6/17/2004

Once Caldas, la nueva alegría e ilusión del fútbol colombiano

 (Bogotá) (dpa) - El presente del fútbol colombiano ya no es en blanco y negro, ni marcha a ritmo de vallenatos. Es exclusivamente blanco, su sonido es español y se llama Once Caldas, el sorprendente finalista de la Copa Libertadores de América, artífice de la que podría ser la mayor gesta "cafetera" en quince años.

Con 45 años de historia, dos títulos profesionales y una modesta nómina, el equipo albo completó en la noche del miércoles una página memorable, al eliminar por 2-1 al poderoso Sao Paulo de Brasil y clasificarse por primera vez a la final del torneo continental.

La victoria, sin embargo, llegó por la vía del sufrimiento y cuando ya muchos se resignaban a una definición desde el punto penal. En el último minuto, el atacante Jorge Agudelo capitalizó un pase de fantasía del juvenil Javier Araújo, de 19 años, para desatar la euforia de los 40.000 asistentes al estadio Palogrande de Manizales, la cuna del Once Caldas.

El júbilo saltó las gradas e inundó a un país que desde 1999 no saborea una final de Libertadores. La invitación quedó servida, y sólo falta una victoria ante los argentinos, ya sea Boca Juniors o River Plate -los otros dos semifinalistas-, para poder disfrutar después de 15 años un título internacional a nivel de clubes.

La esperanza está vez es blanca, y se agita al tenor de las castañuelas. Las cumbias y los vallenatos cedieron su lugar a los pasodobles españoles, el ritmo de la fiesta en Manizales, una ciudad que alterna su pasión por el fútbol con la de los toros.

La gesta caldense se hizo posible gracias al tesón y trabajo de un desconocido, que entró por la puerta de atrás, sin hacer mucho ruido, pero con la convicción y sueños de un grande. Se trata de Luis Fernando Montoya, de 45 años, el técnico que inscribió el nombre del 'Once-Once' en la historia del balompié continental.

En sus labios, la fórmula del éxito suena muy sencilla. "Este es el triunfo de un equipo ordenado, humilde y trabajador". Sin embargo, en la cancha eso se traduce en una férrea defensa, quizá la mejor de la Copa, un medio campo con destellos de creatividad y fantasía y un ataque poco vistoso pero efectivo.

Ese es el secreto del Caldas y su argumento para enfrentar la final de la Libertadores, a la que accedió tras pasar por encima de Barcelona de Quito, Santos y Sao Paulo de Brasil.

A esa cuota de esmero y disciplina de la que habla el técnico Montoya hay se suma ese extraño misticismo con su hinchada, que a fuerza de vivas y cánticos ha convertido el estadio Palogrande en una fortaleza inexpugnable.

En esta Copa, el Once Caldas no conoce la derrota de local, y su invicto lo atribuye en gran parte al apoyo que recibe de su afición, que, además de fiel e incondicional, se sabe comportar y jamás recurre a la violencia para hacerse oír.

A esos mismos buenos hinchas estuvo dedicado el triunfo y en ellos también está depositada la suerte y la fuerza adicional que requerirán los albos cuando intenten sellar con broche de oro la gesta que ya los metió en la historia.

Por Héctor Yovan Velasco (dpa)
 

 

 
 

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