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fraccionamiento de las tropas de la división del centro en un
terreno hostil estaba demostrando ser un error estratégico
que acarrearía graves consecuencias. Así, vista la difícil
situación que enfrentaba con el avance de las fuerzas de Cáceres
y a efecto de acortar las líneas replegando las tropas hacia
lugares donde se pudiera ofrecer una sólida resistencia y
prestar debida asistencia médica a los enfermos, el
gobernador Lynch ordenó al coronel del Canto evacuar Huancayo,
replegarse a Jauja y limitarse a retener la línea del
ferrocarril de la Oroya u otro punto estratégico que
conservara el libre paso del ejército al otro lado de la
cordillera de los Andes. La ofensiva podría reanudarse una
vez concluido el frío invierno andino. Sin embargo, ante el
gran número de enfermos en sus tropas y otras circunstancias
de carácter logístico, del Canto se vio forzado a retrasar
su repliegue.
En
tal situación, el general Cáceres vio llegado el momento de
emprender campaña contra el invasor. La distribución de las
fuerzas chilenas, sugirió al general peruano la idea de
encajonar a del Canto en el valle del Mantaro, mediante un
doble movimiento de rodeo, cortándole la retirada hacia Lima,
para batirla posteriormente por partes. Para tal efecto Cáceres
dividió sus fuerzas, consistentes en 1300 soldados y 3000
guerrilleros, en tres columnas. La primera de ellas, integrada
por el batallón Pucará número 4, las columnas guerrilleras
de Comas y Libres de Ayacucho y fracciones del batallón América,
fue puesta al mando del Coronel Juan Gastó, La segunda
columna, compuesta por un batallón de regulares y un
destacamento de guerrillas, quedó a órdenes del coronel Máximo
Tafur y, La tercera columna, con el resto del ejército,
permaneció bajo el mando del propio Cáceres.
De
acuerdo al plan, la columna del coronel Gastó debía marchar
por el sector derecho de las alturas del río Mantaro y,
virando por la localidad de Comas, debía caer sobre el pueblo
de Concepción y batir al destacamento que ocupaba ese lugar.
La columna de Tafur por su parte, debía avanzar hacia el
oeste, pasar por Chongos y Chupaca, caer sobre la Oroya,
atacar a la guarnición chilena y cortar el puente del mismo
nombre para impedir el escape de las tropas adversarias hacia
Lima. El general Cáceres por su parte se dirigiría a batir a
los destacamentos chilenos en Marcavalle y Concepción. El 8
de julio la columna de Cáceres arribó a la localidad de
Chongos y se desplazó por los pueblos de Pasos, Ascotambo,
Acoria y otros sin ser avistado por el adversario, acampando
finalmente en las alturas de Tayacaja, frente al poblado de
Marcavalle, primer objetivo militar de la expedición. Desde
aquella posición los peruanos pudieron divisar claramente a
las tropas chilenas del Regimiento Santiago. En la madrugada
del nueve de julio, el general Cáceres ejecutó un ataque
simultaneo con artillería e infantería. La sorpresa fue tal,
que en no más de 30 minutos las fuerzas chilenas se vieron
obligadas a retroceder hasta el pueblo de Pucará, ubicado a
poco menos de un kilómetro y medio de Marcavalle, en dirección
a Huancayo. En este proceso los chilenos sufrieron 34 bajas.
En Pucará se trabó un nuevo combate entre las tres compañías
del Santiago y cuatro compañías de los peruanos Tarapacá,
Junín y la columna de guerrilleros de Izcuchaca. El ataque
peruano alcanzó tal intensidad que la tropa chilena debió
emprender otra apurada retirada. Las pérdidas sufridas por
los chilenos en las acciones de Marcavalle y Pucará fueron
considerables. Tuvieron 200 bajas, entre muertos y heridos.
Asimismo dejaron en el camino gran número de municiones y
otros pertrechos de guerra. Sus muertos fueron enterrados por
las tropas peruanas. Entre ellos se encontraron seis oficiales,
para quienes el general Cáceres dispuso sepultura especial y
que se les rindiera los honores correspondientes.
A
26 kilómetros al norte de Huancayo y a 45 de Pucará, se
encuentra el pintoresco pueblo de Concepción, que entonces
contaba con unos tres mil habitantes. Aquella localidad,
ocupada por los incas en territorio de los huancas y
descubierta por el conquistador español Hernando Pizarro un 8
de diciembre, día de la Inmaculada Concepción, también había
sido ocupada por una guarnición del ejército chileno,
similar a las otras tantas fraccionadas a lo largo de diversos
pueblos del hermoso valle del Mantaro.
El
cinco de julio del Canto había dispuesto que la cuarta compañía
del Chacabuco, a órdenes de Ignacio Carrera Pinto -quien por
cierto aun no había sido informado de su ascenso- relevara a
la tercera compañía del mismo regimiento en dicho pueblo,
comandada por el capitán Alberto Nebel. La compañía de
Carrera Pinto consistía en 57 soldados de tropa, un sargento,
cuatro cabos y un segundo oficial, el joven subteniente Arturo
Pérez Canto, de 21 años de edad. A ellos se sumaban los
subtenientes Julio Montt de la quinta compañía del Chacabuco,
convaleciente de tifus y Luis Cruz, de la sexta, agregado, con
apenas 18 años. También se encontraban en Concepción diez
soldados, todos ellos exentos del servicio por razones de
enfermedad.; nueve pertenecientes a diversas compañías del
Chacabuco y uno a la primera compañía del regimiento Lautaro.
En total, 77 hombres. Cuatro de los suboficiales estaban
acompañados por sus mujeres, comúnmente conocidas como
cantineras, quienes convivían con ellos, asistiéndolos
lealmente en sus faenas a más de apoyar los quehaceres domésticos
del destacamento.
La
vida en aquel pequeño y pintoresco pueblo era tranquila y
pese al natural rechazo de la población no se registraban
actos de violencia o sabotaje contra las fuerzas de ocupación.
Parecía que el destacamento recién llegado no sufriría
mayores contratiempos y la posibilidad de un enfrentamiento
inmediato con el ejército peruano se vislumbraba como remota.
No obstante, y de conformidad con las órdenes del alto mando,
se adoptaron medidas preventivas. En tal sentido Carrera Pinto
mantuvo a la tropa acuartelada y acondicionó dispositivos
defensivos en el cuartel de la guarnición. Éste funcionaba
en una casa parroquial, ubicada al costado de la iglesia a
cuyo otro extremo se levantaba una casa de dos pisos que había
sido acondicionado como enfermería, construcciones todas
situadas en plena Plaza de Armas. De la parte posterior del
improvisado cuartel emergían las faldas del cerro del León.
Ello y las bocacalles de la plaza eran motivo de preocupación,
por lo que el capitán ordenó levantar barricadas en los
accesos, contemplando un eventual escenario que implicara la
defensa del perímetro de la plaza.
Las
municiones en los diversos regimientos chilenos de la división
del centro estaban muy escasas y los soldados del Chacabuco no
eran una excepción: Cada uno disponía apenas de 100 balas,
cantidad ínfima pero apreciable si se comparaba con las 20
balas con que contaban los del regimiento Lautaro. La guarnición
de Concepción tampoco poseía caballería ni piezas de
artillería y se encontraba muy aislada, pues el destacamento
chileno más cercano se encontraba en Jauja, donde acampaban
otros 100 hombres del Chacabuco.
A
las 9 de la mañana del 9 de julio, el ataque peruano iniciado
en Marcavalle y continuado en Pucará –evidentemente
inadvertido en Concepción- empezó a diluirse en plena
persecución del enemigo que retrocedió hacia Zapallanga. Sin
embargo las compañías del Santiago lograron hacerse fuertes
en un lugar llamado La Punta, donde fueron reforzados por el
destacamento acantonado en Zapallanga. El hecho que la fuerte
división central de Huancayo se acercara para socorrer a sus
camaradas, además de otras circunstancias motivó que Cáceres
suspendiera el ataque en ese sector, con intención de
reanudar las hostilidades al día siguiente. A plazo inmediato
había logrado su objetivo y los chilenos habían sido
desalojados de dos poblados.
Después
de recoger a los sobrevivientes del Santiago, el grueso de la
división del Canto se replegó a Huancayo, pero en lugar de
continuar hacia Concepción, cual era su objetivo, el
comandante en jefe decidió permanecer en aquella ciudad y
pasar ahí la noche. Si bien no se había recibido noticias de
Concepción, nadie podía imaginar los dramáticos sucesos que
ahí pronto se desencadenarían.
En
efecto, el coronel Juan Gastó, comandante general de la
División de Vanguardia, en cumplimiento a sus órdenes,
avanzaba contra el destacamento de Concepción, con un total
de 300 soldados del ejército regular y 1000 campesinos
armados con lanzas y rejones.

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