De Cabana a Harvard
En su primera incursión electoral en busca de la
Presidencia, allá por 1995, Alejandro Toledo buscó ganar las simpatías del electorado
recordando sus humildes orígenes. "Cuando era pastorcito pasaba la vida entre las
ovejas y el cielo, mi único compañero era mi perro Limón", les decía a todos los
periodistas que lo buscaban para entrevistarlo.
Algunos se impresionaban con la historia de Alejandro
Toledo Manrique y especulaban que bien podría ser una reedición del mito Fujimori, aquel
que tres meses antes de las elecciones sólo quería ser congresista y terminó como
Presidente de la República.
El pasado
Por ese entonces Toledo estaba separado de su esposa,
la bella pelirroja Eliane Karp, y vivía como padre soltero con su hija Shantal. En sus
conversaciones con los periodistas más que hablar de política las horas se iban en
recuerdos del pasado. A una reportera llegó a contarle: "Soy el hijo de un gallinazo
en la sierra, un migrante en Cora Cora, Ayacucho; quien creció en Nasca, departamento de
Ica. Su oficio era albañil y se llamaba Anatolio", recordaba Alejandro el candidato.
Anatolio Toledo y Margarita Manrique se conocieron en
Lima, se amaron y de esa unión nacieron nada menos que dieciséis (16) hermanos, de los
cuales sólo sobrevivieron nueve (9), entre ellos Alejandro. Margarita y Anatolio se
casaron y ella insistió para irse a vivir a Cabana, su tierra en Ancash, un pequeño
poblado en el que nacieron todos los hijos de la familia.
La papa, el olluco
En la pequeña parcela que ella heredó la pareja
cultivaba papa, olluco, choclos, mientras los hijos mayores se dedicaban al pastoreo.
Allí está el origen de las ovejitas que siempre recordará Alejandro, sea en Lima o
durante su estancia en la San Francisco University, donde hizo su bachillerato en
economía entre 1966 y 1970.
El cultivo de la papa y el olluco con las justas
permitían alimentar a la mitad de tan numerosa prole. La mayor parte del tiempo don
Anatolio debió buscárselas fuera de Cabana, sea en una mina o en Ancash, la capital,
haciendo pequeños cachuelos.
A Chimbote
Hasta que les llegó el hartazgo de tanta pobreza y un
buen día la familia se fue con todo lo que tenía encima, que era muy poco, a Chimbote,
un puerto donde las leyendas decían que la gente se hacía rica de la noche a la mañana.
Estaba en marcha el dorado de la anchoveta, pequeño pez que se capturaba en alta mar, se
llevaba en las bodegas de cientos de lanchas enormes, se le cocía, empaquetaba y
despachaba como harina de pescado a los mercados de Europa y Asia.
Había que ver cuánta verdad había en tanta belleza,
y hacia Chimbote se fueron los Toledo-Manrique.
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