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Batalla de Concepción - La Batalla

Los peruanos finalmente se hicieron dueños de la totalidad de la plaza, con lo cual pudieron controlar las casas aledañas al cuartel, que de este modo terminó rodeado por los cuatro lados. Así, trepados sobre los techos vecinos y desde distintos ángulos, continuaron disparando contra el objetivo y causando más mortandad entre los agotados adversarios. Carrera Pinto vio la situación desesperada. El tiempo transcurría; del Canto no aparecía, las municiones casi se habían agotado y las bajas eran proporcionalmente grandes. Sí bien el espíritu combativo de sus hombres no había mermado todo hacía presagiar que el final era inminente. En la practica los peruanos ya eran dueños de Concepción, salvo por aquella construcción que servía como cuartel chileno. Los gritos intimando a la rendición se sucedían, pero el oficial sureño, pese a su situación, prestó oídos sordos y decidió mantener su puesto hasta las últimas consecuencias. Era evidente que prefería morir antes que rendir su comando. El olor a pólvora, la sangre, el humo, los gemidos de los heridos, los gritos de los combatientes, las amenazas, el ruido de las balas, todos ellos elementos componentes de un espectáculo dantesco pero épico donde ambas partes daban muestras de un valor admirable: En unos, el tener que sostenerse espartanamente contra fuerzas infinitamente superiores con la seguridad que si no llegaban refuerzos serían exterminados; en otros, la mayoría descalzos y sin uniforme, el enfrentar con el pecho descubierto, blandiendo apenas hondas y rejones, los mortales y certeros disparos del contrincante.

Antes de la medianoche ya la mitad de la compañía del Chacabuco había perecido en la contienda. Pero los  sobrevivientes no bajaron la guardia, batiéndose a balazos, culatazos o cargando a la bayoneta, pero jamás dispuestos a ceder su posición. Fue entonces que los peruanos realizaron nuevas variantes para lograr ingresar al cuartel y dar término al drama. Abrieron forados en las paredes de adobe y exponiéndose a una muerte segura treparon sobre el techo de paja para incendiarlo y forzar su evacuación. El fuego, avivado por la cera que lanzaban los contrincantes hizo presa del cuartel y sus ocupantes apagaron lo que pudieron. El humo se intensificó. Al final no había agua. Carrera Pinto decidió entonces efectuar otra salida con objeto de limpiar nuevamente el perímetro. Al frente de su grupo se abrió paso con los corvos, avanzando por el frente y los costados del cuartel.

El resto que permaneció en el interior intentaba alejar a los heridos del fuego y detener a los peruanos que pretendían ingresar por los forados. Fue en estas circunstancias que el aguerrido capitán y varios de sus hombres cayeron muertos en acción, el primero por una bala que le atravesó el pecho (8).Las puertas del cuartel volvieron a cerrarse con no más de dos docenas de hombres aptos para combatir, ahora bajo el mando del subteniente Montt. Un tiempo después los chilenos se vieron obligados a salir para repetir la operación y en la temeraria carga Montt también resultó muerto. El mando recayó en el jóven Pérez Canto.

Nuevamente los oficiales peruanos y los habitantes de Concepción solicitaron a los chilenos rendirse pues no había razón para continuar tan fútil lucha. Los emisarios sin embargo fueron baleados en el fragor del combate y ello enervó a los atacantes que consideraron tal reacción como un acto de traición. Los ataques se prolongaron durante toda la madrugada, sin mitigarse y sin que los chilenos se decidieran finalmente a presentar bandera de parlamento.

Amaneció finalmente y con la luz del día como testigo, Pérez Canto se vio obligado a efectuar una nueva y suicida incursión fuera del cuartel. Peleó hasta donde le dieron las fuerzas y sucumbió finalmente con los hombres que lo acompañaron, todos víctimas de su arrojo.

Dentro del recinto sólo permanecía el novel subteniente Cruz con una docena de soldados y tres cantineras. Una vez más el coronel Gastó, impresionado ante el espectáculo y fastidiado por el derramamiento de sangre, quiso salvar la vida de los sobrevivientes y exhortó a Cruz a deponer su actitud combativa, le hizo ver que ya había cumplido sobradamente con su deber y que era demasiado joven para morir. Inclusive se le hizo llegar el mensaje de una muchacha amiga de este, en el que le imploraba que pusiera fín a la contienda. Fue inútil

Los chilenos prosiguieron disparando, con los cañones y percutores de sus rifles calientes por las continuas descargas. Finalmente las municiones se les agotaron por completo. A las diez de la mañana aproximadamente, el fuego había adquirido proporciones terribles. El destacamento ya no podía permanecer dentro de ese infierno pues inclusive algunos hombres eran alcanzados por las llamas o se ahogaban por efectos del humo, que hacía irrespirable el ambiente. La mayoría de los heridos ya había expirado. Entonces Cruz ordenó a las cantineras cargar a los heridos y con los pocos hombres que le quedaban salió del recinto, convertido en un verdadero infierno, para abrir paso a la fuerza hacia la Plaza. En ese proceso el aguerrido subteniente y sus acompañantes sucumbieron. Para todo efecto la batalla había concluido.

Los pocos soldados aún con vida no tuvieron más opción que soltar sus rifles vacíos entre el llanto desconsolado de las cantineras. Para aquel grupo de valientes la resistencia había terminado; habían sostenido espartana lucha hasta el límite del coraje y la determinación que puede ofrecer un hombre. Todos sus oficiales, suboficiales y la gran mayoría de compañeros estaban muertos. Se entregaron pues en busca de ser tratados como prisioneros de guerra (9).Para desgracia de ellos no se pudo contener la justa ira de los guerrilleros. Poco antes el coronel Gastó y la mayoría de soldados y oficiales del ejército regular se habían retirado en cumplimiento de órdenes superiores a sabiendas que en la práctica el combate había concluido y que era cuestión de tiempo rendir a los remanentes de la guarnición chilena. En consecuencia no se contaba con suficientes recursos como para frenar a los enfurecidos guerrilleros. A ellos los chilenos los fusilaban cuando los capturaban, les desconocían su carácter de beligerantes, quemaban sus viviendas, saqueaban sus pueblos y habían ejecutado a sus padres, hermanos e hijos. Decenas de ellos yacían muertos en aquel combate; Pagaron con la ley del talión. Ajenos al raciocinio que se pierde en circunstancias tan difíciles como las vividas, se lanzaron sobre los sobrevivientes y ante el horror del vecindario y la impotencia de los oficiales, lavaron las afrentas sufridas ultimándolos.

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