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Estimados
cyberlectores : Finalmente, las urnas hablaron.
Los habitantes de Incautoslandia eligieron al
profesor Alejandro Toledo como el nuevo Presidente
Constitucional de la República. Si de
algo hizo gala el señor Toledo a lo largo
de sus sucesivos intentos por llegar al gobierno,
ha sido de empuje y de versatilidad. Más
allá de éstas, sin embargo, el
nuevo Presidente tendrá que hacer gala
de otras virtudes para enfrentar y cambiar un
panorama que, si fuera proyectado pasivamente,
no nos dejaría mucho margen para ser
optimistas.
¿Pero
qué ambiente va a encontrar Toledo y
su equipo?
Luego de una de las campañas electorales
más largas y destructoras de nuestra
historia política, la plaza se ha cargado
de desconcierto, inestabilidad y hasta de una
definida parálisis recesiva.
Desconcierto, porque ya nadie en el Perú
cree en nada, ni en la ortodoxia y las reformas,
ni en la heterodoxia y la corrupción
que la caracteriza, ni en las personas. En realidad,
en el Perú de mediados del 2001, cada
grupo dibuja un perfil distinto de hacia dónde
debería evolucionar la economía
peruana y qué debería caracterizar
su manejo económico.
Inestabilidad,
porque cada día, algún nuevo video,
alguna nueva denuncia o simplemente, algún
nuevo episodio de difícil explicación,
termina de derrumbar la credibilidad de gremios,
instituciones, personas y empresas. Tal como
lo discutiremos más adelante, la misma
estabilidad macroeconómica mantenida
con gran esfuerzo por la autoridad monetaria
-en la medida que implica un fuerte racionamiento
de liquidez- tiende a complicar un ambiente
económico que, al tener muchas empresas
quebradas flotando (gracias a la legislación
vigente), configura un entorno de potencialmente
alta inestabilidad.
La
recesión, en cambio, en estos días,
configura ya tres trimestres consecutivos de
caída de la producción. Todos
los promedios móviles anualizados de
la producción sectorial, estarían
por debajo del 0%. Asimismo, los estimados de
contracción de la inversión pública
o privada en el primer trimestre del año,
habrían superado con creces las menos
optimistas proyecciones.
Quienes
con el profesor Toledo acceden hoy a asumir
responsabilidades de gobierno, no solamente
enfrentan los desafortunados resultados de un
extremadamente largo proceso electoral, encaran
también el tener que pagar la factura
de sus propias ofertas electorales. Puntualmente,
el tratar de cumplir con sus promesas de reactivación
inmediata (utilizando la hipotética capacidad
instalada que dispondríamos) y el compromiso
de crear trabajo en un ambiente donde la mano
de obra es mayoritariamente no empleable, y
donde nuevas inversiones extranjeras -ceteris
paribus- sólo destruirían más
puestos de trabajo.
Desafortunadamente
para el nuevo gobierno, si tenemos en cuenta
las tendencias que se han venido registrando
a lo largo del año y las estacionalidades
características de los ingresos y gastos
del gobierno central es previsible que para
fines de año el déficit fiscal
alcance el 4% del PBI. No ayudan para nada sus
márgenes de acción dos elementos.
El primero, es el que el tan destacado gobierno
de transición virtualmente ya utilizó
-léase dilapidó- lo que quedaba
de recursos provenientes de privatizaciones
pasadas. En realidad, el saldo disponible a
la fecha, apenas alcanzaría a algo más
del 5% del tamaño del déficit
heredado. El segundo, se da como consecuencia
de éste. Y es que el tratar de mantener
el déficit a rajatabla puede terminar
presionando al nuevo gobierno a cometer mayúsculos
errores de política económica
y a terminar haciendo uso (irresponsablemente)
de los fondos de jubilación hoy día
ahorrados institucionalmente por las AFP´s.
De
mantenerse este nivel de desequilibrio fiscal
-también es hoy anticipable- continuará
presionando al sector privado y siendo un factor
que presionaría al mantenimiento de altos
costos efectivos del crédito bancario.
Ubicándolos previsiblemente sobre valores
mucho mayores al 25% en términos reales.
Estas tasas de interés, merece destacarse
estimado cyberlector, retroalimentarán
índices de morosidad problemática
también superando los niveles vigentes
(cercanos al 20% del total colocado) e implicarán
una escala de cartera con performance problemática
superior al patrimonio del sistema. Este último
desarrollo, en un contexto en el que las líneas
de crédito externas podrían no
regresar con facilidad, le hará la vida
mucho más difícil a quien intente
reducir los intereses sin propiciar políticamente
costosas soluciones de mercado. Algo así
como que Toledo habría llegado al gobierno
en el momento en el que las papas quemaban.
Aquí,
las populares propuestas de reprogramar generosamente
acreencias privadas vencidas, se enfrentarán
con la realidad. ¿Cuál será
la entidad que pagará la cuenta? O, puntualmente,
¿quién ofertaría los recursos
para la reestructuración de los vencimientos?
Al
mismo tiempo, el nuevo gobierno tendrá
que romper la "estabilidad de cementerio"
heredada del experimentadísimo Ministro
Silva Ruete.
Aquí
la perspectiva de los problemas es crítica.
No es bueno olvidar que los incesantes shocks
políticos (acusaciones, renuncias, juramentos
y vladivideos todos) expuestos a la opinión
pública desde hace ya muchos meses y
la sucesivamente deteriorada situación
fiscal, le han hecho la vida muy difícil
a la autoridad monetaria. Dentro de este ambiente
y desde 1998, cualquier intento de reactivar
gastando -a la keynesiana- o derrumba la inversión
privada; o, ni bien liberamos soles en la economía,
nos encontramos con que el dólar se dispara.
Tan inestable habría resultado la demanda
por saldos reales en los últimos meses,
que el Banco Central ni siquiera habría
respetado una conservadora regla Friedmaniana.
Eso sí, gracias al accionar de la Hacienda
Pública.
Sabemos
también que este entorno de congelamiento
monetario y de recurrente desequilibrio fiscal,
habría tenido otro factor de complicación,
directamente relacionado con comportamientos
privados. Y es que el fracaso de los esquemas
boloñistas de fraccionamiento de acreencias
y de fortalecimiento patrimonial -introducidos
como incentivos para soluciones de mercados-
sólo reflejarían cada vez más
difíciles de esconder expectativas de
socialización de pérdidas.
Muchos sectores están paralizados y postergan
toda inversión ante la expectativa de
que el próximo gobierno sea mucho más
generoso que los señores Boloña
o Silva Ruete y los "fortalezca patrimonialmente"
con una mayor exposición de los recursos
de los contribuyentes. Este último punto,
nótese, configura la esencia del actual
cuadro recesivo. El núcleo de la actual
recesión macro es esencialmente un fenómeno
de mercado en el cual, anomalías como
el de riesgo moral acumulado en los portafolios
bancarios y como la creciente popularidad de
la cultura de no pago (en los ámbitos
de crédito al consumo o el asignado al
agro) microfundamentan un entorno de aguda escasez
en el mercado de fondos prestables.
Para
terminar, cuando la nueva administración
ocupe su cargo, los principales índices
de actividad económica serán previsiblemente
negativos. Las cifras disponibles a mayo pasado,
nos permiten proyectar tendencias de posible
decrecimiento en todos los sectores de la economía.
Tendencias que podrían hacer optimista
un decrecimiento real del -1%.
Tal
como lo discutimos en el breve prólogo
a este artículo, ésta es sólo
parte del reto recibido -y buscado con tesón-
por el nuevo presidente electo. Pero el profesor
Toledo Manrique trae su compromisos. Esas promesas
que ha ofrecido como la de crear miles de puestos
(suponemos como adecuadamente empleados) en
un contexto en el que la tecnología casi
no absorbe mano de obra no calificada.
Estos
enormes desafíos así como su respuesta
en los hechos cuando asuma su responsabilidad
de gobierno configurarán su lugar en
la historia peruana, profesor Toledo. Esperemos
que la visión prevalezca sobre la demagogia.
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