Financiero de Peru.comPeru.com

figr_izq1.gif (1695 bytes)
 
Bolsa
Finanzas
Economía
Breves...
Enlaces de interés

Carlos M. Adrianzen Cabrera, Economía & MBA, USIL

Muy estimados cyberlectores, esta vez enfocaremos un tema crucial para el país del indómito inca: la desgracia económica que tiene postrado a su sector agropecuario. Como enfocaremos sucintamente en estas breves líneas, ésta es resultado de una consistente y contumaz opción por repetir ciertas inclinaciones de política económica que priorizan la intervención estatal sobre las personas. Tal vez, ningún gobierno peruano se anime a quebrar estas reglas en un buen tiempo. El peso de socialismos trasnochados en una nación en la que se lee muy poco es aún muy grande. Sin embargo, creo que es bueno conocerlas y desenmascararlas cada vez que podamos.

Desde hace ya demasiados años se nos ha vendido la idea de que el sector agropecuario nacional es un sector vital para la economía y la sociedad peruana. Desde el punto de vista de su aporte al bienestar nacional se estima que contribuye con alrededor del 8% de la producción. Grosso modo, un flujo anual de unos 4,200 millones de bienes agrícolas y pecuarios. Parte de esta oferta, unos 641 millones se venden en el exterior, siendo un 61% son productos no tradicionales. Así el sector agropecuario peruano oferta sólo el 9.2% del total exportado. Para tener una idea palmaria del declive relativo del sector bastaría con comparar esta cifra con la de su pico histórico: hace unos veinticinco años el 29% del total exportado eran productos agropecuarios...

También ayuda a enfocar este severo declive sectorial el recordar cómo, cada año, tenemos que importar unos 500 millones de dólares en alimentos (estrictamente productos agropecuarios).

 Frente a esta notable decadencia sectorial -la producción por habitante (expresada en dólares constantes) habría registrado el año pasado un valor equivalente a sólo el 23.8% de lo que producíamos en 1966- se nos ha venido hablando de la notable importancia del sector en función a su capacidad de dar trabajo. Se estima que el sector agropecuario proporcionaría unos 0.6 millones de puestos estables -5% de la fuerza laboral peruana- y que absorbería unos 3.2 millones adicionales como campesinos minifundistas -28% de la población económicamente activa-. Si bien podríamos decir que un tercio de la fuerza laboral peruana esta involucrada con la suerte de este sector, resulta crucial no olvidar que sólo el 5% de la PEA tiene un trabajo estable en el sector. El resto es campesinado minifundista.

La historia se termina de dibujar cuando enfocamos los estimados de la productividad media de un trabajador del sector. Estos resultan tan bajos que equivalen a la quinta parte de la productividad laboral media prevaleciente en el resto de la economía. No debe sorprender a nadie este resultado por cuanto, también, el ingreso medio estimado de un campesino minifundista -unos 50 dólares mensuales- es menor a la quinta parte del ingreso medio del resto de la población económicamente activa nacional (unos 274 dólares mensuales).

Este es un agro destrozado, con pocos empleos formales y con ingresos paupérrimos. Lógicamente, las cifras sobre la pobreza nacional -y su concentración rural (donde la actividad laboral predominante es el campesinado minifundista)- tampoco deberían sorprender a nadie. No es casualidad que el 89% de la población en extrema pobreza habite en áreas rurales y que el 69% de la población en pobreza no extrema -bajo los estándares del INEI- sea también rural.

Hasta aquí, sólo tenemos un monumento a la heterodoxia económica. Un monumento de desastre económico construido sobre décadas de intervención estatal y corrupción escondida en el slogan de que “hay que ayudar a la gente pobre del agro”. No olvidemos que el agro nacional fue alguna vez el segundo sector productivo del país y que hoy día es un remedo, una fuente de pobreza extrema, gracias al accionar económico de sucesivos gobiernos. Gobiernos que creyeron que podían mejorar las cosas en el agro en forma mágica. Que podían incrementar su crecimiento y eficiencia con subsidios diversos, con bancos agrarios y –sobre todo lo anterior- creando condiciones socialistas de producción y destruyendo toda noción de propiedad privada. En este agro, los que hicieron buenos negocios –básicamente burocracia corrupta- hoy día nos quieren hacer olvidar toda la pobreza que generaron.

Nos dicen hoy que el reto es recapitalizar al agro. Que hay que generar un banco agrario que nuevamente regale el crédito e introducir condiciones heterodoxas que protejan las ineficiencias del sector. Ellos olvidan algunos detalles.

Hoy en día, el sector es tan poco atractivo para los negocios y para la inversión, que explica sólo el 2% de la importaciones por compras de maquinarias y equipo en la década pasada. Esto, mostrándonos un promedio anual patético por sí mismo: sólo 30 millones de dólares.

Se sabe también que su vínculo con el rubro inversión extranjera directa es virtualmente nulo y se incluye en ese capítulo de “otros” con cerca del 1% del stock acumulado.

Por otro lado, del total de préstamos del sistema bancario a los diferentes sectores productivos del país, en el agro se colocaría sólo el 3.4% del total (unos 355 millones de dólares), mientras que, gracias a su condición de sector minusválido por definición (según la prédica socialista de los años sesenta y setenta), hoy en día, es el sector en el que prevalece la cultura del no pago como la norma. No es casualidad que sus tasas de morosidad superen el 24% -respecto a la cartera atrasada- y 35% -respecto a la cartera problemática-, respectivamente.

¿Cómo capitalizar el agro? Para responder esta pregunta es fundamental no mentir. El agro que repague sus créditos o atraiga inversión privada –nacional o extranjera- permitiendo su capitalización, sólo lo observaremos cuando seamos capaces de crear condiciones para los negocios privados. El desarrollo del agro peruano no necesita sobre tasas arancelarias ni bancos agrarios que regalen el crédito a ciertas minorías. No necesita que le condonen las deudas a gentes con buenos contactos con el gobierno de turno. Necesita, en cambio, el respeto a la propiedad privada, la existencia de reglas claras para los negocios y para la inversión. Necesita estabilidad macroeconómica y un Estado poco oneroso. Y necesita también una enorme inversión en capital humano y transferencia tecnológica, con esquemas públicos y privados. Éste es el camino de su capitalización.

Esto, en nuestro país, tanto como lo fue en los países que hoy día tienen una oferta agropecuaria altamente competitiva. Las propuestas de capitalización que hoy día proliferan en el actual proceso electoral –más allá de su popular discurso- ya las conocemos. Las cifras que aquí se han mostrado implican su lógico resultado.


 

I quiero.com