OCTUBRE DE 1879
Las impunes incursiones del extraordinario blindado peruano,
protagonista indiscutido de esta particular guerra de curso, continuaban exasperando al
pueblo y al gobierno de Chile. Las violentas manifestaciones del mes de julio frente al
palacio presidencial en protesta por el estado de inercia de la guerra y las humillaciones
sufridas motivaron interpelaciones en el congreso y la censura del gabinete ministerial.
Se produjeron renuncias de ministros y se efectuaron inevitables cambios en las jefaturas
del ejército y la escuadra. Los conductores de la guerra, imposibilitados de iniciar la
campaña terrestre, coincidieron en que hundir al Huáscar era, definitivamente, la
primera prioridad militar. En ese momento, Chile y su marina no estaban en guerra contra
el Perú; lo estaban contra Grau y el Huáscar. La escuadra chilena, en su totalidad,
consecuentemente se concentró en un sólo objetivo: Cercar y aniquilar al escurridizo
barco. No podía aceptarse que una sola nave mantuviera en raya a todo un país.
Como primera medida el contralmirante Williams Rebolledo fue
reemplazado como jefe de la escuadra por el capitán de navío Galvarino Riveros
Cárdenas. El primer acto del flamante comandante general fue levantar el bloqueo de los
puertos peruanos y retornar los barcos a sus bases para reacondicionarlos y limpiar sus
fondos.
El 30 de septiembre Riveros reunió a su escuadra en el
puerto de Mejillones. Tras intensas deliberaciones con su Estado Mayor, se acordó dar
caza al Huáscar mediante un plan que contemplaba la conformación de dos divisiones
navales, la primera, bajo el mando del propio Riveros, integrada por el Blanco Encalada,
la Covadonga y el Matías Cousiño. La segunda, denominada División Ligera, por ser más
rápida, a ordenes del Capitán de Fragata Juan José Latorre, compuesta por el Cochrane,
el Loa y la Ohiggins. La idea era avanzar hacia el área de acción del Huáscar, entre
Arica y Antofagasta, y cercarlo. Como primer paso se decidió marchar rumbo a Arica, donde
se esperaba hallar al blindado y bombardear el puerto, aún a costa del peligro que
representaban los cañones de tierra, para forzar al Huáscar a dar combate.
Ese mismo día 30 de septiembre, Grau, que efectivamente se
encontraba en la rada de Arica, remitió al comandante general de la marina el que sería
su último parte de guerra, en el cual reiteró la necesidad de recibir las potentes
granadas Palliser para los cañones de la Torre Coles, por ser las únicas capaces de
atravesar el blindaje del Blanco Encalada y el Cochrane en caso de combate.
Simultáneamente, Grau recibió órdenes de partir en convoy con la Unión y el transporte
Rimac rumbo al sur, en una séptima expedición dirigida a sabotear los puertos chilenos
entre Tocopilla y Coquimbo. Nuevamente se le reiteró la orden de rehuir combate con los
acorazados enemigos para no comprometer la integridad del único blindado que le quedaba
al país.
Cuando la fuerza de Riveros llegó a Arica en la mañana del
cinco de octubre, se encontró con la sorpresa que, una vez más, el Huáscar se les
había escapado de las manos. Pero el comodoro chileno esta vez no se dio por vencido,
abandonó el puerto, dividió a su naves conforme lo establecido en los planes y continuó
la búsqueda de la difícil presa.
El Huáscar mientras tanto, luego de dejar al Rimac en
Iquique, arribó en compañía de la Unión a la caleta de Sarco. Ahí capturaron a la
goleta Coquimbo. Posteriormente llegaron al puerto de ese mismo nombre y al no encontrar
objetivos militares, continuaron más hacia el sur, hasta la galeta de Tongoy, localidad
cercana al importante puerto de Valparaíso. Cumplido el objetivo de la expedición, Grau
y García y García dirigieron sus naves rumbo al Perú.
EL COMBATE
Mientras los barcos peruanos navegaban de regreso, ignoraban
que, silenciosamente, el cerco tan rigurosamente planeado se iba estrechando sobre ellos.
Las dos divisiones chilenas avanzaban desde diferentes direcciones, en posición abierta,
dispuestas a cercar a su objetivo. El Huáscar debía estar en alguna parte y esta vez no
estaban dispuestos a perderlo. Al amanecer del 8 de octubre, frente a las costas de
Antofagasta, siempre rumbo al norte, los peruanos divisaron tres humos que se desplazaban
desde esa dirección hacia ellos. Eran el Blanco Encalada, la Covadonga y el Matías
Cousiño, que, finalmente, había avistado a los peruanos. De inmediato Grau dispuso una
maniobra evasiva en zigzag hacia el sur-oeste y ordenó a toda máquina. Haciendo proa
sucesivamente al oeste y al norte, en tres horas el Huáscar logró evadirse y mantuvo una
distancia de ocho millas sobre sus perseguidores. A las 07:15 horas, sin embargo la nave
peruana divisó otros tres barcos que avanzaban desde el nor-oeste, aquellos
pertenecientes a la segunda división chilena, precisamente al sector hacia donde un
momento antes había puesto proa el blindado. De inmediato Grau ordenó virar hacia el
este y aumentar aún más la velocidad. Sin embargo, en menos de una hora el Cochrane,
cuyo andar superaba al del Huáscar en casi dos nudos, acortó distancia hasta ponerse a
escasos kilómetros de su enemigo. El Blanco Encalada y la Covadonga por su parte, iban
acercándose amenazante en dirección a la popa, al tiempo que la Ohiggins y el Loa se
dirigieron a cortar el paso a la Unión.
El contralmirante Grau dispuso virar al norte sin resultados.
Pronto comprendió que su nave, menos rápida, no podría eludir lo que evidentemente era
una trampa cuidadosamente preparada. De inmediato ordenó a la Unión -de mayor velocidad-
continuar por ese rumbo hacia Arica. García y García cumplió las órdenes de Grau
sabiendo que su buque de madera sería destrozado fácilmente si comprometía combate con
los blindados y seguro de que el repliegue era el único modo de salvar el barco para el
país, lo que el hábil marino finalmente lograría, sin que la Ohiggins y el Loa pudieran
impedirlo.
Siendo inevitable el encuentro, Grau ordenó zafarrancho de
combate, izó el pabellón de guerra y con gran coraje se dispuso a dar batalla contra
fuerzas ampliamente superiores (26).
Pronto, aquel barco de 1,130 toneladas y cinco cañones de
diverso calibre se enfrascaría en un desigual duelo contra dos potentes acorazados y una
goleta, que en conjunto superaban las 7,500 toneladas, que poseían un total de 47
cañones, seis ametralladoras y ocho tubos lanza-torpedos, y que estaban protegidos, los
acorazados, por el doble de blindaje.
Y quizás, mientras se efectuaban las maniobras precederas a
la batalla, algunos tripulantes se detuvieron a ver, por última vez, la inscripción que
destacaba sobre el timón de popa del Huáscar:
"El hombre honrado, leal y valiente inspira honor y
orgullo a sus compatriotas. El traidor y cobarde es el baldón y deshonra de su
patria".
A las 9:25 de la mañana el Huáscar inició majestuosamente
la contienda y a mil metros de distancia disparó una andanada de proyectiles contra el
Cochrane, algunos de los cuales alcanzaron la galera del blindado, pero sin dañarlo. El
Blanco Encalada y la Covadonga, mientras tanto, continuaban acercándose. El Cochrane por
su parte no respondió los tiros y fue acortando distancia. A las 9:40 horas, cuando se
encontraba a 200 metros a babor del Huáscar, Latorre ordenó cañonear a su adversario.
La diestra conducción de Grau sin embargo permitió al
blindado realizar hábiles y temerarias maniobras, al extremo que intentó atacar con el
espolón al Cochrane, pero la mayor velocidad de la nave, provista de doble hélice
permitió esquivar lo que quizás hubiera sido una embestida mortal. La acción entonces
se hizo general y los cañones chilenos se trabaron en feroz intercambio con los Armstrong
peruanos. Pronto las granadas Palliser y Sharpnell del Cochrane impactaron en el barco
peruano y causaron efectos demoledores. Una de estas perforó el blindaje del casco de la
torre de artillería e hirió a los doce marineros que servían la ronza de los cañones.
Otra descarga cortó el guardin de babor de la rueda de combate, lo que ocasiono varias
bajas, un incendio y trabó el mecanismo de maniobras en razón que los cuerpos de los
caídos quedaron apiñados alrededor de la torre.
El Huáscar sin embargo respondió y uno de sus proyectiles
de 300 libras entró en la casamata del Cochrane a través de una apertura, explotó, la
daño, y mató a todos sus operarios. Por unos instantes el sorprendente Huáscar pareció
recuperar ventaja. Pero el Blanco Encalada y la Covadonga, ahora a sólo 200 metros de
distancia de la aleta de estribor del blindado peruano, entraron en acción.
El Huáscar quedó así encerrado entre los dos blindados
chilenos, con el paso cortado por la corbeta. Entonces dirigió sus cañones contra el
Blanco Encalada y también buscó embestirlo con el espolón, pero éste, al igual que el
Cochrane, logró esquivar el ataque.
Otra maniobra del Huáscar lo colocó en el centro de los dos
acorazados, giró su torre y disparo hacia uno y otro. Sin embargo, los proyectiles
rebotaban sin poder atravesar sus fuertes corazas. Dicha posición, no obstante, impidió
por unos instantes que el Blanco y el Cochrane dispararan por temor a dañarse mutuamente.
En cierto momento del combate, una mala maniobra del Blanco Encalada estuvo a punto de
provocar una colisión con el Cochrane, lo que se evitó gracias a la pericia del
comandante de esta última nave. Esta situación no duró mucho. Las dificultades de
manejo no permitían al Huáscar mantener una dirección constante. Los acorazados
entonces cambiaron de posición y continuaron el fuego.
Aproximadamente a los veinticinco minutos de combate, un
proyectil de fragmentación del Cochrane cayó a boca de jarro sobre la torre de mando,
atravesó su blindaje, causó una horrenda explosión y mató al gallardo almirante Grau y
a su ayudante, el teniente Diego Ferré. El proyectil inutilizó además completamente la
rueda de gobierno y los telégrafos de las máquinas.
Muerto el heróico almirante, asumió el mando el segundo de
a bordo, el capitán de corbeta Elías Aguirre, bajo cuyas órdenes se continuó un
combate tenaz y sostenido. Sin embargo, en pocos minutos el gallardo comandante Aguirre
corrió igual suerte que Grau y fue destrozado por un proyectil. Asumió entonces el mando
el tercer oficial, el capitán Melitón Carvajal, quien pronto cayó herido víctima de
una cerrada descarga, y debió ser reemplazado por el siguiente oficial en jerarquía, el
teniente primero Melitón Rodríguez, que al igual que sus predecesores encontró una
heróica muerte en su puesto de mando. Para entonces el combate se había vuelto una
carnicería y el Huáscar, prácticamente sin control debido a los impactos en su línea
de flotación, quedó a merced de los cañones del adversario. Dentro del blindado, el
cirujano de la nave, Santiago Távara, hacía esfuerzos sobrehumanos por salvar la vida de
los tripulantes heridos cuyo numero se multiplicaba conforme proseguía la titánica
lucha.
Aún en tales condiciones el espartano Huáscar continuó el
combate sin dar ni pedir cuartel, no obstante ya no podía maniobrar, ni girar y se
hallaba prácticamente ingobernable debido a la destrucción de los aparejos y cáncamos
de la caña y cadena del timón. El número de proyectiles que lo impactaron era
interminable, pues apenas había sección que no hubiera sido destruida. Dos de estos
ocasionaron incendios en las cámaras del comandante y de los oficiales, destruyéndolos
completamente. Otra granada penetró en la sección de la máquina -que en total fue
remecida por cuatro cañonazos-, produciendo un nuevo incendio.
El teniente primero Diego Garezón ahora comandaba el barco,
cuya cubierta destrozada por los proyectiles estaba regada de sangre, cadáveres y
heridos. A las 10:10 de la mañana la bandera peruana cayó del mástil, hecho que fue
interpretado por los chilenos como símbolo de rendición, pero el valiente teniente
Enrique Palacios, entre una lluvia de balas -siete de las cuales lo atravesaron en el
momento- la izó nuevamente sobre el maltrecho mástil y continuó el combate (27).
Garezón, en gesto fútil, intentó por última vez recurrir
al espolón, pero el Huáscar no respondía más, convertido en un cementerio de acero
flotante, cuya única señal de vida eran los sobrevivientes que a duras penas hacían
sentir el rugir de sus maltrechos cañones y metrallas. Otros dos incendios se desataron,
uno bajo la torre del comandante y el otro a la altura de la proa. Pronto el último
cañón de la torre Coles fue destruido, uno de los calderos reventó y terminó por
cubrir la nave de humo, mientras el fuego y los gritos de los heridos se convirtieron en
los últimos alientos del moribundo blindado. Habían transcurrido noventa minutos de
épico combate y ya sin posibilidades de continuar la resistencia, Garezón y los tres
oficiales de guerra que quedaban en pie, acordaron hundir la nave. En consecuencia se dio
la orden al primer maquinista para que abriera las válvulas, lo que este hizo de
inmediato, luego de detener la máquina por completo (28).
A las 10:55 el Cochrane y el Blanco suspendieron el cañoneo
y comprendiendo que el Huáscar pronto se iría a pique, enviaron una dotación armada en
lanchas para abordarlo. Cuando los marinos chilenos rindieron a los sobrevivientes
peruanos, impedidos de resistir el abordaje, el Huáscar ya tenía 1.20 M. de agua y
estaba a punto de hundirse por la popa. Revolver en mano, los oficiales chilenos ordenaron
a los maquinistas cerrar las válvulas y posteriormente obligaron a los prisioneros a
apagar los fuegos que consumían diversos sectores de la nave. La lucha había concluido y
la extraordinaria presa de guerra había sido capturada.
Durante el combate los acorazados chilenos lanzaron 150
cañonazos contra el Huáscar, y le impactaron 76, de los cuales 20 eran granadas Palliser
de 250 libras, que penetraron fácilmente su coraza. El resto fueron proyectiles de
diverso calibre, más un número indeterminado de balas de metralla, que no dejaron
ninguna sección del blindado intacta. De sus 200 tripulantes, alrededor de 40 murieron,
-entre ellos cuatro de los doce oficiales que integraban el Estado Mayor y de Guerra- y el
resto tuvo heridas de diversa consideración. Los sobrevivientes fueron llevados al puerto
de Mejillones para enterrar a los muertos y efectuar reparaciones temporales al Huáscar,
el que luego fue conducido con los prisioneros a Valparaíso.
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