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EL INICIO DEL DRAMA
El 26 de mayo de 1880 se llevó a cabo en las afueras de
Tacna, en los cerros del Intiorco, el encuentro mas trascendente de la guerra, la batalla
del Alto de la Alianza, donde unos nueve mil peruanos y bolivianos se enfrentaron a veinte
mil chilenos, en la que sería, hasta entonces, la acción de armas de mayor envergadura
entre las fuerzas contrincantes. El triunfo, esta vez decisivo desde el punto de vista
estratégico, correspondió a Chile, cuyas tropas procedieron de inmediato a ocupar la
ciudad de Tacna. De este modo el ejército chileno cumplió con el objetivo trazado,
logró una continuidad territorial entre su país y el departamento de Moquegua, y
virtualmente consolido la ocupación de todo el sur del Perú, desde el río Moquegua por
el norte y Tarata por el este.
Sin embargo, aún persistía un escollo, el que una vez
concluida la batalla se mostró en su verdadera magnitud: Arica, donde el destacamento al
mando de Bolognesi sostenía el que había pasado a convertirse en el último reducto
peruano en esa región. Arica se constituyó así en el enclave que interrumpía la
continuidad geográfica entre el territorio ocupado y el chileno e impedía la necesaria
comunicación entre el ejército y la escuadra que bloqueaba la plaza peruana.
Ese mismo día, el nuevo ministro de guerra en campaña de
Chile, José Francisco Vergara, envió desde Iquique una comunicación al ministro de
guerra en Santiago, dando cuenta de la situación tras la batalla del Alto de la Alianza.
En el referido telegrama, Vergara expresó:
... Si Campero y Montero se rehacen en el pie de la
cordillera donde tienen posiciones casi inexpugnables y sí, como me informó el coronel
Urrutia había en Moquegua 1,500 hombres, mientras no tomemos Arica nuestra situación se
hace crítica porque con la posesión de Tacna no adelantamos mucho y nuestros
aprovisionamientos por Ilo e Ite principiarán a correr riesgo.... La resistencia de Arica
depende de la entereza del jefe de la plaza, que si es de buen temple nos puede resistir
muchos días. Por los informes recogidos se sabe que tienen algunos hombres y desde el mar
se ve alguna caballería ...
Consolidada la ocupación de Tacna, el Estado Mayor chileno
consideró fundamental obtener una salida necesaria hacia la costa -Arica era el puerto
natural de esa provincia-, separados como estaban por decenas de kilómetros de desierto,
faltos de alimentos y con las tropas esparcidas por caseríos y pueblos. La idea era
ocupar de inmediato esa plaza con el fin de dominar por completo el teatro de operaciones
y desalojar a los peruanos de su último baluarte en la región. La salida al mar por
Arica se hacía imprescindible para recobrar la línea de comunicaciones y adelantar al
norte la base de operaciones de Pisagua, rompiendo de paso, el enlace entre las fuerzas
aliadas. Ante éstas circunstancias, el Estado Mayor chileno preparo la marcha sobre
Arica.
LAS COMUNICACIONES
DE LA PLAZA
El escenario en el lado opuesto era el más desolador. Tras
el catastrófico revés militar del Alto de la Alianza, el ejército regular peruano cesó
de existir como una fuerza operativa, las desmoralizadas tropas bolivianas se retiraron
para siempre hacia el altiplano y la guarnición de Arica quedó aislada y rodeada por mar
y tierra.
Al conocer de la derrota, el coronel Bolognesi y sus
oficiales anticiparon, acertadamente, que el siguiente movimiento del ejército chileno
sería atacarlos. Sin embargo ignoraban que se habían quedado solos y sin posibilidad de
refuerzos, pues las tropas del contralmirante Montero se dirigían hacia Arequipa a
reorganizarse, en vez de regresar a Arica como al parecer había sido previamente acordado
(4). Todo indica que al inicio la oficialidad de Arica no comprendió la real magnitud de
la derrota de Tacna. Tampoco tuvo conocimiento del desbande del ejército peruano ni de la
deserción del boliviano, lo que se explica por el hecho que las comunicaciones enviadas
solicitando información jamás fueron contestadas y que los únicos datos disponibles
provenían de soldados dispersos incapaces de dar un panorama real de la situación. Aún
así, aunque presas de incertidumbre, los oficiales eran conscientes que debían mantener
aquella posición a la cual asignaban -y no sin razón- un gran valor estratégico (5).
El contenido del primero de los telegramas del jefe de Arica,
suscrito por su jefe de Estado Mayor, coronel Manuel Carmen La Torre sustenta lo afirmado:
Arica, 26 de mayo. Señor general Montero, Pachía.-
Dice el coronel Bolognesi que aquí sucumbiremos todos antes de entregar Arica. Háganos
propios. Comuníquenos órdenes y noticias del ejército y de los auxilios de
Moquegua.
Frente a las circunstancias poco claras Bolognesi y su Estado
Mayor vislumbraron dos posibles escenarios a encarar en los próximos días. El primero,
habría sugerido un plan de operaciones mediante el cual el ejército chileno avanzaría
desde Tacna hacia Arica, en cuyo proceso el contralmirante Montero o el II Ejército del
Sur lo hostilizarían por los flancos. Esto obligaría a los chilenos a batirse en
retirada, encontrándose con la guarnición de Arica, donde serían derrotados. El
segundo, pudo basarse en la siguiente hipótesis: El ejército chileno sitiaría la plaza
o la atacaría; la guarnición resistiría con todos los recursos a su disposición,
causando bajas y agotando al enemigo y tropas peruanas en avance sobre Arica
sorprenderían al diezmado ejército chileno. La idea, en consecuencia, habría sido
intentar mantener la posición hasta que llegasen las fuerzas que con tanta insistencia
Bolognesi solicitaría en sus mensajes.
La posible estrategia de formar un triángulo de fuerzas
peruanas fracasaría. Como el contralmirante Montero jamás pensó en retornar hacia
Arica, y dio el puerto por perdido, era imposible que flanqueara al enemigo como lo
suponía la primera hipótesis. La destrucción del telégrafo de Tacna le impidió
informar a Bolognesi de su decisión. En todo caso, ambos escenarios sustentan el hecho de
porqué Bolognesi desplegó sus esfuerzos en reforzar las defensas en el área norte,
colocando ahí a la más fogueada y disciplinada Octava División, al considerar que los
chilenos aparecerían por ese lugar ante el supuesto empuje de las tropas peruanas.
En la mañana del 27 de mayo, Bolognesi despachó al coronel
Segundo Leiva, jefe del II Ejército del Sur, por intermedio del prefecto Orbegoso de
Arequipa, el primer mensaje de una serie que no tendrían respuesta.
Esfuerzo Inútil, Tacna ocupada por el enemigo. Nada
oficial recibido. Arica se sostendrá muchos días y se salvará perdiendo enemigo si
Leiva jaquea, aproximándose a Sama y se une con nosotros.
Dentro de esta difícil situación, ante falta de
instrucciones precisas, pero teniendo en cuenta ordenes impartidas por Montero dos días
antes de la batalla del Alto de la Alianza, la noche del 28 de mayo los peruanos
celebraron un consejo de guerra, en el cual todos los oficiales -con una sola excepción,
la del coronel Agustín Belaúnde, primer jefe del batallón Cazadores de Piérola-
acordaron resistir hasta las últimas consecuencias y aprobaron el plan de defensa. Cada
uno de ellos quedó pues resuelto al sacrificio. El coronel Belaúnde, un decidido
pierolista arequipeño a quien se otorgó rango militar y el mando del Cazadores no sólo
fue la voz discordante en el referido consejo, sino que poco después desertó y con el
arrastró a algunos oficiales de su entorno, evadiendo la batalla (6).
Para esa fecha la guarnición ya había quedado totalmente
aislada de los remanentes del ejército peruano, pero aun mantenía comunicaciones por
telégrafo con la prefectura de Arequipa y todavía le era posible un repliegue a otras
áreas. A efecto de frenar el previsible avance chileno, Bolognesi ordenó al ingeniero
Teodoro Elmore que destruyera el puente Molle, cerca a Tacna, y que hiciera lo propio con
el puente de Chacalluta, los terraplenes cercanos a la estación de Hospicio y la línea
férrea que comunicaba con Tacna.
Un documento que puede dar idea del desconcierto con respecto
a Arica lo constituye la carta dirigida desde Tarata por el prefecto de Tacna, Pedro A.
del Solar al Director Supremo Nicolás de Piérola, con fecha 31 de mayo, es decir siete
días antes de la batalla, donde escribió:
Nada sabemos hasta ahora de Arica, pero su perdida es
inevitable.
Arica venía sufriendo además un bloqueo naval por parte de
las naves Cochrane, Covadonga, Magallanes y Loa. Después del combate del 27 de febrero de
1880, cuando un proyectil del Manco Capac impactó en el Huáscar y mató a su nuevo
comandante, Manuel Thomson, no se había vuelto a repetir un cruce de fuego entre la
escuadra chilena y las defensas del puerto. Estos hechos no hicieron sino confirmar que
Arica era impenetrable por mar, y que los barcos de guerra sólo podían limitarse a
aislar las comunicaciones marítimas y dar apoyo de artillería ante un ataque de sus
ejércitos. Pero el bloqueo, -por lo demás roto en dos ocasiones por la corbeta peruana
Unión- no había afectado en mucho la vida en Arica, habido cuenta del aprovisionamiento
natural proveniente de los valles del Azapa y Chacalluta.
El mismo día 28 de mayo el general Manuel Baquedano, ordenó
una avanzada de reconocimiento de caballería sobre Arica, compuesta por 50 Carabineros de
Yungay al mando del capitán Juan de Dios Dinator, la cual llegó hasta la estación de
Hospicio y la ocupó. Asimismo, dispuso que los oficiales del batallón de ingenieros
militares tomaran posesión de la estación del ferrocarril y avanzaran hacia los puentes
del Molle y de Chacalluta. Ambos puentes y los terraplenes del ferrocarril destruidos
previamente por Elmore, fueron reparados el primero de junio por los pontoneros chilenos.
El dos de junio, en coordinación con el ministro de guerra
en campaña, el general Baquedano ordenó movilizar las tropas de reserva que no
combatieron en el Alto de la Alianza más algunos cuerpos de elite y marchar hacia Arica
para capturarla. Aquella fuerza estaba compuesta por los regimientos Buin, Tercero de
Línea, Cuarto de Línea, Lautaro, el batallón Bulnes, una brigada de artillería de
campaña, una batería de montaña, dos escuadrones del regimiento Carabineros de Yungay,
el regimiento de Cazadores a Caballo, un escuadrón del Granaderos a Caballo y un
escuadrón del Cazadores del Desierto, un aproximado de 6,000 hombres, incluyendo a los
zapadores y pontoneros (7). Estos regimientos, integrados por fornidos ex obreros
salitreros expulsados de Tarapacá, conocedores del terreno y con ansias de revancha,
estaban ansiosos de entrar en combate. La fortaleza física de estos hombres era notoria,
como lo era la expectativa de combatir y retornar a la tierra de donde fueron
expulsados.
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