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Por
fin se arriesgaron a debatir los dos candidatos que han
sobrevivido a la primera vuelta electoral.
Se
dice que existían marcadas resistencias a no hacerlo y –de
hecho- cada agrupación culpaba a la tienda de
enfrente de “no querer debatir”. Pasaban los días, y
semanas, hasta que –por
fin- se hizo público un acuerdo de debate sobre
bases algo frankenstinianas que incluían escenarios
exclusivos, distinguidos panelistas y horarios estelares.
Algunos
sostienen que el factor detonante para que –finalmente-
los habitantes del país del indómito inca podamos observar
un debate por la Presidencia de la Nación –i.e.:
el “botín de los botines” en una nación con
instituciones endebles- habría sido la presión de
las encuestas y otros sondeos de opinión. Se dice que la
gente quería ponderar propuestas de la boca de los propios
candidatos. No se dice abiertamente -pero
tal vez sea mucho más ajustado suponer- que,
simple y sencillamente, los peruanos deseábamos ver un sábado
por la noche algo de circo político –básicamente
puyas- entre
los dos personajes.
Otros,
en cambio, sostienen que el debate se habría dado por otros
motivos. Que por encima de los buenos oficios de la agrupación
Transparencia, los factores que hicieron posible el debate
entre Toledo Manrique y García Pérez habrían sido tres:
primero, lo aburrido, reincidente y poco alentador de las
propuestas (la mayor parte de los
electores mostraban ya abiertamente su desconfianza porque ya
antes habían visto fracasar ostentosamente recetas similares);
segundo: el desgaste de una larga campaña en el que todo
golpe se bautizaba como guerra sucia; y tercero, la creciente
presión de los votos blancos y viciados, híbridos
incluidos. Según esta perspectiva, el debate se habría
presentado por su propio peso. Para ambos candidatos al sillón
de Pizarro, el no debatir podía haber resultado una opción
muy costosa.
Más
allá de los antecedentes, el debate se dio y –si
algo realmente puede destacarse de éste
es el que- los candidatos fueron
razonablemente sinceros. Se mostraron tal como son y
ofrecieron casi todo lo que tenían por ofrecer. Juzgue usted
mismo estimado cyberlector, sí esta sinceridad
configura elementos para deprimirse profundamente o para
pensar que nuestro país podría –tal
vez- volver a caminar en lugar de retroceder.
Sobre
el fondo y lo que estaba en juego
Cualquiera
que indague en el Perú sobre qué temas o problemas le
inquietan la mayor parte de los electores encontrará que el
fondo de la decisión política descubre básicamente un
trasfondo económico.
Y
es que, sí escogemos a un ciudadano peruano al azar la
probabilidad de que éste resulte desempleado o -sí
medimos propiamente la tasa de subempleo-
subempleado tendría una probabilidad superior al 92%.
Descubriremos también que la probabilidad de que este
ciudadano adolezca de –al menos-
registrar una necesidad básica insatisfecha sería de 45%;
mientras que la probabilidad que al elegir un peruano entre
cien que sea graduado en alguna escuela de educación
superior, universitaria o siquiera técnica, que hubiera
recibido educación competitiva -no
sólo títulos, grados o diplomas de ésos que se ofertan “A
nombre de la Nación”-
no alcanzaría siquiera al 1%. Este es un país en problemas.
La falta de empleo es aguda y los sueldos muy bajos (reflejo
de las productividades laborales exiguas). Con esto,
la pobreza es más que difícil de esconder. No termina de
complicar este cuadro el bajo nivel de educación promedio en
el país. A principios del siglo XXI, la cobertura educativa
nacional en grado apenas alcanza al 35.6% de la población
entre 12 y 16 años, mientras que el promedio anual de horas
de clase en las escuelas rurales del país implica 4,705 horas
menos que las que recibe un estudiante secundario en los países
de la OCDE.
Este
cuadro, sin embargo, a pesar de ser algo palmario para
cualquier habitante de nuestro país –y
fácil de construir para cualquier analista interesado-
fue olímpicamente omitido en el debate presidencial. Para los
candidatos presidenciales, en cambio, el extremo desempleo y
subempleo peruanos se corregía con la misma receta que lo
generó. Es decir, prohibiendo los services –y
culpándolos del problema-, subsidiando chatarra (con
aranceles escalonados, tratamientos tributarios diferenciados,
e incentivos sectoriales), “concertando”
reducciones de las tasas de interés y reprogramación
arbitraria de créditos problemáticos (vía
esquemas escandalosos o discretos de socialización de pérdidas)
o tratando de recalentar la economía (es
decir, reactivando la demanda cuando en realidad no existe
capacidad instalada ociosa). De enfrentar el
problema de fondo, el déficit de educación o la
insuficiencia de oferta laboral empleable, nada. Nada
coherente.
Patético
como resulta, éste es el corolario económico del debate
presidencial. Los peruanos debemos esperar condiciones
laborales aún menos optimistas en el futuro próximo. Tal vez
el futuro presidente tenga las agallas de privatizar y
concesionar y, gracias a ello, elevará la inversión y
modernizará algún sector. Lo triste de todo esto, es que la
mayor parte de los peruanos mantendrán su condición de no
empleables. De no empleados, de bajos ingresos y de pobres.
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