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Carlos M. Adrianzen Cabrera, Economía & MBA, USIL

Por fin se arriesgaron a debatir los dos candidatos que han sobrevivido a la primera vuelta electoral.

Se dice que existían marcadas resistencias a no hacerlo y –de hecho- cada agrupación culpaba a la tienda de enfrente de “no querer debatir”. Pasaban los días, y semanas, hasta que   por fin- se hizo público un acuerdo de debate sobre bases algo frankenstinianas que incluían escenarios exclusivos, distinguidos panelistas y horarios estelares.

Algunos sostienen que el factor detonante para que –finalmente- los habitantes del país del indómito inca podamos observar un debate por la Presidencia de la Nación –i.e.: el “botín de los botines” en una nación con instituciones endebles- habría sido la presión de las encuestas y otros sondeos de opinión. Se dice que la gente quería ponderar propuestas de la boca de los propios candidatos. No se dice abiertamente -pero tal vez sea mucho más ajustado suponer- que, simple y sencillamente, los peruanos deseábamos ver un sábado por la noche algo de circo político           básicamente puyas-  entre los dos personajes.

Otros, en cambio, sostienen que el debate se habría dado por otros motivos. Que por encima de los buenos oficios de la agrupación Transparencia, los factores que hicieron posible el debate entre Toledo Manrique y García Pérez habrían sido tres: primero, lo aburrido, reincidente y poco alentador de las propuestas (la mayor parte de los electores mostraban ya abiertamente su desconfianza porque ya antes habían visto fracasar ostentosamente recetas similares); segundo: el desgaste de una larga campaña en el que todo golpe se bautizaba como guerra sucia; y tercero, la creciente presión de los votos blancos y viciados, híbridos incluidos. Según esta perspectiva, el debate se habría presentado por su propio peso. Para ambos candidatos al sillón de Pizarro, el no debatir podía haber resultado una opción muy costosa.

Más allá de los antecedentes, el debate se dio y –si algo realmente puede destacarse de éste es el que- los candidatos fueron razonablemente sinceros. Se mostraron tal como son y ofrecieron casi todo lo que tenían por ofrecer. Juzgue usted mismo estimado cyberlector, sí esta sinceridad configura elementos para deprimirse profundamente o para pensar que nuestro país podría      tal vez- volver a caminar en lugar de retroceder.

 

Sobre el fondo y lo que estaba en juego

 

Cualquiera que indague en el Perú sobre qué temas o problemas le inquietan la mayor parte de los electores encontrará que el fondo de la decisión política descubre básicamente un trasfondo económico.

Y es que, sí escogemos a un ciudadano peruano al azar la probabilidad de que éste resulte desempleado o -sí medimos propiamente la tasa de subempleo- subempleado tendría una probabilidad superior al 92%. Descubriremos también que la probabilidad de que este ciudadano adolezca de –al menos- registrar una necesidad básica insatisfecha sería de 45%; mientras que la probabilidad que al elegir un peruano entre cien que sea graduado en alguna escuela de educación superior, universitaria o siquiera técnica, que hubiera recibido educación competitiva -no sólo títulos, grados o diplomas de ésos que se ofertan “A nombre de la Nación- no alcanzaría siquiera al 1%. Este es un país en problemas. La falta de empleo es aguda y los sueldos muy bajos (reflejo de las productividades laborales exiguas). Con esto, la pobreza es más que difícil de esconder. No termina de complicar este cuadro el bajo nivel de educación promedio en el país. A principios del siglo XXI, la cobertura educativa nacional en grado apenas alcanza al 35.6% de la población entre 12 y 16 años, mientras que el promedio anual de horas de clase en las escuelas rurales del país implica 4,705 horas menos que las que recibe un estudiante secundario en los países de la OCDE.

Este cuadro, sin embargo, a pesar de ser algo palmario para cualquier habitante de nuestro país –y fácil de construir para cualquier analista interesado- fue olímpicamente omitido en el debate presidencial. Para los candidatos presidenciales, en cambio, el extremo desempleo y subempleo peruanos se corregía con la misma receta que lo generó. Es decir, prohibiendo los services –y culpándolos del problema-, subsidiando chatarra (con aranceles escalonados, tratamientos tributarios diferenciados, e incentivos sectoriales), “concertando” reducciones de las tasas de interés y reprogramación arbitraria de créditos problemáticos (vía esquemas escandalosos o discretos de socialización de pérdidas) o tratando de recalentar la economía (es decir, reactivando la demanda cuando en realidad no existe capacidad instalada ociosa). De enfrentar el problema de fondo, el déficit de educación o la insuficiencia de oferta laboral empleable, nada. Nada coherente.

Patético como resulta, éste es el corolario económico del debate presidencial. Los peruanos debemos esperar condiciones laborales aún menos optimistas en el futuro próximo. Tal vez el futuro presidente tenga las agallas de privatizar y concesionar y, gracias a ello, elevará la inversión y modernizará algún sector. Lo triste de todo esto, es que la mayor parte de los peruanos mantendrán su condición de no empleables. De no empleados, de bajos ingresos y de pobres.

 

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