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| De todoAl comienzo la cosa fue muy difícil, nada de lo que habían
escuchado resultó cierto. Don Anatolio se empleó sólo para jalar las chalanas de los
pescadores. Arriba, en las bolicheras no había sitio o era muy escaso. Y los criollos les
daban a "los serranos" los peores puestos, los mal pagados.
Alejandro se quedaba en Chimbote, unas veces lustrando zapatos, otras cargando costales
en el mercado de abastos. Pese a todo sus estudios no los dejaba. Avanzaba a como hubiera
lugar y así terminó su primaria y secundaria. Un día su padre llegó a la modesta casa
que tenían agitado por la emoción y contó que había tomado parte en una invasión de
tierras, ya tendrían dónde levantar su vivienda, el lugar se llamaba San Pedro, un
arenal de las afueras del puerto.
Profesión invasor
El problema es que con el tiempo don Anatolio se
convirtió en un experto en invasiones y a menudo terminaba en la cárcel. Alejandro ha
contado la cantidad de veces que tenía que llevarle comida a su padre detrás de las
rejas. Y es que la actividad se había convertido en un trabajo, toda una especialidad.
Mientras tanto el joven Alejandro estudiaba a fondo. Pero sólo pretendía terminar su
primaria, le parecía que eso colmaba sus expectativas, hacer la secundaria era demasiado,
pensaba más en trabajar en algo que le permitiera salir de pobre.
Lustrando zapatos
Decide seguir adelante y compartir estudios con el
trabajo. Llega a ser vendedor de raspadillas y comida, lustrador de zapatos. Las aulas lo
esperan por las tardes. Termina su media y en eso conoce a un par de norteamericanos del
Cuerpo de Paz, John y Nancy Maister, que al ver sus cualidades deciden darle un impulso.
Por medio de ellos es que llega a la Universidad de San Francisco, donde hace su
bachillerato. Para pagar sus estudios de inglés trabajó cuidando niños y de noche
vendiendo gasolina. Los estudios eran compartidos con unos horarios endemoniados que lo
tenían en clases un día a las 7.00 de la mañana, otro día a las 9:00 de la noche. Y
encima se dio maña para integrar el equipo de fútbol de la universidad en calidad de
centro delantero.
A Stanford
Pero culminó con éxito y el profesor Wu, de quien
se había hecho gran amigo, lo alentó para aplicar en la Universidad de Stanford, en
California. Allí hizo dos maestrías y obtuvo su Phd en Economía y Recursos Humanos. Era
1976 y ahora Alejandro Toledo Manrique tenía el mundo a sus pies.
Primer intento
Corre el período final del gobierno de Alan García
y el nombre de Toledo comienza a sonar como ministeriable. Cauto, el economista ancashino
decide esperar. El país se debate en el caos y mejor será esperar. Se dedica entonces a
la cátedra. Llega el gobierno de Alberto Fujimori y tiene los primeros contactos con el
poder. Vinculado a la Escuela Superior de Administración de Negocios -ESAN- conoce a
algunos de los hombres que asesoran al nuevo Presidente en sus inicios, entre ellos a
Santiago Roca. Pero no es llamado a ocupar ningún cargo. Seguía de cerca el proceso del
ajuste estructural cuando el 5 de abril es sorprendido por el golpe de Estado. Esto lo
desilusiona y toma distancia.
En 1995 Toledo es convencido para tentar la presidencia. Acepta y casi al finalizar el
esfuerzo de recolección, encuentra que las firmas que presentó no le alcanzaron. Como un
salvavidas recibe el apoyo del CODE, de "Pepe" Barba Caballero, quien respalda
su candidatura. Se fusionan y sale CODE-Perú Posible, que llevará al Congreso al propio
Barba, a Enrique Pulgar Lucas y al periodista Denis Vargas Marín.
Su opción alcanza el tercer lugar, decorosamente. La experiencia le ha enseñado y
ahora insiste en la postulación, más seguro y mejor equipado. El 9 de abril el Perú
dirá si le otorga o no su respaldo.

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