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Carlos M. Adrianzen Cabrera, Economía & MBA, USIL

 

Como ustedes bien saben, estimados cyberlectores, el Perú es un país con altos índices de pobreza que se cree muy rico. Según las encuestas publicadas por el INEI (www.inei.gob.pe) cerca de la mitad de la población es pobre y cerca de la quinta parte es extremadamente pobre.

Así, por ejemplo, los estimados de ingreso medio para un campesino minifundista se estiman en cincuenta dólares al mes. Para la gran mayoría del resto de los peruanos -puntualmente, el 65% de la población económicamente activa del Perú- la foto no es muy diferente. El vivir en una economía recurrentemente mal gobernada, inestable y poco dinámica, en la cual las instituciones destacan por su debilidad y -no pocas veces- por su alto grado de corrupción y en la que la mayor parte de la población es no empleable (no tienen incorporados mayores entrenamientos o calificaciones laborales), implica desenvolverse en un cuadro social abiertamente frustrante y disrruptor.
Frente a este escenario se contrapone la manoseada visión de un sabio italiano. Sabio que nos visitó hace muchos muchos años, cuando no éramos tan pobres. Cuando no habíamos cometido tantos errores. Este destacado pensador, cuyo apellido si mal no recuerdo era Raimondi, sostenía que nuestro país correspondía a la imagen de un "mendigo sentado en un banco de oro".

En los años en que Raimondi pensaba esto, los recursos naturales y la baja densidad demográfica del país hacían relativamente aplicable -no sin un justificable tufillo lisonjero- esta figura.
Por aquellos años, el tener recursos naturales (mineros, pesqueros, agropecuarios, etc) era, para visiones cuasi fisiocráticas, descripciones de riqueza. Si bien la historia no contrastó esa visión como causal de la riqueza de las naciones, los peruanos sí que nos creímos el rollo. Y aunque nunca reflexionamos en lo despectivo que podría ser el que se nos describa como individuos tan inhábiles como para morirnos de hambre -la figura del mendigo- al frente de un banco de oro -supongo aquí, nuevamente, que se refería a las entonces espléndidas riquezas naturales del país- los peruanos quedamos felices: ¡éramos ricos!

Pero...¿Somos Ricos?

Esta lamentable y autocomplaciente percepción de la riqueza de la nación -y de esto no es culpable el sabio italiano- fue muchas veces la coartada perfecta para esforzarnos menos (después de todo, éramos ricos) y para creer que, si en la práctica éramos pobres, debía haber una buena razón para que "siendo ricos", en los hechos seamos pobres.
Más allá de esta suerte de trabalenguas, varias décadas de gobiernos tropicalmente socialistas lograron arraigar -y gradualmente establecer- una suerte de dogma: éramos ricos, pero los más ricos nos robaban todo. Ellos eran malos por definición. Sí ellos eran malos, el hacerse rico también lo era. Y por lo tanto el estado debía intervenir más modo de evitar que este mal prolifere: ¡Y sí que lo logró!...
Así aparecieron las reformas industriales, agrarias, mineras, de los sesenta, setenta y ochenta, todas dirigidas a anular el éxito empresarial que aún quedase. De hecho, el éxito empresarial (de la gran mayoría de las que subsistieron) se construyó "haciendo negocios" con algún generoso
burócrata, o gracias a un banco agrario o algún tratamiento tributario especial como lo que hoy día generosamente nos oferta el MEF.

Aquí, donde usualmente la debilidad institucional y la percepción del gobierno como un botín, se observa que el mejor camino para obtener utilidades no sería la frugalidad, ni la mayor competitividad, sino la asunción a un puesto público o la realización de negocios con un Estado siempre generoso.
Si existe en nuestro país una regla mantenida por todos los gobiernos a lo largo del siglo pasado hasta la actualidad, es la regla de que en un país tan pobre como el nuestro, a las empresas hay que ayudarlas. Hay que subsidiarlas o perdonarles sus deudas vía Bancos estatales (a la COFIDE o Bancos Agrarios). Además hay que "darles competitividad" vía aranceles, impuestos, u tratamientos especiales en las compras del Estado, entre otras vergonzantes prácticas de corrupción socialmente aceptada.

Los socialistas peruanos, siempre tan progresistas como incapaces de aplicar medidas que efectivamente maximicen el bienestar social, constituyeron, explícita o implícitamente, la base política ideal para el mantenimiento de este status quo.

Con diferentes envolturas que van desde explícitas declaraciones de socialismo con Velasco Alvarado o Morales Bermúdez, pasando por pragmatismos Fujimoristas o socialdemocracias apristas hasta economías de mercado con rostro humano, las acciones de gobierno se construyen sobre el supuesto de "cuidar" a las riquezas (¿?) del país. Nunca se habló de liderar el esfuerzo de construirlas. Nunca -siquiera- de utilizar eficientemente las pocas que teníamos.

La Pobreza Peruana

Muchas veces no hay nada más ilustrativo que un buen ejemplo. Hablemos del desempleo, y los bajos ingresos en el país de indómito inca. Hablemos de uno de los principales causales de la pobreza Peruana.

Desde ya hace muchos años, nuestra nación fue perdiendo capacidad de oferta competitiva. Y con ello, perdió capacidad de generar ingresos en el tiempo; es decir, riqueza. Y además, como no ahorrábamos mucho, y éramos incapaces de atraer inversiones: nos empobrecíamos año a año.
Con un Estado crecientemente pesado, y sobre regulador (léase: distorsionador de la economía), toda señal de éxito era derrumbada. Aniquilado. No hace muchos años atrás, a un gran magnate pesquero se le robó y se le asesinó. A los agricultores de mediano éxito, primero se les lamo les llamó patrones y luego se les robó. Pero esto no era todo. Nuestra visión de lo social estaba tan profundamente desubicada, que ni siquiera fuimos capaces de aprovechar lo que nos sobraba. A lo largo de muchos años, nuestro país pudo catalogar como un país primario exportador que registraba lo que los economistas llamaban un sostenido exceso de oferta laboral (alta falta de empleo). En español más sencillo, estimado cyberlector, teníamos más trabajadores que puestos de trabajo.

Sin embargo, en lugar de aprovechar esta fuente de riqueza, ya desde los años cincuenta, gobiernos con responsabilidad social -i.e.: protectores e intervensionistas- no sólo espantaron la inversión y desmantelaron competitividades sectoriales, sino que regalaron maquinarias y "protegieron" (encareciendo los puestos de trabajo hasta niveles absurdos) al trabajador. Asii, mientras otros países en el Asia y Oceanía crecieron exportando bienes y servicios intensivos en mano de obra, en nuestro país esta ventaja se bloqueó y en cambio se construyó -léase acumuló- un problema de falta de empleo tan severo, que a principios de los setenta ya la mitad de la población no tenía empleo.
Lo que vino después -y que explica la pobreza que hoy día se sufre en el Perú- implica dos eventos. El primero, es el que, en medio del deterioro social de nuestro país, emergió el creciente deterioro de los ya exiguos servicios sociales que ofertaba el Estado peruano. A través de esta tendencia, lo que se hizo (masivos deterioros enc alidad y cobertura en la educación pública estatal) no tiene parangón en América Latina. La educación pública peruana se corrompió y se redujo en escala a niveles inferiores a los de algunos países africanos. Así, construimos una vasta oferta de mano de obra cada día menos calificada (en promedio).

El segundo de los eventos aquí aludidos implica algo así como la estocada determinante. Con las primeras manifestaciones de lo que hoy día se denomina con la "nueva economía", las técnicas de producción se hicieron cada día menos amistosas con la mano de obra no calificada. En todos los sectores de la economía: agro, manufactura, pesquería, servicios, construcción, etc. etc.
Para no hacerla más larga, estimados cyberlectores, más allá de lo exitoso que pudieran resultar -en el futuro- los nuevos esquemas de lucha focalizada contra la pobreza o de creación de empleo temporal, lo cierto es que vivimos en un país de no empleables. Individuos frustrados, con baja productividad y bajos ingresos.

Más allá de los recursos naturales que aún poseamos, para hacernos ricos requerimos invertir muchísimo más. Requerimos capitalizar sectores y, necesariamente -porque la reactualización tecnológica del agro, de la manufactura y de cualquier otro sector va a destruir millones de puestos no calificados-, recapitalizar personas. Educarlas, re entrenarlas y crear un entorno económico para que los conocimientos se apliquen.
Estimados cyberlectores, este gran reto social nunca se ha resuelto merced a la visión de algún iluminado sociólogo -así tenga éste o no diploma de economista- el camino de salida es menos romántico o popular e implica descartar la concepción básica que aún nos alimenta. No somos nada parecido a un país rico. Como esto es así, requerimos una economía de reglas claras, escasa discrecionalidad, instituciones capitalistas fuertes, y mercados que asignen recursos competitivamente.

Esta receta -nótese- para nada es complaciente ni una panacea. Seguiremos por algún tiempo cosechando lo sembrado por errores pasados. Sin embargo, sobre lo que quede, personas y empresas con visión competitiva, deberemos construir un lugar distinto.

Raimondi, tal vez tuvo razón hace dos o tres siglos atrás. Hoy no. En la parte de la metáfora en la que no se equivocó, es -lamentablemente- la de que seguimos siendo un país que construye pobreza (mendigos). Y ya que no hay banco de oro, habrá que construirlo. Y ocuparlo.


 

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