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Carlos M. Adrianzen Cabrera, Economía & MBA, USIL

 

Estimados cyberlectores : Finalmente, las urnas hablaron. Los habitantes de Incautoslandia eligieron al profesor Alejandro Toledo como el nuevo Presidente Constitucional de la República. Si de algo hizo gala el señor Toledo a lo largo de sus sucesivos intentos por llegar al gobierno, ha sido de empuje y de versatilidad. Más allá de éstas, sin embargo, el nuevo Presidente tendrá que hacer gala de otras virtudes para enfrentar y cambiar un panorama que, si fuera proyectado pasivamente, no nos dejaría mucho margen para ser optimistas.

¿Pero qué ambiente va a encontrar Toledo y su equipo?
Luego de una de las campañas electorales más largas y destructoras de nuestra historia política, la plaza se ha cargado de desconcierto, inestabilidad y hasta de una definida parálisis recesiva.
Desconcierto, porque ya nadie en el Perú cree en nada, ni en la ortodoxia y las reformas, ni en la heterodoxia y la corrupción que la caracteriza, ni en las personas. En realidad, en el Perú de mediados del 2001, cada grupo dibuja un perfil distinto de hacia dónde debería evolucionar la economía peruana y qué debería caracterizar su manejo económico.

Inestabilidad, porque cada día, algún nuevo video, alguna nueva denuncia o simplemente, algún nuevo episodio de difícil explicación, termina de derrumbar la credibilidad de gremios, instituciones, personas y empresas. Tal como lo discutiremos más adelante, la misma estabilidad macroeconómica mantenida con gran esfuerzo por la autoridad monetaria -en la medida que implica un fuerte racionamiento de liquidez- tiende a complicar un ambiente económico que, al tener muchas empresas quebradas flotando (gracias a la legislación vigente), configura un entorno de potencialmente alta inestabilidad.

La recesión, en cambio, en estos días, configura ya tres trimestres consecutivos de caída de la producción. Todos los promedios móviles anualizados de la producción sectorial, estarían por debajo del 0%. Asimismo, los estimados de contracción de la inversión pública o privada en el primer trimestre del año, habrían superado con creces las menos optimistas proyecciones.

Quienes con el profesor Toledo acceden hoy a asumir responsabilidades de gobierno, no solamente enfrentan los desafortunados resultados de un extremadamente largo proceso electoral, encaran también el tener que pagar la factura de sus propias ofertas electorales. Puntualmente, el tratar de cumplir con sus promesas de reactivación inmediata (utilizando la hipotética capacidad instalada que dispondríamos) y el compromiso de crear trabajo en un ambiente donde la mano de obra es mayoritariamente no empleable, y donde nuevas inversiones extranjeras -ceteris paribus- sólo destruirían más puestos de trabajo.

Desafortunadamente para el nuevo gobierno, si tenemos en cuenta las tendencias que se han venido registrando a lo largo del año y las estacionalidades características de los ingresos y gastos del gobierno central es previsible que para fines de año el déficit fiscal alcance el 4% del PBI. No ayudan para nada sus márgenes de acción dos elementos. El primero, es el que el tan destacado gobierno de transición virtualmente ya utilizó -léase dilapidó- lo que quedaba de recursos provenientes de privatizaciones pasadas. En realidad, el saldo disponible a la fecha, apenas alcanzaría a algo más del 5% del tamaño del déficit heredado. El segundo, se da como consecuencia de éste. Y es que el tratar de mantener el déficit a rajatabla puede terminar presionando al nuevo gobierno a cometer mayúsculos errores de política económica y a terminar haciendo uso (irresponsablemente) de los fondos de jubilación hoy día ahorrados institucionalmente por las AFP´s.

De mantenerse este nivel de desequilibrio fiscal -también es hoy anticipable- continuará presionando al sector privado y siendo un factor que presionaría al mantenimiento de altos costos efectivos del crédito bancario. Ubicándolos previsiblemente sobre valores mucho mayores al 25% en términos reales. Estas tasas de interés, merece destacarse estimado cyberlector, retroalimentarán índices de morosidad problemática también superando los niveles vigentes (cercanos al 20% del total colocado) e implicarán una escala de cartera con performance problemática superior al patrimonio del sistema. Este último desarrollo, en un contexto en el que las líneas de crédito externas podrían no regresar con facilidad, le hará la vida mucho más difícil a quien intente reducir los intereses sin propiciar políticamente costosas soluciones de mercado. Algo así como que Toledo habría llegado al gobierno en el momento en el que las papas quemaban.

Aquí, las populares propuestas de reprogramar generosamente acreencias privadas vencidas, se enfrentarán con la realidad. ¿Cuál será la entidad que pagará la cuenta? O, puntualmente, ¿quién ofertaría los recursos para la reestructuración de los vencimientos?

Al mismo tiempo, el nuevo gobierno tendrá que romper la "estabilidad de cementerio" heredada del experimentadísimo Ministro Silva Ruete.

Aquí la perspectiva de los problemas es crítica. No es bueno olvidar que los incesantes shocks políticos (acusaciones, renuncias, juramentos y vladivideos todos) expuestos a la opinión pública desde hace ya muchos meses y la sucesivamente deteriorada situación fiscal, le han hecho la vida muy difícil a la autoridad monetaria. Dentro de este ambiente y desde 1998, cualquier intento de reactivar gastando -a la keynesiana- o derrumba la inversión privada; o, ni bien liberamos soles en la economía, nos encontramos con que el dólar se dispara. Tan inestable habría resultado la demanda por saldos reales en los últimos meses, que el Banco Central ni siquiera habría respetado una conservadora regla Friedmaniana. Eso sí, gracias al accionar de la Hacienda Pública.

Sabemos también que este entorno de congelamiento monetario y de recurrente desequilibrio fiscal, habría tenido otro factor de complicación, directamente relacionado con comportamientos privados. Y es que el fracaso de los esquemas boloñistas de fraccionamiento de acreencias y de fortalecimiento patrimonial -introducidos como incentivos para soluciones de mercados- sólo reflejarían cada vez más difíciles de esconder expectativas de socialización de pérdidas.
Muchos sectores están paralizados y postergan toda inversión ante la expectativa de que el próximo gobierno sea mucho más generoso que los señores Boloña o Silva Ruete y los "fortalezca patrimonialmente" con una mayor exposición de los recursos de los contribuyentes. Este último punto, nótese, configura la esencia del actual cuadro recesivo. El núcleo de la actual recesión macro es esencialmente un fenómeno de mercado en el cual, anomalías como el de riesgo moral acumulado en los portafolios bancarios y como la creciente popularidad de la cultura de no pago (en los ámbitos de crédito al consumo o el asignado al agro) microfundamentan un entorno de aguda escasez en el mercado de fondos prestables.

Para terminar, cuando la nueva administración ocupe su cargo, los principales índices de actividad económica serán previsiblemente negativos. Las cifras disponibles a mayo pasado, nos permiten proyectar tendencias de posible decrecimiento en todos los sectores de la economía. Tendencias que podrían hacer optimista un decrecimiento real del -1%.

Tal como lo discutimos en el breve prólogo a este artículo, ésta es sólo parte del reto recibido -y buscado con tesón- por el nuevo presidente electo. Pero el profesor Toledo Manrique trae su compromisos. Esas promesas que ha ofrecido como la de crear miles de puestos (suponemos como adecuadamente empleados) en un contexto en el que la tecnología casi no absorbe mano de obra no calificada.

Estos enormes desafíos así como su respuesta en los hechos cuando asuma su responsabilidad de gobierno configurarán su lugar en la historia peruana, profesor Toledo. Esperemos que la visión prevalezca sobre la demagogia.


 

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