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Después
de haber sido el responsable[1] –y líder- de una de las gestiones más
controvertidas de la historia de América Latina, el ex
Presidente Alan García Pérez regresó al país del indómito
inca.
Y
aunque volvió al país sin devolver (como diría un mal
intencionado detractor) su retorno sí que coplicó –hasta
ahora sólo dentro del discurso electoral- el proceso de
reversión de la denominada reforma económica peruana.
Proceso
ya iniciado por el mismísimo Ingeniero Fujimori Fujimori unos
cinco años atrás.
La
excelente campaña aludida –que fue capaz de revendernos
uno de los bodrios presidenciales más amargos que alguien
pueda imaginar- se ha construido sobre un personaje simpático
y proactivo (virtudes que nadie le puede negar al ya no tan
joven Alan) y al menos dos ideas menudas.
La
primera, nos vende el hecho de que cuando el candidato gobernó
era... muy joven.
Que
él –entonces- no quiso generar la hiperinflación más
larga de la historia regional[i].
Y que, de hecho, hasta estaba de moda tener inflación en América
Latina.
Que
él no persiguió generar un derrumbe de la inversión y del
consumo por habitante en el país[ii].
Sólo que fue incapaz de anticipar que los banqueros y los
ahorristas se indignaran cuando les expropiaba su patrimonio...
Que
él no quiso que, al final de su régimen, dos terceras partes
de la población ingresaran a una situación de marcada
pobreza. De hecho, él quería democratizar el crédito y
abaratar el dólar para fines productivos.
Que
él no anticipó que los niveles de corrupción observados en
el periodo bajo su responsabilidad alcanzaran niveles tan
altos.
Que
él, a pesar de que maltrató a organismos internacionales y
acreedores, tampoco quiso aislar el país internacionalmente,
dejándolo en la condición de inelegible para créditos (y
de ésa forma espantando cuanta inversión foránea pudo
ingresar al país). Ni pretendió deteriorar –en la
forma tan eficiente como lo hizo- instituciones,
competitividades (sectoriales y empresariales) y hasta
la estabilidad política –léase militar- del país.
Que
los recurrentes fallos de su gobierno -como nos hizo saber
en su más afilada autocrítica - sólo se explicarían
por un “exceso de entusiasmo”.
Dicen
sus defensores que habrá que perdonarlo. Dicen otros que habrá
que esperar que en esta segunda oportunidad de gobierno no
cometa de nuevo otros garrafales errores.
Muy
pocos dicen, en cambio, que hacer esto configura una suerte de
traición u olvido a los miles de peruanos fallecidos (en
su mayoría, menores de dos años) asociados a la
profundización de la desnutrición y las mayores deficiencias
en salubridad pública asociados a errores de su gestión.
Que
habrá que olvidar la frustración, la violencia, el desempleo,
la siembra de desempleabilidad asociada al deterioro de
la oferta educativa pública, el atraso y el estancamiento que
sus errores generaron.
Pero hay más
Pero
la segunda idea planteada por sus asesores de imagen es aún más
atractiva. El candidato “habría aprendido de sus errores”.
Habría entendido que en un mundo globalizado, el mercado es
la institución fundamental para construir competitividades y
crecimiento en el tiempo.
El
nuevo Alan, nos dicen, ha entendido que en estos días de
globalización y de creciente integración financiera, ya no
sería posible que se vuelva a producir un gobernante tan
incapaz, tan voluble y tan poco visionario como llegó a ser
él mismo algo más de diez años atrás. ¡Buen punto para
aquietar fundados temores estimados asesores!
Desdichadamente
para todos (ustedes y nosotros), esta última afirmación
es frontalmente refutada por la realidad. La Venezuela del
Comandante Chávez, entre otros personajes pintorescos de la
región, son gráficos ejemplos de que aún en estos días de
integración global hay espacio para cometer errores. Como
casi todas las elecciones latinoamericanas nos muestran, sí
que existe mercado para la demagogia en esta parte del planeta.
En nuestro caso concreto, estimado cyberlector, claro
que existen márgenes de acción para retroceder en todo lo
bueno que alguna vez se anduvo.
Reconocido
este punto, sin embargo, existe una interrogante latente: ¿habrá
aprendido? No que ha aprendido a discursear mejor -o que su
viejo discurso es aún más atractivo para una población aún
más desesperada- sino que si el “viejo” Alan ha
aprendido a gobernar bien. Sin empobrecer, sin atrasar y sin
hacer mucho más inestable a uno de los países más pobres
del hemisferio occidental.
En
esta vida, las cosas no aparecen sin razón o por arte de
magia. Tampoco se dan como una cuestión de buenas intenciones
o de pose retórica. Los conocimientos, la integridad y la
sabiduría de un gobernante, usualmente, no provienen del aire.
Para gobernar, también, sirven mucho las escuelas. De hecho,
Europa y Norteamérica son bastante pródigas en excelentes
escuelas de gobierno. Programas que con bastante éxito
reciclan gobernantes con ideas arcaicas. No siendo éste el
caso, dejaremos fuera de esta canasta al citado candidato García
Pérez.
Ahora
bien, si García no aprendió a gobernar en ninguna escuela
conocida, existe otra posibilidad, estimado cyberlector:
el que alguna vez lo haya hecho bien en algún lugar. En esta
dirección, sólo podemos decir que tampoco conocemos de nada
destacable en su gestión económica local, ni conocemos de
evidencia de alguna exitosa performance –siquiera-
como asesor en algún otro lugar del planeta.
No
ha estudiado, nunca lo ha hecho bien. Entonces: ¿dónde habría
aprendido este candidato? La explicación, difundida por sus
asesores, suena bastante coherente. García Pérez sólo sería
un ejemplo vívido de otro individuo que habría aprendido de
sus errores. Esta última forma de aprendizaje, sin embargo,
como todos sabemos por experiencia propia -y por
recurrencia de nuestros viejos defectos- puede llegar a
ser sólo una mentirilla, a menos que sepamos en qué nos
equivocamos. Y sobre todo por qué nos equivocamos.
Por
lo tanto, toda esta alargada digresión respecto a este
personaje podría aclararse si Alan nos comenta en público en
qué tipo de acciones de política económica –y por qué
razones- construyó la más estrepitosamente fracasada
gestión económica de América Latina. ¿Lo sabrá? ¿O,
aspirar a que lo sepa sería sólo otro “exceso de
entusiasmo”?
Esta
cuarta vuelta electoral, con García incorporado, no es
reconfortante para quienes quieran creer que el candidato
aprista ha aprendido. Todo parece indicar que García se
parece mucho a Fujimori. Que cree en el mercado pero sólo a
medias y pragmáticamente. Que no parece tener ninguna noción
de expresiones como reformas de primera o segunda generación
–ni él ni sus asesores en público- y que registra
un comportamiento más bien dual –fíjense que no quise
escribir esquizofrénico- sino solapadamente tibio –fíjense
que tampoco quise escribir demagógico- en tópicos de
alta prioridad como el relanzamiento de los procesos de
privatización.
En
el fondo, se parece mucho al García de la segunda mitad de
los ochenta. Pero esto no es sólo algo físico, Alan nos
continúa hablando de tarifas públicas cómodas, intereses
convenientes, préstamos agrarios generosos, de creación
instantánea de miles de puestos de trabajo y una serie de
ofertas tan populares, como incoherentes e inverosímiles en
un entorno tan complicado como el que heredará el próximo
Presidente.
De
hecho, cuado García Pérez nos ofrece medicamentos tan cómodos
como los que se ofertan –¿o será subsidian?- en
España o Francia, ¿no nos estará ofreciendo escasez y colas
en pocos meses?. Esperamos que sólo sean buenas ideas
vinculadas con menores restricciones paraarancelarias para
importar medicinas porque con la disponibilidad de medicinas
nadie debería jugar...
En
todo caso, García tiene los días que restan a esta cuarta
vuelta electoral, para convencernos y mostrarnos todo lo que
–tan costosamente para el pueblo peruano- habría
aprendido.
[i]
Una tasa de inflación acumulada del 10´827,100%. Explosión
de precios que pulverizó los salarios y los ahorros
nacionales.
[ii]
Durante el quinquenio aludido, y a pesar de las
“imperfecciones” estadísticas de la época,
el consumo y la Inversión privados per cápita –en
dólares constantes- se contrajeron en 14% y 47%,
respectivamente.
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