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a las 14:30 horas del domingo 9 de julio, una tarde fresca y
soleada que en nada hacía presagiar el inicio del drama a
desencadenarse, las fuerzas peruanas aparecieron por los
cerros que rodean Concepción. Al percatarse de ello, el
sorprendido capitán Carrera Pinto rápidamente evaluó con
sus oficiales el curso de acción. La primera posibilidad que
se presentaba sugería emprender una retirada rápida pero
ordenada habido cuenta de la imposibilidad de sostener con sólo
77 soldados de infantería armados apenas con fusiles y
bayonetas y escasos de munición, un ataque de 1,300 hombres.
Esta posibilidad sin embargo fue rápidamente descartada al
considerar que los guerrilleros peruanos podían emboscarlos
en el proceso de repliegue y que sería más difícil combatir
a campo descubierto, donde las tropas se presentarían más
vulnerables. Se optó entonces por permanecer en el lugar y
mantener la posición, pues se esperaba contar con el apoyo
del coronel del Canto, que luego de evacuar Huancayo, debía
pasar por Concepción en el transcurso de las próximas horas.
En tales circunstancias los chilenos confiaron en resistir el
ataque adversario, hasta que llegara el grueso del contingente
y provocara un vuelco en lo que se vislumbraba como un
desigual combate. En consecuencia, el enérgico Carrera Pinto
ordenó a sus hombres prepararse para la lucha, al mismo
tiempo que despachó a un cabo y dos soldados para que
intentaran llegar a Huancayo y avisaran al cuartel general
sobre su difícil situación. Así, la guarnición se vio
reducida a 74 hombres sin siquiera haberse iniciado el combate.
Los
portadores del mensaje sin embargo, pese a los esfuerzos por
atravesar las posiciones peruanas resultaron muertos en el
intento y con ellos se desvanecerían las posibilidades de
ayuda. Por su parte el coronel del Canto no marcharía aquel
fatídico día sobre Concepción; A más de su decisión de
permanecer en Huancayo, irónicamente acababa de recibir una
comunicación suscrita por el propio Carrera Pinto
aproximadamente a las 13:30 horas, mediante la que notificaba
que la guarnición bajo su mando no observaba mayores
novedades.
En
Concepción, la fuerza peruana inició esporádicos disparos
desde las colinas. La guarnición chilena, obligada a
conservar municiones, no contestó el fuego. Más bien se
preparó para repeler un ataque frontal. Carrera Pinto dividió
entonces su destacamento y en principio mantuvo la opción de
defender todo el perímetro de la Plaza de Armas, para lo cual
distribuyó a sus hombres en las barricadas acondicionadas
previamente en los cuatro accesos a la plaza.
En
poco tiempo el ejército y los irregulares peruanos comenzaron
a bajar por las laderas; los guerrilleros se dirigieron hacia
el sur y los hombres del ejército regular convergieron por el
norte, con lo que aseguraron el cerco sobre el pueblo. Acto
seguido emprendieron el asalto simultáneo a la plaza. No bien
se inició aquella violenta incursión, los chilenos
respondieron a pie firme con una descarga cerrada, causando
muchas bajas en los peruanos. Estos sin embargo no se
amilanaron y continuaron en la brega, siendo rechazados una y
otra vez desde las posiciones chilenas, lo que dio inicio a la
primera fase del combate, que se prolongaría aproximadamente
una hora. El fuego chileno demostró ser bastante certero y
por lo tanto mortal. Las embestidas peruanas no podían romper
las barricadas y se veían obligadas a retroceder para
reintentar una y otra vez penetrar las defensas del adversario.
En este cruento proceso sin embargo, algunos chilenos
resultaron muertos o heridos y pronto se hizo evidente que por
más esfuerzos que hicieran no podrían mantener los accesos
indefinidamente. Los peruanos, pese a las bajas sufridas no
mostraban intención de suspender o concluir el ataque y se
vislumbraba que su aguerrida determinación y ventaja numérica
pronto les permitiría alcanzar su objetivo. Así fue, porque
pese a todos los intentos por no ceder las posiciones, los
chilenos fueron forzados a replegarse de a pocos hacia el
centro de la Plaza de Armas cargando a sus heridos y dejando
sobre los accesos -mudos testigos de la épica lucha- los cadáveres
de sus compañeros caídos en acción. En esa nueva posición
quedaron sin embargo más expuestos que antes. Teniendo en
cuenta que bajo tales circunstancias resultaba suicida
mantener la plaza, el capitán Carrera Pinto ordenó a sus
fuerzas replegarse hacia el cuartel, desde el cual continuarían
combatiendo. Los hombres obedecieron y pronto la Plaza de
Armas quedó desierta.
Una
vez dentro del cuartel los soldados trancaron las puertas y
tapiaron con muebles las ventanas dejando sólo troneras para
disparar. Los heridos capaces de combatir ocuparon posiciones
y aquellos que yacían enfermos como el teniente Montt se
unieron a la lucha. Mientras el comando peruano evaluaba un
plan de acción para capturar el cuartel mediante un asalto
convencional, los guerrilleros, indignados por las represalias,
cupos y otros abusos cometidos por la división del centro
contra sus pueblos y familias, se lanzaron una vez más,
indiscriminadamente, contra el objetivo. Esta decidida acción
fue respondida con un fuego nutrido y compacto que los obligó
a replegarse no sin sufrir cuantiosas bajas.
Suspendido
este ataque, el coronel Gastó, consciente que tarde o
temprano tomaría el cuartel chileno y previendo que este
proceso demandaría un mayor derramamiento de sangre en ambas
partes, que inclusive podía implicar el exterminio del
valiente destacamento enemigo, envió a uno de sus oficiales
para que, bajo bandera de parlamento, les planteara la rendición
de acuerdo a las leyes de la guerra y ante la imposibilidad de
que los hombres de la cuarta compañía del Chacabuco
mantuvieran por mucho tiempo su frágil posición.
El
texto de la notificación suscrita por el coronel Gastó era
corto pero explícito: "Señor Jefe de las fuerzas
chilenas de ocupación.- Considerando que nuestras fuerzas que
rodean Concepción son numéricamente superiores a las de su
mando y deseando evitar un enfrentamiento imposible de
sostener por parte de ustedes, les intimo a deponer las armas
en forma incondicional, prometiéndole el respeto a la vida de
sus oficiales y soldados. En caso de negativa de parte de
ustedes, las fuerzas bajo mi mando procederán con la mayor
energía a cumplir con su deber."
La
respuesta de Carrera Pinto fue tan dramática como tajante. En
el mismo papel que recibió la notificación de rendición
escribió:
"En
la capital de Chile y en uno de sus principales paseos públicos
existe inmortalizada en bronce la estatua del prócer de
nuestra independencia, el general José Miguel Carrera, cuya
misma sangre corre por mis venas, por cuya razón comprenderá
usted que ni como chileno ni como descendiente de aquél deben
intimidarme ni el número de sus tropas ni las amenazas de
rigor. Dios guarde a usted".
En
otras palabras, no pensaba rendirse. Frente a tales
circunstancias el mando peruano no tuvo más remedio que
disponer la reanudación del ataque. Los guerrilleros y las
fuerzas regulares que ocupaban los accesos de la plaza
emprendieron un nuevo asalto para capturar el cuartel. Aquella
aguerrida incursión realizada a pecho descubierto por hombres
en su mayoría armados sólo con rejones fue nuevamente
rechazada con feroces descargas de plomo.
Se
continuó pues combatiendo con igual ímpetu hasta que la
tarde dio paso a las penumbras de la noche; el frío se acentuó,
el silencio se apoderó de la plaza y uno y otro bando se
dedicó a atender a sus heridos y a reponer fuerzas. Los
peruanos sólo deseaban poner término al drama y los estoicos
chilenos aún mantenían la esperanza que de un momento a otro
aparecerían las tropas que los salvarían de lo que ya se
presentaba como una muerte segura. Sólo era cuestión de
tiempo. Mientras tanto sólo quedaba continuar la lucha. El
combate se reinició alrededor de las 19:00 horas, sólo que
esta vez adquirió un matiz diferente. Los peruanos
continuaron disparando contra el cuartel y avanzaron
protegidos por la oscuridad, hasta lograr finalmente alcanzar
las paredes del recinto. Los hombres del Chacabuco formaron y
armados de gran coraje salieron en grupos a repeler los
ataques a la bayoneta, con lo que hicieron retroceder a sus
atacantes. Esta secuencia se repitió en varias oportunidades
y se prolongó por varias horas y si bien en este proceso los
chilenos lograban parcialmente su cometido, es decir alejar a
los peruanos de su posición, comenzaron a sufrir bajas en
mayor proporción. En este proceso Carrera Pinto recibió dos
heridas en el brazo

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