caso, dejaremos fuera de esta canasta al citado candidato García Pérez.

Ahora bien, si García no aprendió a gobernar en ninguna escuela conocida, existe otra posibilidad, estimado cyberlector: el que alguna vez lo haya hecho bien en algún lugar. En esta dirección, sólo podemos decir que tampoco conocemos de nada destacable en su gestión económica local, ni conocemos de evidencia de alguna exitosa performance –siquiera- como asesor en algún otro lugar del planeta.

No ha estudiado, nunca lo ha hecho bien. Entonces: ¿dónde habría aprendido este candidato? La explicación, difundida por sus asesores, suena bastante coherente. García Pérez sólo sería un ejemplo vívido de otro individuo que habría aprendido de sus errores. Esta última forma de aprendizaje, sin embargo, como todos sabemos por experiencia propia -y por recurrencia de nuestros viejos defectos- puede llegar a ser sólo una mentirilla, a menos que sepamos en qué nos equivocamos. Y sobre todo por qué nos equivocamos.

Por lo tanto, toda esta alargada digresión respecto a este personaje podría aclararse si Alan nos comenta en público en qué tipo de acciones de política económica –y por qué razones- construyó la más estrepitosamente fracasada gestión económica de América Latina. ¿Lo sabrá? ¿O, aspirar a que lo sepa sería sólo otro “exceso de entusiasmo”?

Esta cuarta vuelta electoral, con García incorporado, no es reconfortante para quienes quieran creer que el candidato aprista ha aprendido. Todo parece indicar que García se parece mucho a Fujimori. Que cree en el mercado pero sólo a medias y pragmáticamente. Que no parece tener ninguna noción de expresiones como reformas de primera o segunda generación –ni él ni sus asesores en público- y que registra un comportamiento más bien dual –fíjense que no quise escribir esquizofrénico- sino solapadamente tibio –fíjense que tampoco quise escribir demagógico- en tópicos de alta prioridad como el relanzamiento de los procesos de privatización.

En el fondo, se parece mucho al García de la segunda mitad de los ochenta. Pero esto no es sólo algo físico, Alan nos continúa hablando de tarifas públicas cómodas, intereses convenientes, préstamos agrarios generosos, de creación instantánea de miles de puestos de trabajo y una serie de ofertas tan populares, como incoherentes e inverosímiles en un entorno tan complicado como el que heredará el próximo Presidente. 

De hecho, cuado García Pérez nos ofrece medicamentos tan cómodos como los que se ofertan –¿o será subsidian?- en España o Francia, ¿no nos estará ofreciendo escasez y colas en pocos meses?. Esperamos que sólo sean buenas ideas vinculadas con menores restricciones paraarancelarias para importar medicinas porque con la disponibilidad de medicinas nadie debería jugar...

En todo caso, García tiene los días que restan a esta cuarta vuelta electoral, para convencernos y mostrarnos todo lo que –tan costosamente para el pueblo peruano- habría aprendido.

[i] Una tasa de inflación acumulada del 10´827,100%. Explosión de precios que pulverizó los salarios y los ahorros nacionales.

[ii] Durante el quinquenio aludido, y a pesar de las “imperfecciones” estadísticas de la época,  el consumo y la Inversión privados per cápita –en dólares constantes- se contrajeron en 14% y 47%, respectivamente.

 

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