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la terrible batalla cesó definitivamente, Arica presentaba un
espectáculo impactante. Cientos de cadáveres regados por
doquier, ríos de sangre, llamaradas sin apagar y humaredas
que no se disipaban (16).
La
mortandad de los peruanos fue terrible y registra una de las más
altas en relación al número de combatientes, reflejo de la
determinación con la que se defendió la posición. De los
1,650 hombres que tomaron parte activa en la batalla por el
lado peruano, murieron 1,000 y mas de 200 quedaron heridos. La
mayoría de los altos oficiales perecieron. De los diecinueve
oficiales, comandante general, jefes de división, de batallón
o batería, murieron 13. De los jefes de la Octava División
solo sobrevivió el coronel Roque Sáenz Peña, herido; de la
Séptima División únicamente lo hizo el coronel Várela,
gravemente herido. Del Estado Mayor sólo salvó la vida su
jefe, Manuel La Torre, a quién los chilenos confundieron con
un hermano peruano del comandante de su escuadra. Por su parte
los chilenos registraron 474 bajas.
La
batalla de Arica fue, dentro de la proporción que amerita el
número de combatientes y su relación con la mortandad
registrada, una de las más cruentas del siglo XIX. Pocos
combates han observado tan alto número de bajas y el
aniquilamiento casi total de batallones como fue el caso del
Artesanos o el Granaderos de Tacna. En pocas batallas,
incluidas las de la era napoleónica, perecieron casi todos
los altos oficiales, como fue el caso de los peruanos y en muy
pocas el número de prisioneros fue tan reducido
comparativamente a los muertos. Las dramáticas cifras no
hacen sino demostrar que no se dio ni se pidió cuartel.
La
toma de Arica fue considerada y con razón una de las mayores
hazañas de la Infantería chilena. El congreso de ese país
ascendió a Manuel Baquedano a general de división. A corto
plazo, Chile obtuvo el control de todo el sur del Perú, y, a
mediano plazo, su estrategas pudieron concentrarse en atacar
la capital, Lima, lo que en efecto ocurrió apenas seis meses
después. La victoria permitió asimismo que Chile se anexase
en el futuro esa rica provincia peruana.
Los
hechos mencionados demuestran que Francisco Bolognesi y sus
oficiales no estaban equivocados, ni mucho menos, al haber
insistido en la dramática defensa de Arica. Sabían
perfectamente que la caída de esa plaza artillada sería
catastrófica -como lo fue- para la causa del Perú. Por
desgracia para los peruanos nadie quiso escuchar. La valiente
guarnición, abandonada a su suerte, fue víctima de la
improvisación y de los desaciertos en la conducción del
conflicto -responsabilidad política del líder peruano Nicolás
de Piérola-, de la incompetencia de oficiales novatos -como
Segundo Leiva- y hasta del imperdonable silencio y la
descoordinación de los altos mandos militares, incapaces de
haber enviado al menos una orden al olvidado destacamento.
El
mérito del episodio de Arica radica en que, dentro de tan caótica
situación, sus oficiales, aún conscientes que el sacrificio
podía ser estéril frente a la superioridad material y estratégica
del adversario, persistieron tercamente en realizar un
esfuerzo más allá del deber, con la determinación de
mantener esa importante posición para su país aún a costa
del sacrificio de sus propias vidas.
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