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(1)
Andrés
Avelino Cáceres (1836-1923), quizás el mejor soldado en la
historia del Perú, combatió valientemente como jefe del
Tercer Cuerpo del Ejército en la batalla de San Juan,
ocupando el extremo derecho de las defensas, entre las
divisiones de los coroneles Dávila e Iglesias, resultando
herido en la acción. En la misma noche de la batalla, propuso
al líder peruano Piérola, que le permitiera atacar a las
tropas chilenas que embriagadas celebraban el triunfo en
Chorrillos. No fue autorizado, lo que a la larga demostró ser
un grave error. En la batalla de Miraflores, el 15 de enero, Cáceres
comandó el ala derecha de las defensas, sector cuyas tropas
concentraron el mayor peso del combate en razón que el sector
izquierdo permaneció inactivo por insólitas órdenes
superiores. En dicha acción Cáceres perdió dos caballos;
varios proyectiles quemaron su uniforme, resulto herido en un
muslo y ocho de sus ayudantes resultaron muertos o heridos.
Después de la guerra Cáceres ejerció dos veces la
presidencia del Perú. Honrado y respetado por sus
compatriotas, sirvió posteriormente como ministro
plenipotenciario de su país ante las cortes del emperador de
Austria Francisco José y del Kaiser Guillermo I de Alemania,
quien durante su presentación lo reconoció como "el héroe
de Tarapacá”. Un tiempo después de su regreso al Perú,
recibió el título de mariscal, el más alto honor militar.
(2)
En mayo de 1881 el coronel Cáceres fue ascendido a
general de brigada y designado jefe político-militar de la
zona central del país por el Director Supremo Piérola. Sin
embargo, la autoridad del caudillo pronto terminaría por
diluirse y concluiría con su renuncia, suscrita en Tarma el
28 de noviembre de 1881, cuatro días antes de que los jefes
del ejército del centro reunidos en Chosica desconocieran su
condición de jefe de estado.
(3)
Los guerrilleros, fuerzas irregulares que prestaron un
patriótico y valioso apoyo al ejército del general Cáceres,
eran conocidos como "montoneros". En su condición
de tales Chile les desconocía su capacidad de beligerantes y
no estaban sujetos a las leyes de la guerra, por lo que si
eran capturados se les fusilaba sumariamente. Pocos montoneros
poseían armas de fuego y la mayoría sólo contaba con
elementos rudimentarios como lanzas, rejones y hondas. Sus
ataques a los destacamentos chilenos que cruzaban los
desfiladeros andinos fueron mortales.
(4)
Chile consideraba que la toma de Lima había puesto fin
a una guerra extensa y muy costosa, lo que le significaba
obtener reparaciones territoriales, es decir, la cesión por
parte del Perú de sus provincias sureñas de Tacna, Arica y
Tarapacá, ricas en minerales. A fin de legitimar un tratado
de Paz que incluyera las referidas concesiones y habiendo sido
desconocida por las fuerzas de ocupación la autoridad de
Nicolás de Piérola, el contralmirante Lynch alentó la
conformación de una junta de notables peruanos para que
formaran gobierno con sede en una zona libre, la Magdalena. El
abogado Francisco García Calderón resultó electo por los
notables como Presidente de la República. La necesidad de
García Calderón de imponer su autoridad en el país lo
impulsó a enviar tropas al centro, censurablemente armadas y
equipadas por el ejército chileno, como la expedición de
mayo de 1881 liderada por el oficial Manuel Reyes Santa María,
quien ocupó brevemente Junín. Comprendiendo que por la
fuerza sería imposible doblegar a Cáceres, García Calderón
le ofreció el 5 de julio de 1881 la vicepresidencia y el
comando de las fuerzas del gobierno provisional. Cáceres
rechazó la propuesta y continuó negándose a reconocer al régimen
de La Magdalena. Pese a sus infructuosos intentos de imponer
su autoridad en el país y ganar para su causa a Cáceres, lo
que significó luchas internas y divisiones entre los peruanos,
García Calderón, gobernante del Vichy peruano, no fue un
Mariscal Petain ni resultó el gobernante títere que
esperaban las fuerzas de ocupación, pues se negó a suscribir
tratado alguno que implicara la cesión de territorio peruano.
Su enérgica actitud motivó que el 6 de noviembre de 1881 el
llamado Gobierno Libre de la Magdalena fuera disuelto por el
ejército chileno y se deportara al anciano presidente a una cárcel
en Chile.
(5)
Ambrosio Letelier pasaría a la posteridad no sólo por
su ineptitud como oficial, sino principalmente por la crueldad
con que asumió su función en la sierra central peruana,
imponiendo cupos, saqueando e incendiando indiscriminadamente
propiedades y exigiendo rescates millonarios. Por ejemplo, en
Huancayo había impuesto un cupo de 100,000 Soles y 60
caballos a la población. Su nefasta actitud, incluyendo el
robo de dinero propiedad del ejército chileno fue censurada
por su propio comando, quién lo sometió a corte marcial por
corrupción.
(6)
El coronel del Canto era un experimentado militar. Había
participado en el desembarco de Pisagua y en las batallas de
Dolores, Tarapacá, Los Ángeles y Alto de la Alianza. En
enero de 1880 fue nombrado subcomandante del regimiento
Segundo de Línea. En agosto de ese año fue ascendido a
teniente coronel y tomó parte al frente de su regimiento en
las batallas de San Juan y Miraflores. En enero de 1881, a la
cabeza del Segundo de Línea, se integró a la expedición del
coronel Gana al interior de la Sierra peruana.
(7)
El Parte del comandante del regimiento Chacabuco sobre
la batalla de Chorrillos destacó que: "Merecen una mención
muy especial mis ayudantes Marcos Serrano y Carrera y
Subteniente Pérez Canto, por su valor y actividad y
particularmente el segundo (Carrera Pinto) por su serenidad y
admirable valor a toda prueba".
(8)
Tras el trágico desenlace del combate, el comandante
del Chacabuco remitió a la madre de Carrera Pinto una carta
comunicándole sobre la gesta de su hijo. La respuesta de
Emilia viuda de Carrera fue: "... Usted comprenderá el
profundo pesar que me ha causado el martirio de mi hijo, y sólo
puede consolarme un tanto la idea de haber cumplido digna y
valerosamente con sus deberes de soldado y de chileno, e
imitado en su sacrificio el noble ejemplo que le legaron sus
antepasados".
(9)
La leyenda chilena señala que el subteniente Cruz y
cuatro soldados sobrevivientes, ya sin municiones, decidieron
inmolarse, cargando a la bayoneta contra la fuerza peruana,
donde fueron ultimados. Otras versiones indican que al morir
Cruz Martínez, aun quedaron unos 5 o 6 soldados con vida, más
las cantineras, los que depusieron las armas, aunque por
desgracia, aún en su condición de prisioneros, fueron
ejecutados por las multitudes enardecidas, producto de la
coyuntura vivida en aquellos momentos y que adquirió los
mismos ribetes que en Arica, cuando los soldados peruanos
fueron asesinados en la catedral y el morro bajo la consigna
de "hoy no hay prisioneros". El asunto de la rendición
de los sobrevivientes no resta un ápice a la valiente y épica
resistencia de la cuarta compañía del Chacabuco. Estos
hombres estoicamente soportaron por más de 20 horas un ataque
de fuerzas numéricamente superiores, rechazaron los llamados
a la rendición y además de sostener férreamente su posición
realizaron admirables contraataques fuera del cuartel,
mostrando un coraje y una determinación a prueba de todo
cuestionamiento. Los pocos que se entregaron no tuvieron otra
opción. Habían luchado hasta el final. Todo estaba perdido.
Habían cumplido con su patria y bandera hasta el límite de
su resistencia y nada ni nadie, les podía exigir mayor
sacrificio.
(10)
Los corazones de Carrera Pinto, Montt, Pérez Canto y
Cruz permanecieron en Lima hasta marzo de 1883, en que fueron
trasladados con los máximos honores a Chile y depositados en
el museo militar de Santiago. En 1911, la urna con los
corazones fue llevada a la catedral de Santiago, donde hasta
hoy permanecen. El 9 de Julio, fecha de la batalla, se
conmemora en Chile el juramento a su bandera
y
los corazones de aquellos oficiales son paseados en sus
urnas en tributo a su acción.
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