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EL PERÚ POST-NOVENTAS
Carlos M. Adrianzen Cabrera, Economía, USIL

 El 31 de diciembre se cierra una etapa de la reforma económica en el Perú. Etapa con la que se puede estar en acuerdo o desacuerdo, pero de la cual no podemos evitar ni reconocer mejoras en el nivel y calidad de vida de las mayorías, ni errores en el manejo de problemas recurrentes (como el desempleo), ni, por más que queramos esconder la cabeza debajo de la tierra, dejar de entender que este periodo nos trajo un cambio de reglas -en lo económico, social, tecnológico, político y hasta en lo cultural- tan severo como difícil de anticipar pocos años atrás.

El objeto central de estas líneas es el de reflexionar -con su complicidad, estimado lector- sobre los cambios que nos trajeron los noventa, así como tratar de esbozar alguna imagen de las tendencias que envuelven a la sociedad peruana al inicio del tercer milenio

Desde el pasado reciente

 La imagen que hoy podemos recordar de los años ochenta es la de un descalabro económico, social y político. En casi todos los sectores, la capacidad de ofertar competitivamente había colapsado en un ambiente de pronunciada burocratización, inestabilidad e incertidumbre. Diez años más tarde, muchos de ustedes que hoy viven fuera del Perú, tienden a olvidar que las promesas de un futuro diferente se cumplieron implacablemente. La exportación per-capita cayó a casi un quinto del índice observado diez años atrás y el ingreso por habitante se redujo a su tercera parte. Con ello los guarismos sobre desigualdad, pobreza y mortandad infantil se deterioraron severamente. Todo esto dentro de un ambiente de desesperanza, corrupción e inestabilidad que -hace pocos meses- el ex presidente García trató de justificar por un exceso de estusiasmo. Exceso que no solamente retroalimentó el avance senderista y el debilitamiento de las capacidades del estado para atender a los estratos más pobres de la población, sino que generó tal estado de desgobierno que en muchos sectores se dejó de invertir en nuevos negocios y en algunos casos ni siquiera se trató de mantener su capacidad productiva.

 Bajo esta foto mucha gente emigró tratándose de desconectar de este drama social en que se había convertido nuestro país. La gente buscaba o resignarse o escapar de un estado de cosas que no sólo no les ofrecía mayor futuro sino que los enfrentaba a niveles de vida y de violencia en creciente deterioro.

 Y llegaron los noventa

 En retrospectiva, los noventa distan mucho de haber sido ése periodo ideal y corto en el que nos dicen los demagogos- nuestro país habría resuelto definitivamente sus diversos problemas económicos y sociales.

 Han sido más bien diez largos años de marchas y contramarchas, bajo equipos y filosofías distintas en el gobierno, en los que se alcanzaron ciertos éxitos en materia económica. En ella la inflación se redujo a niveles moderados (4% anual) y el producto por persona se incrementó en más de tres por ciento al año. Sin embargo, en comparación a la situación heredada de los ochenta (post desembalses), los indicadores de pobreza disponibles aún reflejan niveles inquietantes (según el INEI el 36% de la población es pobre). A pesar de lo anterior, merece destacarse que -entre 1991 y 1997- cerca de un quinto de la población dejó de estar debajo de la línea de pobreza, un 10% dejó de tener una necesidad básica insatisfecha y la tasa de mortandad infantil se redujo de 12 a 6 por mil habitantes.

 Desdichadamente, el desempleo persistió como problema mayor. Este se mantuvo en los elevados niveles arrastrados desde fines de los setenta (desde entonces, alrededor de uno de cada dos peruanos accede a un trabajo estable). La explicación para este fenómeno nos remite una reforma a medias y la persistencia de marcados desincentivos a la exportación (mayores tributos y desalineamiento cambiario), a la inversión en nuevas máquinas y en conocimientos (tributos y déficit institucional) y el ahorro (presupuesto estatal abultado). Sin embargo, como en estas líneas no vamos a caer en la tentación de hacer otra aburrida descripción de los aciertos y errores de los manejos de la nación, nuestro paso siguiente enfoca tres reflexiones sobre lo observado en los noventa para los primeros años del tercer milenio.

 Primero y contrariamente a lo que se cree, dadas las inconsistencias monetarias y fiscales de la segunda mitad de la década -así como su pobre inclinación, por decir lo menos, en continuar con el proceso de reformas y privatizaciones- el principal predictor de las mejoras observadas en términos del nivel de vida en el país se asociaría a factores ajenos a nosotros. En ninguna otra década reciente de nuestra historia el país recibió tantos recursos e innovaciones tecnológicas del exterior. Reinsertarnos y abrirnos, aunque sea parcial y contradictoriamente, significó para nuestra balanza de pagos un influjo neto acumulado (1991-1999) de mas de 36 mil millones de dólares. De éstos, solamente alrededor de 7 mil millones implicaron inversiones directas. Aquí el reto implica no solamente crear condiciones para atraer recursos del exterior sino el desarrollo de entornos que impliquen inversión y no saltos temporales del gasto.

Segundo, la creciente integración de los flujos de recursos y tecnologías a lo largo del planeta (denominada globalización) implica que la noción de que tenemos mercados "nuestros" carece de mayor sentido práctico. Nuestros competidores y clientes se ubican a lo largo del planeta. Nos guste o no. Por ello, la agenda dirigida a profundizar mercados y desarrollar competitividad es crucial para el País. Aunque esto implique ganadores y perdedores.

 Y tercero, sí, como la evidencia y las teorías sugieren, la fuente de las ventajas nacionales en competitividad se estructura, cada día más, sobre las dotaciones de población educada, nuestros perfiles post-noventa son inquietantes. Mientras, los países desarrollados invierten en nuevos negocios privados y en conocimientos más del 50% de sus PBIs, nuestro país no alcanza el 15% de ese índice. Este, posiblemente sea el reto mayor que el Perú post-noventa tendrá que enfrentar y corregir.