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Como ustedes
bien saben, estimados cyberlectores, el Perú
es un país con altos índices de
pobreza que se cree muy rico. Según las
encuestas publicadas por el INEI (www.inei.gob.pe)
cerca de la mitad de la población es
pobre y cerca de la quinta parte es extremadamente
pobre.
Así, por
ejemplo, los estimados de ingreso medio para
un campesino minifundista se estiman en cincuenta
dólares al mes. Para la gran mayoría
del resto de los peruanos -puntualmente, el
65% de la población económicamente
activa del Perú- la foto no es muy diferente.
El vivir en una economía recurrentemente
mal gobernada, inestable y poco dinámica,
en la cual las instituciones destacan por su
debilidad y -no pocas veces- por su alto grado
de corrupción y en la que la mayor parte
de la población es no empleable (no tienen
incorporados mayores entrenamientos o calificaciones
laborales), implica desenvolverse en un cuadro
social abiertamente frustrante y disrruptor.
Frente a este escenario se contrapone la manoseada
visión de un sabio italiano. Sabio que
nos visitó hace muchos muchos años,
cuando no éramos tan pobres. Cuando no
habíamos cometido tantos errores. Este
destacado pensador, cuyo apellido si mal no
recuerdo era Raimondi, sostenía que nuestro
país correspondía a la imagen
de un "mendigo sentado en un banco de oro".
En los años
en que Raimondi pensaba esto, los recursos naturales
y la baja densidad demográfica del país
hacían relativamente aplicable -no sin
un justificable tufillo lisonjero- esta figura.
Por aquellos años, el tener recursos
naturales (mineros, pesqueros, agropecuarios,
etc) era, para visiones cuasi fisiocráticas,
descripciones de riqueza. Si bien la historia
no contrastó esa visión como causal
de la riqueza de las naciones, los peruanos
sí que nos creímos el rollo. Y
aunque nunca reflexionamos en lo despectivo
que podría ser el que se nos describa
como individuos tan inhábiles como para
morirnos de hambre -la figura del mendigo- al
frente de un banco de oro -supongo aquí,
nuevamente, que se refería a las entonces
espléndidas riquezas naturales del país-
los peruanos quedamos felices: ¡éramos
ricos!
Pero...¿Somos
Ricos?
Esta lamentable
y autocomplaciente percepción de la riqueza
de la nación -y de esto no es culpable
el sabio italiano- fue muchas veces la coartada
perfecta para esforzarnos menos (después
de todo, éramos ricos) y para creer que,
si en la práctica éramos pobres,
debía haber una buena razón para
que "siendo ricos", en los hechos
seamos pobres.
Más allá de esta suerte de trabalenguas,
varias décadas de gobiernos tropicalmente
socialistas lograron arraigar -y gradualmente
establecer- una suerte de dogma: éramos
ricos, pero los más ricos nos robaban
todo. Ellos eran malos por definición.
Sí ellos eran malos, el hacerse rico
también lo era. Y por lo tanto el estado
debía intervenir más modo de evitar
que este mal prolifere: ¡Y sí que
lo logró!...
Así aparecieron las reformas industriales,
agrarias, mineras, de los sesenta, setenta y
ochenta, todas dirigidas a anular el éxito
empresarial que aún quedase. De hecho,
el éxito empresarial (de la gran mayoría
de las que subsistieron) se construyó
"haciendo negocios" con algún
generoso burócrata,
o gracias a un banco agrario o algún
tratamiento tributario especial como lo que
hoy día generosamente nos oferta el MEF.
Aquí,
donde usualmente la debilidad institucional
y la percepción del gobierno como un
botín, se observa que el mejor camino
para obtener utilidades no sería la frugalidad,
ni la mayor competitividad, sino la asunción
a un puesto público o la realización
de negocios con un Estado siempre generoso.
Si existe en nuestro país una regla mantenida
por todos los gobiernos a lo largo del siglo
pasado hasta la actualidad, es la regla de que
en un país tan pobre como el nuestro,
a las empresas hay que ayudarlas. Hay que subsidiarlas
o perdonarles sus deudas vía Bancos estatales
(a la COFIDE o Bancos Agrarios). Además
hay que "darles competitividad" vía
aranceles, impuestos, u tratamientos especiales
en las compras del Estado, entre otras vergonzantes
prácticas de corrupción socialmente
aceptada.
Los socialistas
peruanos, siempre tan progresistas como incapaces
de aplicar medidas que efectivamente maximicen
el bienestar social, constituyeron, explícita
o implícitamente, la base política
ideal para el mantenimiento de este status quo.
Con diferentes
envolturas que van desde explícitas declaraciones
de socialismo con Velasco Alvarado o Morales
Bermúdez, pasando por pragmatismos Fujimoristas
o socialdemocracias apristas hasta economías
de mercado con rostro humano, las acciones de
gobierno se construyen sobre el supuesto de
"cuidar" a las riquezas (¿?)
del país. Nunca se habló de liderar
el esfuerzo de construirlas. Nunca -siquiera-
de utilizar eficientemente las pocas que teníamos.
La Pobreza
Peruana
Muchas veces
no hay nada más ilustrativo que un buen
ejemplo. Hablemos del desempleo, y los bajos
ingresos en el país de indómito
inca. Hablemos de uno de los principales causales
de la pobreza Peruana.
Desde ya hace
muchos años, nuestra nación fue
perdiendo capacidad de oferta competitiva. Y
con ello, perdió capacidad de generar
ingresos en el tiempo; es decir, riqueza. Y
además, como no ahorrábamos mucho,
y éramos incapaces de atraer inversiones:
nos empobrecíamos año a año.
Con un Estado crecientemente pesado, y sobre
regulador (léase: distorsionador de la
economía), toda señal de éxito
era derrumbada. Aniquilado. No hace muchos años
atrás, a un gran magnate pesquero se
le robó y se le asesinó. A los
agricultores de mediano éxito, primero
se les lamo les llamó patrones y luego
se les robó. Pero esto no era todo. Nuestra
visión de lo social estaba tan profundamente
desubicada, que ni siquiera fuimos capaces de
aprovechar lo que nos sobraba. A lo largo de
muchos años, nuestro país pudo
catalogar como un país primario exportador
que registraba lo que los economistas llamaban
un sostenido exceso de oferta laboral (alta
falta de empleo). En español más
sencillo, estimado cyberlector, teníamos
más trabajadores que puestos de trabajo.
Sin embargo,
en lugar de aprovechar esta fuente de riqueza,
ya desde los años cincuenta, gobiernos
con responsabilidad social -i.e.: protectores
e intervensionistas- no sólo espantaron
la inversión y desmantelaron competitividades
sectoriales, sino que regalaron maquinarias
y "protegieron" (encareciendo los
puestos de trabajo hasta niveles absurdos) al
trabajador. Asii, mientras otros países
en el Asia y Oceanía crecieron exportando
bienes y servicios
intensivos en mano de obra, en nuestro país
esta ventaja se bloqueó y en cambio se
construyó -léase acumuló-
un problema de falta de empleo tan severo, que
a principios de los setenta ya la mitad de la
población no tenía empleo.
Lo que vino después -y que explica la
pobreza que hoy día se sufre en el Perú-
implica dos eventos. El primero, es el que,
en medio del deterioro social de nuestro país,
emergió el creciente deterioro de los
ya exiguos servicios sociales que ofertaba el
Estado peruano. A través de esta tendencia,
lo que se hizo (masivos deterioros enc alidad
y cobertura en la educación pública
estatal) no tiene parangón en América
Latina. La educación pública peruana
se corrompió y se redujo en escala a
niveles inferiores a los de algunos países
africanos. Así, construimos una vasta
oferta de mano de obra cada día menos
calificada (en promedio).
El segundo de
los eventos aquí aludidos implica algo
así como la estocada determinante. Con
las primeras manifestaciones de lo que hoy día
se denomina con la "nueva economía",
las técnicas de producción se
hicieron cada día menos amistosas con
la mano de obra no calificada. En todos los
sectores de la economía: agro, manufactura,
pesquería, servicios, construcción,
etc. etc.
Para no hacerla más larga, estimados
cyberlectores, más allá de lo
exitoso que pudieran resultar -en el futuro-
los nuevos esquemas de lucha focalizada contra
la pobreza o de creación de empleo temporal,
lo cierto es que vivimos en un país de
no empleables. Individuos frustrados, con baja
productividad y bajos ingresos.
Más allá
de los recursos naturales que aún poseamos,
para hacernos ricos requerimos invertir muchísimo
más. Requerimos capitalizar sectores
y, necesariamente -porque la reactualización
tecnológica del agro, de la manufactura
y de cualquier otro sector va a destruir millones
de puestos no calificados-, recapitalizar personas.
Educarlas, re entrenarlas y crear un entorno
económico para que los conocimientos
se apliquen.
Estimados cyberlectores, este gran reto social
nunca se ha resuelto merced a la visión
de algún iluminado sociólogo -así
tenga éste o no diploma de economista-
el camino de salida es menos romántico
o popular e implica descartar la concepción
básica que aún nos alimenta. No
somos nada parecido a un país rico. Como
esto es así, requerimos una economía
de reglas claras, escasa discrecionalidad, instituciones
capitalistas fuertes, y mercados que asignen
recursos competitivamente.
Esta receta -nótese-
para nada es complaciente ni una panacea. Seguiremos
por algún tiempo cosechando lo sembrado
por errores pasados. Sin embargo, sobre lo que
quede, personas y empresas con visión
competitiva, deberemos construir un lugar distinto.
Raimondi, tal
vez tuvo razón hace dos o tres siglos
atrás. Hoy no. En la parte de la metáfora
en la que no se equivocó, es -lamentablemente-
la de que seguimos siendo un país que
construye pobreza (mendigos). Y ya que no hay
banco de oro, habrá que construirlo.
Y ocuparlo.
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