|
Una frustración más para Alianza Lima
Por Cesar Chavez-Riva
Alianza Lima estuvo cerca de llegar nuevamente a las semifinales de un torneo internacional, si mal no recuerdo lo logró en una Copa Libertadores por el año 1977 y luego en 1999 asomó a una en la ya fenecida Copa Merconorte.
Los que estamos atentos a este deporte a diario y tenemos la posibilidad de revisar el fútbol internacional sabíamos que la empresa que tenía el club victoriano no era fácil, pero tampoco la considerábamos imposible, me animo a decir que el porcentaje era al cincuenta por cierto. La ventaja del marcador logrado en Lima (1-0) les permitía de alguna manera empezar el segundo encuentro con cierta ventaja numérica (puntos y goles) y anímica al saber que la presión de salir a buscar el resultado corría por cuenta uruguaya.
Por supuesto que los íntimos no solo debían enfrentar al Nacional sino también a una cancha de mucho respeto para cualquier equipo del mundo: el Centenario. Nunca fue fácil para equipos peruanos ganar puntos allí, pero debemos recordar que un par de veces Universitario de Deportes por la Copa Libertadores supo conocer el sabor a triunfo, y a nivel selección por las eliminatorias del año 1981 un equipo peruano supo arrancarle un triunfo a la celeste uruguaya en esa mismo templo futbolístico.
Por todas esas cosas, añadido al deseo de triunfo y a las últimas performances de los victorianos, pensé que Alianza Lima podría cumplir con su objetivo, pero me equivoqué. Todo parecía a favor de Alianza menos las ausencias de Ciurlizza y Jayo, esa era la única preocupación, la parte medular del equipo. Los reemplazantes (Bazalar e Hinostroza) no representaban el mismo peso de confianza, pero a la vez en el análisis se sabía que si jugaban aplicadamente podrían responder.
La columna vertebral se formaba por tres orientales y un gaucho para ese partido, en el arco estaría Roverano, Olveira en la defensa, la medular estaría con Barrionuevo y la delantera con el gladiador Romero. Al menos se confiaba en jugadores con temperamento que debían estimular a sus compañeros. Todo empezó bien, un buen contragolpe peruano, un descuido del Nacional y gol de Farfán. Se pensaba lo mejor, solo bastaba controlar bien el balón, no desesperarse y jugar inteligentemente. Acaba el primer tiempo y solo faltaban 45' para celebrar. Especular que le hagan tres para ser eliminados no pasaba por la cabeza de nadie, a lo más el más incrédulo pensaba en los penales.
El segundo tiempo fue distinto, no explicaré cómo se desarrolló, pero sí tengo la obligación de decir que un equipo o una línea en estructura del mismo puede depender de un solo jugador. No llego a comprender como la simple ausencia del defensa íntimo, el uruguayo Olveira, fuera la razón de una eliminación, una eliminación que mientras estaba ese jugador en el campo nadie creía.
En quince minutos Alianza Lima perdió los papeles, perdió a un jugador por expulsión y recibió los tres goles que necesitaba el rival para su clasificación. ¿Será que estamos destinados a resignarnos? ¿Será que los peruanos nos sentimos satisfechos con el casi?
Este es un claro ejemplo de lo que nos sucede a nivel internacional. Después del partido, lo peor de todo es que los dirigentes del equipo declaran que se sienten orgullosos de sus jugadores y de lo que hicieron en el campo, sin recordar el resultado.
¿Cuándo será el día que salgamos con bronca de una cancha por perder? Y ojo, no me refiero a la bronca de puñetes o patadas, que eso no conduce a ninguna parte, sino la bronca contra uno mismo por no haber sabido manejar un partido que, creo yo, sí lo podían dominar.
Hasta la próxima
Exprese su opinión enviando un e-mail a cesar.chavez@interlatincorp.com
|