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Carlos M. Adrianzen Cabrera, Economía & MBA, USIL

 

¿Se acuerdan? No hace muchas semanas atrás, el régimen del ingeniero Alberto Fujimori Fujimori -uno de los regímenes más longevos de la historia republicana del Perú- se derrumbaba estrepitosamente. Videos, renuncias, acusaciones, y una marcada profundización de la recesión eran el marco en el que se iniciaba un nuevo proceso electoral que a la postre iría a elegir al profesor Alejandro Toledo Manrique como el nuevo Presidente Constitucional de la República.

Sin embargo, es crucial tomar en cuenta que la historia entre el derrumbe fujimorista y la posible asunción de Alejandro Toledo, no ha sido precisamente tacaña en términos de accidentes. De hecho, el ingeniero Fujimori, -poco antes de que las cosas pasen de castaño oscuro-, tomó las de Villadiego y se acordó que sus papás lo habían registrado en el kosuki familiar y que en realidad él era un súbdito japonés (con pasaporte y todo); razón por la cual se fue a su casa en condición de no extraditable.

El lapso (aún inconcluso, estimado cyberlector) en el que Fujimori abandona el poder y éste último es entregado a un nuevo (próximo gobierno) se ha venido a denominar como el periodo de transición democrática. Y el gobierno encargado de administrar este trance ha recibido el sugestivo título de gobierno de transición.

En estas líneas, nos ocupamos de ellos cuando aún están vivos y todavía podrían dar alguna señal de buenos reflejos. No nos ocuparemos esta vez de su labor como administradores del proceso electoral. Ni nos ocuparemos -aunque no podríamos dejar de reconocer- su valía como grupo de peruanos que salió al frente y asumió la responsabilidad de gobernar la Nación en momentos aciagos. Nos ocuparemos de lo que pudo ser.

Esa expectativa que más de uno de nosotros tuvo en el que el gobierno de transición liderado por Valentín Paniagua y Javier Pérez de Cuellar, reputados jurista y diplomático, fuera capaz de dar un shock de confianza, manejar responsablemente la economía y tomar algunas acciones en el área de las denominadas reformas de segunda generación.

Para muchos de ustedes, estimados cyberlectores, que no son economistas, el término reformas de segunda generación no tiene mayor implicancia. Para ustedes, les diré, que estas reformas no son reformas de segunda, son reformas de primera. Implican lo que más le faltó al gobierno de Fujimori en el área de modernización económica. Y esto fue, la consolidación de instituciones que validen, para peruanos y extranjeros, niveles de predicibilidad mínimos en áreas como el tamaño del Estado, la justicia, el cumplimiento de contratos, la regulación de los mercados, la competencia, y la administración electoral. Sin ellas, hoy día los peruanos sabemos por experiencia propia la visión de un mercado competitivo que asigne recursos eficientemente, en un país que tiene pocos recursos, como el nuestro, es no sólo una quimera sino altamente improbable.

Hecha esta atingencia, ¿qué les parece si nos ocupamos del gobierno de transición y, particularmente, lo que pudo ser su agenda económica?

Un shock de confianza

Desde mediados de la década pasada, el gobierno de Fujimori había sido bastante malo en avanzar en la tarea de reformas estructurales. No sólo había detenido las reformas en toda área, sino que además había comenzado a revertirlas acercando a la economía peruana mucho más hacia reglas intervensionistas y discrecionales. Como resultado de ello, y de las crecientes acusaciones de la aún-no-tan-evidente corrupción generalizada, el país ingresó en una fase de evidente desconfianza. La inversión privada entró en caída libre y con ella, la producción se redujo al mismo tiempo que se endurecieron las posibilidades laborales del país.

Este panorama complicó duramente los márgenes de acción del gobierno y, frente a un gobierno que decidió mantener su gasto presupuestal a rajatabla (incumpliendo cuanto acuerdo con el Fondo Monetario Internacional firmó desde 1997), el Banco Central de Reserva tuvo que contraer la oferta monetaria colocando a todos los sectores productivos en un estado de efectivo congelamiento.

Uno de los detalles críticos de este ambiente fue el también "congelamiento de las quiebras". Sectores y no solamente empresas sobre endeudadas y quebradas detuvieron sus procesos de reestructuración patrimonial con la expectativa de que un nuevo gobierno los salve (transfiriendo sus errores empresariales al resto de los peruanos). Con estos antecedentes, ¿qué hizo el gobierno de transición? Pues hizo lo mismo. Como dos gotas de agua. Compró carteras, introdujo beneficios artificiales, escalonamientos arancelarios, exoneraciones tributarias y le dejó al gobierno de transición una pesada agenda y el bemol de iniciar su gobierno con todos los índices productivos enfriándose sino decreciendo. Algo así, que frente a la expectativa de un shock de confianza, esta auspiciosamente recibida nueva administración sólo fue capaz de auspiciar la desconfianza.

Un manejo responsable

Si el gobierno de transición fue incapaz de dar confianza, lo hizo con algún grado de vocación. Sus más destacados voceros no dejan de espantar a los inversionistas locales y extranjeros con propuestas descabelladas en el ámbito laboral y comercial, con evidentes perforaciones a autonomías institucionales y con un manejo fiscal que sólo reduce el gasto cuando ya no le quedan depósitos de privatización que gastar y cuando además, la recaudación tributaria se comporta como era lógico que se comporte en medio de una recesión virtualmente generalizada.

A pesar de ello, le dejan al próximo gobierno un déficit fiscal de apertura cercano o superior al 3% del PBI, y a la mitad de los sectores empresariales peruanos pidiendo diversas dádivas prometidas explícita o implícitamente (i.e. escalonamientos arancelarios, compras de cartera, tratamientos especiales, etc.) También en el ámbito de la responsabilidad, no supieron cumplir con las expectativas.

El institucionalizador desinstitucionalizando...
(...lo que el desinstitucionalizador institucionalizó)

Existe un elemento que, en materia económica, desafortunadamente caracteriza a la administración paniaguista y éste es el irrespeto por las instituciones. Las cosas se deben hacer verticalmente. Las autonomías son todas relativas. La popularidad del gobierno está por encima de las reglas acordadas (por ejemplo, el triste caso de OSIPTEL y la reciente elevación de las tarifas telefónicas). Por otro lado, el MEF anda peleado con el BCR (porque éste, hasta la fecha, ha defendido con alguna dignidad su autonomía monetaria) y diferentes Ministros de otros sectores han profundizado procesos de desmantelamiento de lo poco de institucionalidad regulatoria construido bajo la administración de Fujimori.

Pocas cosas pueden resultarle más caras al país (y al próximo gobierno) si quiere -como necesita- atraer inversión extranjera para poder crecer en los últimos años.

A modo de un corolario

Escribimos estas líneas a mediados del mes de junio, cuando el gobierno de transición virtualmente tiene tiempo y márgenes de acción extremadamente estrechos. Sin embargo, si tomamos en cuenta la cantidad de ideas "brillantes" esbozadas por este gobierno en las últimas semanas, tal vez sirva para que detengan esa casi inacabable sucesión de retrocesos de la que han hecho gala en los últimos meses.

A ustedes los eligió el Congreso. No el pueblo directamente. Al profesor Toledo y su equipo sí. Déjenle al Ejecutivo y Legislativo recientemente electos el reto -y la responsabilidad- de hacer cosas nuevas. De hecho, ellos sufrirán las consecuencias de haber venido después de Fujimori y después de ustedes. No dejen que sus detractores se llenen la boca diciendo que lo único que en el fondo desean algunos funcionarios del gobierno de transición es el salir de este trance siendo muy populares.

Ya que lo que pudo ser no fue, esperemos que la visión y la responsabilidad prevalezcan (al menos en sus últimos días).



 

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