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EN
LAS BUENAS GANO YO, EN LAS MALAS PIERDES TU
Por
Ismael León
Durante
dos días de esta semana vimos reeditarse
en Lima la antigua versión del embudo peruano,
o la historia de ciertos empresarios que con las
vacas gordas procuran mantener lejos al gobierno
y la población, pero cuando están
flacas exigen ayuda de todos, comenzando por el
Estado. Hoy es el operador alemán del aeropuerto
Jorge Chávez quien clama por auxilio oficial,
a coro con dos bancos intervenidos y con la soga
al cuello.
De
un lado fue la germana Lima Airport Partners,
quien notificó al gobierno que si no asumía
la responsabilidad del seguro en el terminal aéreo,
a partir de las 12:00 de la noche del jueves quedaba
descubierto frente a riesgo de guerra y terrorismo,
al vencer la póliza cuya renovación
en las actuales circunstancias costaría
nada menos que US$ 1,300 millones. Casi simultáneamente
se conoció el anuncio de que el Estado
peruano aportará US$ 300 millones en bonos
del Tesoro, “para salvar a NBK Bank y el Banco
Nuevo Mundo”.
El caso de LAP es el de un inversionista extranjero
que aún no ha hecho inversión visible
en el aeropuerto, tampoco ha mejorado el servicio
a los pasajeros locales ni internacionales, pero
ya se beneficia con las nuevas tarifas y ahora
pretende evadir, a costa del Estado, una responsabilidad
que por contrato le corresponde.
Un especialista en derecho aéreo, Julián
Palacín, descalificó la postura
de LAP por falta de ética, pues asegura
que sus funcionarios sabían que se acercaba
el vencimiento de los seguros y que luego del
holocausto de las Torres Gemelas las aseguradoras
subirían hasta el cielo el costo de la
cobertura, reclamando a último momento
que la asuma el Estado peruano. ¿Lo hará?.
Por lo pronto el ministro de Transportes, Luis
Chang, anunció negociaciones en curso.
Dos
suertudos
La
suerte de NBK Bank y Nuevo Mundo es por lo menos
sorprendente. En momentos que el Ministerio de
Economía ampliaba en 30 días el
plazo para su reorganización, el Superintendente,
Luis Cortavarría, reportaba a los cuatro
vientos que pondría US$ 300 millones en
bonos del Tesoro, a cambio que el Estado sea el
primero en la cola cuando se ejecuten las cobranzas.
¿Llegará ese día? Bien sabemos
que en todo momento inversionistas y gobiernos
deben hacer cada cual lo suyo, bajo reglas claras,
que en los malos tiempos pueden incluir cooperación
estrecha con respaldo del más fuerte. En
otras palabras, capitanes de empresa y gobernantes
no pueden vivir de espaldas, ni en la bonanza,
menos en las dificultades.
Pero
el país vive en estos momentos bajo una
intensa presión popular que exige sean
satisfechas viejas expectativas. Durante diez
años de corrupto fujimorismo, las industrias
fueron arrasadas sin aviso por manufacturas importadas,
los derechos sociales abolidos, los sueldos congelados
y los jubilados sobrevivieron con pensiones famélicas.
Por si fuera poco, muchas carreteras quedaron
en simples trazos, sin contar siquiera con estudios
de factibilidad, caso de la Interoceánica.
Era previsible entonces el huayco social que hoy
recorre calles y carreteras de Lima y numerosas
provincias. Con equidad y tino, la avalancha puede
ser encausada hacia múltiples mesas de
negociaciones abiertas y francas, en un escenario
donde el reparto de la escasez luzca equitativo,
sin provocadoras excepciones.
Finalmente
ese debería ser el espíritu de una
nación que se reencuentra, con instituciones
vivas y sindicatos revitalizados. En la mesa y
en el pulseo todos reconocerán que los
milagros no existen, que recuperar lo perdido
sólo será posible con paciencia
y radualidad, sin pescadores de río revuelto.
Y recordando que hay miles de nuevos peruanos
que también reclaman un asiento en la mesa
de la democracia.
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