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GARCÍA, ORGULLO Y VERDAD
Texto: Diego Peralta Murias
diego.peralta@interlatincorp.com
Habían pasado más de cuatro nerviosas horas. El flash que anunciaba la victoria de Alejandro Toledo ya era lejano en el tiempo. Los apristas esperaban ansiosos la voz de Alan García que anunciaría una bella esperanza o una dura realidad, mientras los periodistas iban tras la caza de una imagen o una palabra.
El candidato aprista dejó los ternos cruzados para enfundarse un saco de tres botones que alargaban aún más su imagen. Ingresó con una mirada apagada, su rostro lo decía todo. El poco brillo de sus ojos lo delataba, aunque aún no había dado rienda suelta a su espléndido y eterno discurso. A su derecha se paro su eterno Sancho, Jorge Del Castillo, quien prefirió el silencio de la derrota. A su izquierda, su compañera de victorias y caídas, la ex primera dama Pilar Nores, quien fue su apoyo anímico durante la campaña electoral.
Los flashes iluminaban su rostro y los micrófonos lo asediaban. Alan había abierto sus labios para nunca más cerrarlos durante la conferencia. “Tengo que reconocer hoy día la victoria de Alejandro Toledo en las elecciones”, no había silencio pues el rumor era intenso entre la prensa. Todos esperaban una terca posición aprista en busca del milagro estadístico. Una ilusión que veía a un García remontando esos míseros y gigantescos tres puntos de ventaja que le llevaba Alejandro Toledo en los resultados al 50 por ciento de la ONPE.
Con el tono conciliador que mantuvo durante toda la campaña, el candidato del APRA fue exponiendo su posición frente a la derrota. Agradeció al Partido del Pueblo por su apoyo, apoyando su mano sobre el hombro de Jorge Del Castillo, quien parecía más triste que el candidato derrotado. Alan mostró su felicidad por saber que más de 5 millones de peruanos habían confiado en él, luego de haber sido calificado como uno de los mayores ladrones del país.
Ya había quedado atrás la avalancha de periodistas, que al mejor estilo del Estadio Nacional, invadieron el local aprista ante el vano intento de la seguridad de encontrar un orden dentro del desorden. Ya los gritos de los compañeros, intensos en las tarde, se estaban extinguiendo pues su líder había aceptado la derrota.
Una señora de pelo rubio platinado, una especialista en estadísticas en potencia, horas antes de la conferencia de prensa daba sus predicciones acerca de la remontada aprista en las elecciones. “Son 10 puntos de diferencia, pero si contamos los nulos son sólo 5 y el error estadístico es de 3 por cierto por lo que Alan esta a sólo 2 puntos de Toledo”. Increíble apreciación de una esperanzada aprista que deseaba encontrar los votos hasta debajo de la alfombra.
Las horas después del flash hicieron que la presencia de los compañeros fuera pasando del heroísmo al patetismo. A las 4:30 de la tarde, Bertha Gonzáles Posada hizo gala de toda su telegenia siendo la primera aprista en dar la cara a todos las televisoras, periódicos, radios, y revistas ante los resultados de la boca de urna. “ Hay que esperar los resultados oficiales, yo tengo esperanzas de remontar” fueron las quebradas palabras de la partidaria aprista.
Las horas se hacían infinitas cuando los resultados a boca de urna se transformaban en conteos rápidos. Los vaticinios escuchados de la señora rubia parecía que realmente podrían ser realidad. La remontada aprista se cernía sobre la tarde electoral. Los 10 puntos porcentuales de ventaja de Toledo luego se convirtieron en sólo 5 por ciento, y la fe aprista renacía.
Y fue cuando la sombra del ex candidato a la presidencia del Apra aparecía en escena para pisar cualquier indicio de derrotismo. Armando Villanueva del Campo salió de su auto Mercedes dorado y se paró frente a la prensa para decir su verdad. “Nosotros estamos satisfechos con los resultados que hemos obtenido y nos enorgullecemos de esto. Ustedes saben que nosotros los apristas nunca nos hemos arrodillado frente a los insultos y pese a las agresiones de Toledo hemos obtenido una alta votación”, dijo el líder del Apra, quien no decía que habían ganando pero tampoco perdido.
Cuando la noche llegó, los gritos de algarabía se apoderaron del local de campaña del Apra. Los compañeros que escuchan los resultados de la ONPE al 50 por ciento pensaban muy distinto a Alan García, quien se encontraba adentro mordiendo y escupiendo la derrota. La ventaja se acortaba a sólo tres por ciento. Tres puntos que para los simpatizantes podían desaparecer en sólo horas. Tres puntos que no son nada en encuestas, pero que son demasiados en los resultados oficiales.
Alan salió frente a todo el Perú y aceptó su derrota cuando nadie lo esperaba. Se pensó en una lucha interminable por los votos, en una elección Bush-Gore, pero la realidad numérica era mayor que las irracionales esperanzas. “Doy gracias a todos los que votaron por mí y les aseguro que estaré en el Perú listo a ayudar en lo que pueda. Yo puedo ser hasta concejal de un distrito pues pienso que un ex presidente no es una momia que no puede hacer nada, no, yo quiero servir a mi país” dijo Alan, quien mostró esa poca creíble ecuanimidad de la campaña electoral que la mantuvo hasta en los perores momentos de la derrota.
El comienzo del día
El Apra nunca muere gritaba la pequeña muchedumbre en las afueras del local, mientras muchos pensaban que de verdad nunca morirá, pues siempre sobrevive. Alan García había terminado un día largo donde la victoria lo sedujo, lo besó, pero no quiso quedarse con él. Un día que empezó con un pan con mantequilla y un tomate serrano como desayuno y que culminó con un café muy amargo.
Sus hijas acompañaron al candidato durante todo el día. Alan Raúl, su único hijo varón, se tuvo que quedar en Francia pues estaba en temporada de exámenes. En el desayuno Alan despertó de ánimo serio y sólo se dejó ver ante las cámaras de televisión, más no le importó ni la radio ni la prensa escrita. Le importaba mucho no ser interrumpido por los flashes de la cámara y también no ser bien visto con los inoportunos micrófonos y celulares.
Después de una sonrisa forzada, el tropel de fotógrafos pudo ingresar para robarle una foto posada frente a la ventana. Alan pensando y mirando al cielo, era la imagen que quería el candidato. “¿Esta es una buena foto, no? ”, le dijo Alan a los fotógrafos.
Los rollos dejaban sólo ruido y el candidato mostraba su descontento ante el insistente sonido. “¿No hay cámaras que no suenen? De verdad que si salgo presidente voy a bajarle los aranceles a las cámaras sin sonido, para que no me interrumpan cuando hablo”, afirmó García quien sacó su primera sonrisa de la mañana.
Su familia comentaban la tardanza de Carla García (la hija de su primer matrimonio), quien por primera vez en la campaña aparecía frente a los periodistas. Conversadora y risueña, la mayor de los García demostró que se lleva muy bien con sus medias hermanas y también con Pilar Nores. Pero la tranquilidad con que gozó el candidato se terminó cuando sorprendió y dijo que quería votar temprano.
Un pequeño salón del Champagnat vomitaba periodistas donde una foto, una palabra o siquiera un saludo de Alan García parecía casi imposible. El rumor pronto fue bulla y la bulla un grito. “Alan Presidente” y el candidato apareció más asustado que feliz. Los guardaespaldas de Alan abrían paso entre ancianas curiosas y periodistas ansiosos. Muchos codazos, algunas patadas y luego de un gran esfuerzo García encogió su metro noventa y logró introducirse en la pequeña cámara secreta. Una sonrisa, las espaldas para los fotógrafos y una salida rauda hacia su local de campaña fue lo que hizo el candidato aprista, quien demostró que detesta los tumultos.
Después de esto, Alan García no volvió a salir más y esperó en la intimidad familiar los resultados. El líder aprista no habló mucho y pensó demasiado durante el día. Razonó bastante de lo que diría en la noche y fue lúcido en aceptar su derrota ante la incredulidad aprista. Nunca bajó el mentón y mantuvo la sonrisa para poder decir quizás el discurso más difícil de su vida. El decir que era un buen perdedor y no más el gran ganador que ha sido en los últimos veinte años. Ya no era el joven presidente, ni el ladrón más grande el Perú. Tampoco era el héroe del 5 de abril, ni el mesías de los peruanos. Sólo fue él, un hombre con errores y aciertos que pudo decir una verdad, que esta vez realmente todos creímos.
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