El sueño cumplido del mejor del mundo

(dpa) - Durante ocho años fue el mejor del mundo y a punto de cumplir 30 años muchos lo sitúan como el más grande mediofondista de la historia. Pero a Hicham El Guerrouj el dinero, la fama y el reconocimiento no le bastaban para cumplir su sueño: le faltaba el oro olímpico.
El 24 de agosto de 2004 se cumplió esa imagen que rondaba por las noches al marroquí desde que dio sus primeros pasos en el atletismo. Su dorsal "2.469" fue el primero en cruzar la meta en los 1.500 metros de los Juegos Olímpicos de Atenas.
"Me siento como un niño", afirmó cuando pudo articular las primeras palabras. Sus lágrimas, gemidos y gestos al cruzar la meta como campeón hacían imposible identificar en él al hombre que dominó hegemónicamente una de las disciplinas más complicadas del atletismo.
El 1.500 es una prueba con duende, porque incluye aspectos de casi todas las carreras del atletismo. La táctica es fundamental, como en 5.000 y 10.000, la posición de los atletas es clave, como en 800, y el sprint en la recta de meta es casi siempre definitivo, como en los agónicos finales de 400 metros.
Ello hace de cada carrera un mundo, una partida de ajedrez que hay que leer entre líneas. El Guerrouj era el mejor intérprete de todos, por eso ganó cuatro títulos mundiales al aire libre y dos en pista cubierta, marcó un estratosférico récord mundial de 3:26,00, estableció diez de las 16 mejores marcas en la historia de la distancia y sólo perdió dos "milquinientos" desde 1996 hasta julio de este año.
El gran problema fue que esas dos derrotas fueron directamente al corazón del marroquí: en la final de Atlanta 96 se cayó y en Sydney 2000 fue superado al sprint por el keniano Noah Ngeny.
Durante todos esos años, en los que además dejó el récord de la milla en 3:43,13, su imagen creció hasta convertirse en un icono de su país. A la presión que él mismo se imponía se sumó la de todo Marruecos, con el rey Mohamed VI a la cabeza, que le llama por teléfono antes de cada carrera importante para comunicarle cuánto desea el país un triunfo suyo.
"En esa situación uno ya es un ídolo, ya no pertenece a sí mismo", explica la marroquí Nawal El Moutawakel, que en Los Angeles 84 ganó en 400 vallas la primera medalla olímpica de una mujer de un país mayoritariamente musulmán.
Todo el mundo sabía lo único que hacía temblar al marroquí, y todos intentaban aprovecharse de la situación. Pero una vez que el triunfo de El Guerrouj se consumó en el estadio Spyridon Louis, ningún rival se atrevió a decir que el triunfo no era justo para el más grande.
"Me alegré tanto como si hubiera ganado yo. Era lo único que le faltaba y se lo merecía", afirmó el keniano Bernard Lagat, el hombre que disputó el sprint al marroquí hasta el final.
En una imagen engrandecedora del deporte, el hombro de Lagat fue el primero en el que El Guerrouj lloró tras el triunfo. Uno por uno, los otros once finalistas fueron pasando para abrazarse con el nuevo campeón olímpico. "En Sydney lloré de tristeza, y éstas son ahora lágrimas de alegría", afirmó.
Hombre tranquilo y religioso, El Guerrouj no se olvidó de agradecer a Alá su ansiado triunfo y dedicarlo a su hija recién nacida, Hiba, cuyo nombre significa "regalo de Dios". "Mi hija podrá decir algún día: nací en 2004, el año en que mi padre fue campeón olímpico".
Por Martin Kloth (dpa)
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